Irán avisa: por cada infraestructura atacará otra en EEUU e Israel
La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel entra en una fase mucho más peligrosa. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha advertido de que Teherán responderá “de forma inmediata y proporcionada” contra la infraestructura estadounidense e israelí si continúan los ataques sobre el territorio iraní. En un mensaje publicado en X, el dirigente ha proclamado abiertamente la “ley del ojo por ojo”: “si inician una guerra contra las infraestructuras, atacaremos sin duda sus infraestructuras”. La amenaza llega después de que el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica haya anunciado su 34ª oleada de ataques con misiles y drones contra objetivos de EEUU e Israel, en respuesta a una campaña de bombardeos que ya ha golpeado miles de instalaciones militares y estratégicas dentro de Irán.
Una advertencia directa a Washington y Jerusalén
La declaración de Ghalibaf no es retórica interna, sino un mensaje cuidadosamente dirigido a Washington y Jerusalén en un momento de máxima presión militar. El presidente del Parlamento, figura clave del establishment conservador iraní, ha puesto por escrito lo que muchos estrategas temían: que Irán pase de contestar ataques militares a golpear la infraestructura civil y económica de sus adversarios.
El contexto es determinante. Desde el inicio de la ofensiva conjunta de EEUU e Israel, las fuerzas aliadas han atacado entre 2.000 y 5.000 objetivos en territorio iraní en cuestión de días, destruyendo bases, lanzadores de misiles, fábricas de drones y activos navales, según cifras difundidas por mandos estadounidenses. La respuesta iraní, hasta ahora, se ha centrado en oleadas de misiles y drones contra Israel y bases de EEUU en la región, con daños relevantes pero limitados sobre infraestructuras críticas occidentales.
Con su mensaje en X, Ghalibaf introduce un cambio cualitativo: eleva el listón de la disuasión y vincula explícitamente cualquier nuevo ataque contra instalaciones iraníes —centrales eléctricas, refinerías, radares, puertos— con represalias simétricas contra objetivos equivalentes en EEUU e Israel. La amenaza no solo es militar; es económica y sistémica.
De los misiles a la guerra de infraestructuras
El giro hacia una “guerra de infraestructuras” no sería una novedad absoluta en la región, pero sí un salto de escala. Irán ya ha demostrado en el pasado su capacidad para golpear puntos neurálgicos del sistema energético, como en el ataque de 2019 contra instalaciones de Aramco en Arabia Saudí, que sacó temporalmente del mercado cerca del 5% de la producción mundial de crudo. La diferencia ahora es que el enfrentamiento es directo con EEUU e Israel y no solo a través de proxies.
En los últimos días, fuentes occidentales han documentado ataques iraníes contra radares y sistemas de defensa aérea clave para el escudo antimisiles estadounidense en el Golfo, desde Qatar a Kuwait y Jordania, utilizando drones de bajo coste que saturan las defensas tradicionales. Este patrón revela una estrategia: degradar los “ojos” y “oídos” de las defensas aliadas antes de dar el salto a objetivos más sensibles como terminales de exportación, grandes subestaciones eléctricas o hubs de comunicaciones.
La consecuencia es clara: cada misil que cae hoy sobre infraestructuras militares acerca un escenario en el que refinerías, puertos, redes eléctricas o cables submarinos dejan de ser líneas rojas y se convierten en objetivos operativos, con un potencial disruptivo mucho mayor que cualquier ataque puntual a una base aérea.
Oleadas de ataques y un frente regional en llamas
La amenaza de Ghalibaf se enmarca en una dinámica de escalada casi diaria. Irán ha lanzado ya decenas de oleadas de ataques con misiles y drones contra Israel y bases estadounidenses repartidas por Oriente Medio, mientras que la coalición liderada por Washington ha intensificado sus bombardeos en profundidad sobre ciudades e infraestructuras críticas iraníes.
Los efectos regionales son visibles. Misiles y drones han impactado en Emiratos, Bahréin, Kuwait, Arabia Saudí y Qatar, ampliando el conflicto a al menos una docena de países con episodios de daños en aeropuertos, refinerías y terminales de exportación. La cifra de víctimas mortales en la región supera ya las 1.600 personas, entre civiles y combatientes, con cientos de miles de desplazados en Irán, Líbano e Israel, según recuentos de agencias internacionales y ONG.
Este hecho revela que el conflicto ha dejado de ser un intercambio limitado de golpes para convertirse en una guerra regional de alta intensidad, donde cada nuevo ataque aumenta exponencialmente el riesgo de descontrol. La advertencia de atacar infraestructuras añade un componente adicional de inestabilidad que puede arrastrar a actores que hasta ahora se han mantenido en segundo plano.
El impacto inmediato en el petróleo y la inflación
El primer termómetro de esa inestabilidad está en los mercados de materias primas. Desde el inicio de la ofensiva, el precio del crudo ha repuntado entre un 20% y un 25%, según datos de agencias internacionales, impulsado por el temor a interrupciones prolongadas en el estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo que se consume en el mundo.
Los servicios de análisis de varios gobiernos europeos calculan que, si el conflicto se prolonga en una lógica de guerra de infraestructuras, la inflación podría repuntar entre 0,7 y 1 punto porcentual adicional en la eurozona en los próximos doce meses, debido al encarecimiento del crudo, del gas y del transporte marítimo. El Reino Unido, a través de su Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, ya ha advertido de que la guerra en Irán puede empujar la inflación cerca del 3%, muy por encima de lo descontado hace apenas unas semanas.
Para España y el resto de la UE, altamente dependientes de las importaciones energéticas y aún con cicatrices de la crisis de precios de 2022, el contraste resulta demoledor: mientras los bancos centrales tratan de consolidar la desinflación, el conflicto abre la puerta a un nuevo “shock energético” que encarecería combustible, fertilizantes, transporte y, en última instancia, la cesta de la compra.
Vulnerabilidad de puertos, redes eléctricas y cables submarinos
La amenaza de Ghalibaf obliga a revisar un mapa de vulnerabilidades que va mucho más allá de Oriente Medio. Puertos de contenedores, grandes hubs de refino, nodos eléctricos y cables submarinos de telecomunicaciones se convierten de repente en piezas de un tablero global.
Los analistas militares recuerdan que muchos de estos activos fueron diseñados pensando en seguridad física y accidentes industriales, no en ataques deliberados con misiles de precisión, drones explosivos o ciberoperaciones coordinadas. Un solo impacto bien dirigido sobre un gran puerto de contenedores del Mediterráneo oriental, sobre una subestación que conecta varios países o sobre un cable submarino que concentra tráfico financiero podría tener efectos en cadena sobre cadenas de suministro, pagos internacionales y mercados financieros.
En este sentido, el aviso de Teherán de que responderá golpeando “infraestructura por infraestructura” no se limita a las refinerías del Golfo o las bases militares en la región. Abre la puerta a escenarios donde infraestructuras críticas de terceros países aliados —incluida Europa— puedan verse afectadas como “daños colaterales” o incluso como instrumentos de presión indirecta.