La muerte de Jamenei en un bombardeo conjunto desata una crisis sin precedentes en Oriente Medio

Irán anuncia su mayor ofensiva contra EEUU e Israel

EPA/HANNIBAL HANSCHK

La Guardia Revolucionaria iraní ha prometido lanzar “la operación ofensiva más formidable” de su historia contra Israel y contra bases estadounidenses en Oriente Medio, horas después de que Teherán confirmara la muerte del líder supremo, Ali Jamenei, en un bombardeo aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel. El ataque, ejecutado este sábado sobre varios complejos militares y gubernamentales, ha dejado más de 200 muertos y unos 750 heridos, incluyendo altos mandos y miembros de la familia del guía supremo.

La muerte de Ali Jamenei, confirmada por la televisión estatal iraní y por varias grandes cabeceras internacionales, supone el mayor cambio de poder en la República Islámica desde 1989. El líder supremo no solo concentraba la autoridad religiosa y política última del sistema; también era el vértice sobre el que se articulaban las diferentes facciones del régimen y la cadena de mando militar.

El bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel ha tenido un objetivo evidente: descabezar a la cúpula política y militar iraní en plena escalada regional, tras meses de ataques cruzados, sabotajes y choques abiertos entre Teherán, sus proxies y el eje Washington-Tel Aviv. Según fuentes citadas por medios estadounidenses y europeos, la operación habría golpeado no solo el complejo donde residía Jamenei, sino también centros de mando de la Guardia Revolucionaria y nodos clave de comunicaciones militares.

En cuestión de horas, se activó el mecanismo constitucional iraní que transfiere el poder de forma interina a un Consejo de liderazgo mientras la Asamblea de Expertos elige a un nuevo guía supremo. Sin embargo, lo importante no es solo quién suceda a Jamenei, sino en qué condiciones: en medio de una guerra abierta, con la economía sometida a sanciones y con la Guardia Revolucionaria reclamando un papel aún más protagonista. El riesgo es claro: que el equilibrio interno se decante a favor del ala más dura, justo cuando el país decide hasta dónde está dispuesto a llegar en su represalia.

La respuesta prometida: «la operación más formidable»

El comunicado de la Guardia Revolucionaria no deja lugar a dudas. El cuerpo de élite ha anunciado el inicio inminente de «la operación ofensiva más formidable en la historia de las fuerzas armadas de la República Islámica» contra «los territorios ocupados» y contra «las bases de los terroristas estadounidenses» en la región.

El lenguaje no es retórica vacía. En los últimos años, Irán ha demostrado una capacidad creciente para lanzar ataques directos de largo alcance contra Israel y contra bases estadounidenses, combinando oleadas de misiles balísticos, drones kamikaze y ciberataques. Operaciones como True Promise I, II y III ya fueron presentadas por el propio IRGC como hitos en su doctrina ofensiva, al permitir por primera vez ataques masivos, coordinados y directos sobre territorio israelí.

La diferencia ahora es el contexto. Por primera vez, Irán responde a la eliminación física de su líder supremo en una operación que Teherán califica abiertamente de «campaña de cambio de régimen». El incentivo para escalar es inmenso, tanto por razones internas —mostrar fuerza ante una opinión pública conmocionada— como externas —tratar de disuadir nuevos ataques sobre su territorio o su programa nuclear—.

Lo más inquietante es que el propio IRGC sugiere que esta vez la ofensiva podría no limitarse a ataques «simbólicos» cuidadosamente calibrados, como en conflictos anteriores, sino a una campaña sostenida contra infraestructuras militares, energéticas y logísticas de Israel y de las bases estadounidenses en todo Oriente Medio. El margen para el error de cálculo es mínimo.

Ormuz, el cuello de botella del mundo

Si el asesinato de Jamenei es el epicentro político de la crisis, el Estrecho de Ormuz es su epicentro económico. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta y en torno al 20 % del comercio mundial de GNL transitan por este corredor de apenas 35 a 60 millas de ancho entre Irán y Omán.

En las últimas horas, varias navieras y grandes traders de crudo han informado de comunicaciones de radio en las que unidades de la Guardia Revolucionaria habrían ordenado a los buques no atravesar el estrecho «hasta nuevo aviso». Algunas de las principales petroleras y comercializadoras globales han reaccionado suspendiendo temporalmente el paso por la zona y preparando rutas alternativas rodeando África, con el consiguiente aumento de días de tránsito, costes de flete y consumo de combustible.

La consecuencia es clara: cada día de bloqueo o semibloqueo de Ormuz tensiona aún más un mercado energético que ya venía frágil por la guerra de Ucrania, las disrupciones en el mar Rojo y la menor inversión en exploración convencional de la última década. Además, el impacto no se limita al petróleo: refuerza la posición de Qatar —principal exportador de GNL a través del estrecho— y reabre la carrera por asegurar contratos a largo plazo de gas, especialmente en Asia pero también en Europa.

Impacto inmediato en petróleo, gas y mercados

Los mercados de materias primas están reaccionando como cabía esperar ante un shock que combina guerra, asesinato de un líder y riesgo sobre un chokepoint clave. Brent y West Texas ya han saltado a máximos de varios meses, y distintos bancos de inversión hablan de un posible repunte hasta los 90-100 dólares por barril, lo que implicaría subidas del orden del 30-40 % respecto a niveles previos a la crisis.

La reacción en los parqués sigue el guion de otras crisis de Oriente Medio: ventas en renta variable generalista, subidas en defensa, energía y utilities, repunte del oro y de la deuda soberana de EEUU como refugio. Una escalada prolongada que mantenga el petróleo por encima de los 90 dólares durante varios trimestres podría sumar entre 0,3 y 0,7 puntos de inflación adicional en las principales economías avanzadas, forzando a los bancos centrales a retrasar o matizar las bajadas de tipos previstas para 2026.

La particularidad de este episodio respecto a otras crisis petroleras es que llega tras dos shocks encadenados: la pandemia y la guerra de Ucrania. Las empresas han reducido parte de su vulnerabilidad con más inventarios y diversificación de proveedores, pero los márgenes ya estaban presionados por el encarecimiento de financiación y salarios. Un nuevo tramo al alza del crudo amenaza con comprimir beneficios, deteriorar la confianza empresarial y enfriar la inversión justo cuando la economía global empezaba a estabilizarse.

Europa entre la inflación y la seguridad energética

Para Europa, el estallido de esta crisis es un recordatorio brutal de que la desrusaficación del suministro no equivale a independencia energética. Tras reducir drásticamente su dependencia del crudo ruso —del 27 % de las importaciones de la UE en 2021 a apenas un dígito medio en 2024—, el bloque ha incrementado su exposición a productores de Oriente Medio y África.

En 2024, los países de MENA representaban alrededor del 18 % de las importaciones de crudo y más del 12 % del gas que consume la Unión Europea, según datos oficiales. Un cierre prolongado o una militarización de Ormuz elevaría costes logísticos, encarecería las primas de seguro marítimo y podría obligar a redirigir flujos de cargamentos inicialmente destinados a Asia hacia Europa, con el consiguiente encarecimiento para los compradores europeos.

El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Estados Unidos ha reforzado su posición de exportador neto de hidrocarburos, la UE sigue siendo estructuralmente dependiente de importaciones para cubrir la mayor parte de su demanda de petróleo y de gas. La consecuencia es un margen de maniobra fiscal y monetario más estrecho: cada dólar extra en el barril se traduce en menos renta disponible para hogares y empresas, y en más presión sobre unos Estados ya muy endeudados tras la pandemia y las ayudas energéticas de 2022-2023.

Riesgo de guerra regional y escenarios militares

El asesinato de Jamenei y la respuesta anunciada por el IRGC no se producen en el vacío. Llegan tras años de guerra en la sombra entre Irán e Israel —ciberataques, asesinatos selectivos, sabotajes nucleares— y tras una guerra abierta en 2025, la llamada Guerra de los Doce Días, que ya demostró la capacidad de Teherán para lanzar centenares de misiles y drones contra objetivos israelíes y regionales.

En esta ocasión, la escala es mayor. Además de los ataques iniciales sobre territorio iraní, ya se han registrado intercambios de fuego en Israel, Irak, Emiratos y otros países del Golfo, con víctimas civiles y daños en infraestructuras. La presencia de decenas de bases estadounidenses repartidas por la región —Qatar, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudí, Jordania…— convierte cualquier represalia masiva en un mosaico de posibles frentes simultáneos.

El diagnóstico es inequívoco: el riesgo de una guerra regional a gran escala es hoy significativamente mayor que en episodios anteriores. Una campaña iraní sostenida contra bases estadounidenses, oleoductos, terminales de exportación y ciudades israelíes podría provocar no solo un shock energético, sino también nuevos movimientos masivos de refugiados y la militarización acelerada de buena parte de Oriente Medio. Para los inversores, esto se traduce en un horizonte de riesgo geopolítico estructuralmente más elevado durante años.

Lecciones de crisis anteriores

La historia ofrece algunas claves para interpretar el momento actual. La crisis del petróleo de 1973, el corte de suministro iraní de 1979, los ataques a las infraestructuras saudíes en 2019 o el shock energético asociado a la guerra de Ucrania en 2022 comparten un patrón: los mercados tienden a sobrerreaccionar al principio y luego infrapreciar el riesgo de largo plazo.

En el corto plazo, los picos de precios suelen acompañarse de respuestas coordinadas: liberación de reservas estratégicas, aumento de producción de otros miembros de la OPEP+, ajustes en los objetivos de exportación de Estados Unidos o Brasil. En el medio plazo, sin embargo, la señal de precios elevados acelera inversiones en eficiencia energética, renovables y nuevas fuentes de suministro, pero también incentiva proyectos de hidrocarburos de mayor coste y huella de carbono.

La lección para Europa es clara: la aparente «normalización» del mercado energético tras el primer shock de Ucrania no era un fin de ciclo, sino un alto en el camino de una década de volatilidad estructural. Si la crisis actual se prolonga, veremos de nuevo debates sobre topar precios, extender ayudas a consumidores vulnerables o acelerar —y al mismo tiempo revisar— la transición verde para reducir la dependencia de cuellos de botella geopolíticos como Ormuz.