Irán avisa a Trump: “Si hay guerra, será una lección para ti” y cita en Ginebra

Irán EPA_YURI KOCHETKOV
Teherán combina amenazas directas al presidente estadounidense con una nueva ronda de negociaciones nucleares mientras Europa se rearma frente a Rusia

En menos de 24 horas, Irán ha enviado dos mensajes aparentemente contradictorios a Washington.
Por un lado, el jefe del Estado Mayor iraní, el general Seyed Abdolrahim Mousavi, ha advertido de que una guerra con su país sería “una lección para [Donald] Trump”, cuestionando incluso la coherencia del presidente al hablar de negociación mientras airea la opción militar.
Por otro, el viceministro de Exteriores Majid Takht-Ravanchi ha confirmado una nueva ronda de conversaciones con Estados Unidos el 17 de febrero en Ginebra, asegurando que Irán está dispuesto a compromisos si se aborda el levantamiento de sanciones.
Al mismo tiempo, desde Múnich, la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, insiste en que Rusia “no es una superpotencia”, pese a su amenaza nuclear, y reclama acelerar el rearme del continente tras una guerra que acumula 1,2 millones de bajas en más de una década de conflicto.
El resultado es un tablero global tensionado, donde las amenazas cruzadas conviven con mesas de negociación y donde Europa intenta ganar autonomía estratégica atrapada entre Washington, Teherán y Moscú.

Un aviso directo de Teherán a la Casa Blanca

Las palabras de Mousavi no admiten matices. En un acto público, el máximo responsable militar iraní advirtió de que cualquier guerra con Estados Unidos se convertiría en “una lección inolvidable” para Trump y para Washington.
La formulación va más allá de la retórica habitual: mezcla desafío militar, cuestionamiento político y un intento de presentar a Irán como actor capaz de infligir un coste inasumible a la primera potencia mundial.

Mousavi se preguntó, además, “si Trump quiere ir a la guerra, ¿por qué habla de negociaciones?”, calificando sus declaraciones de “frívolas” e “indignas de un presidente”.
El mensaje busca desgastar la imagen de determinación del inquilino de la Casa Blanca, al tiempo que refuerza la narrativa interna de resistencia frente a la presión occidental.

Lo más grave para los mercados energéticos es que estas palabras llegan tras meses de tensión en el Golfo Pérsico, con choques navales, ataques a infraestructuras y un despliegue militar estadounidense que ha elevado el riesgo de incidente. Cada nueva escalada verbal alimenta la posibilidad de un error de cálculo que dispare el precio del petróleo y del gas en cuestión de horas.

Diplomacia y pólvora: negociaciones en Ginebra bajo amenaza

En paralelo a la advertencia de Mousavi, Takht-Ravanchi confirmaba a la BBC que el 17 de febrero se celebrará una nueva ronda de contactos entre Teherán y Washington en Ginebra.
El diplomático insistió en que “la pelota está en el tejado de Estados Unidos” y que solo habrá acuerdo si Trump demuestra que realmente quiere un pacto, principalmente a través de un alivio creíble de las sanciones.

Irán asegura estar dispuesto a “compromisos” en el terreno nuclear, pero rechaza rediscutir la enriquecida capacidad de uranio a cero, línea roja que Teherán considera superada después del abandono del acuerdo de 2015 por parte de Washington.
Actualmente, el país acumula más de 400 kilos de uranio altamente enriquecido, según sus propios negociadores, volumen que preocupa a la Agencia Internacional de la Energía Atómica y a los aliados europeos.

La paradoja es evidente: mientras el ala militar del régimen lanza advertencias de guerra “traumática” para todos los implicados, el ala diplomática presenta a Irán como actor razonable y dispuesto a ceder. El mensaje es doble: Irán quiere un acuerdo, pero no a cualquier precio; y está preparado para la confrontación si percibe una amenaza existencial.

Sanciones, economía y la urgencia de un alivio parcial

Detrás de la disposición iraní a negociar hay un motivo tan político como económico. A pesar de que Teherán presume de haber alcanzado 45.000 millones de dólares en exportaciones no petroleras en diez meses, las sanciones estadounidenses siguen asfixiando sectores clave: energía, banca y comercio exterior.

La moneda iraní ha sufrido fuertes depreciaciones en los últimos años, la inflación ronda niveles de dos dígitos altos y el desempleo juvenil se mantiene por encima del 20%, según estimaciones de organismos internacionales.
En este contexto, un alivio aunque sea parcial de las sanciones —por ejemplo, permitiendo exportaciones de crudo adicionales o acceso limitado al sistema financiero internacional— podría inyectar varios miles de millones de dólares anuales en una economía bajo presión.

Para Trump, en cambio, ceder en exceso conlleva un coste interno. Su base electoral vincula la firmeza frente a Irán con la seguridad de Israel y con la imagen de Estados Unidos como líder indiscutible en Oriente Medio. De ahí que el presidente combine mensajes de dureza —amenazas de acciones militares “traumáticas” si no hay acuerdo— con la apertura a una negociación que le permita exhibir un “gran pacto” antes de las próximas citas electorales.

EPA_RONALD WITTEK Kallas

Kallas enfría el mito ruso: “no es una superpotencia”

Mientras Washington y Teherán se miden, Europa mira al Este. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, Kaja Kallas, Alta Representante de la UE para Política Exterior y Seguridad, lanzó un mensaje destinado a relativizar el poder de Moscú: “Rusia no es una superpotencia”.

La dirigente recordó que, después de más de una década de conflicto —incluidos cuatro años de guerra a gran escala en Ucrania— Rusia “apenas ha avanzado más allá de las líneas de 2014”, a costa de 1,2 millones de bajas entre muertos y heridos.
A su juicio, el país está “roto”, con una economía “hecha trizas”, desconectado de los mercados energéticos europeos y con cientos de miles de ciudadanos huyendo al exterior.

Este diagnóstico no pretende minimizar la amenaza militar —Kallas subraya que Moscú sigue siendo una potencia nuclear capaz de desestabilizar el continente—, sino evitar que el miedo paralice la respuesta europea. En otras palabras: Rusia puede causar un enorme daño, pero no es invencible ni omnipotente, y la única forma de evitar concesiones excesivas en una futura mesa de negociación es mantener la presión militar y económica.

Rearme europeo: de la dependencia a la “agencia propia”

Kallas habló de una “necesidad urgente de recuperar la agencia europea” y explicó que el rearme acelerado del continente es una consecuencia directa de las acciones de Moscú y de la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense a largo plazo.

Los números lo respaldan: el gasto en defensa de los países de la UE ha aumentado más de un 60% entre 2020 y 2025, hasta alcanzar unos 381.000 millones de euros y situarse en torno al 2,1% del PIB en 2025.
La inversión en equipos y I+D se ha disparado aún más, casi duplicándose desde 2021, según datos de la Agencia Europea de Defensa.

La consecuencia es doble. Por un lado, Europa gana margen para sostener a Ucrania en una guerra de desgaste en la que el tiempo juega un papel central. Por otro, se abre un debate sobre la industria: ¿seguir comprando armamento estadounidense o aprovechar el aumento de presupuestos para desarrollar capacidades propias?
En Múnich, varias intervenciones apuntaron a lo segundo, en línea con los planes de autonomía estratégica y con propuestas tan sensibles como un eventual dispositivo nuclear europeo compartido.

El temor de Kallas: que Rusia gane más en la mesa que en el frente

La advertencia final de Kallas fue quizá la más inquietante: “el mayor peligro para Europa es que Rusia obtenga más en la mesa de negociación de lo que ha logrado en el campo de batalla”.

La diplomática recordó que las “demandas maximalistas” del Kremlin —control efectivo sobre Ucrania, esferas de influencia en el espacio postsoviético, limitación permanente del tamaño del Ejército ucraniano— no pueden recibir una respuesta “minimalista”. Si Kiev se ve forzada a aceptar un ejército recortado, argumentó, Moscú también tendría que reducir sus fuerzas y pagar por los daños causados, además de responder por los crímenes de guerra cometidos.

La lección que Kallas extrae de los últimos años es clara: cada vez que Rusia percibe que obtiene más a través de la presión diplomática que del esfuerzo militar, tiende a repetir la fórmula. Por eso insiste en que la ampliación de la UE hacia el Este y el Sur es “el mejor antídoto contra el imperialismo ruso”, consolidando institucionalmente a países que hoy se sienten en la primera línea de riesgo.

Un tablero conectado: Irán, Rusia y la presión sobre Trump

Aunque separados por miles de kilómetros, los dos focos de tensión —Oriente Medio y Europa del Este— están conectados por un elemento común: la necesidad de Trump de proyectar fuerza sin quedar atrapado en guerras largas y costosas.

En Irán, el presidente busca un acuerdo que limite el programa nuclear sin aparecer como blando ante sus votantes ni ante Israel. En Ucrania, su Administración señala que los europeos deben asumir una parte creciente del coste, mientras mantiene la incógnita sobre el nivel de apoyo a largo plazo. Entre tanto, la UE acelera el rearme y explora una mayor independencia estratégica.

El contraste resulta evidente: Teherán combina amenazas y mano tendida; Moscú resiste y espera un respiro en la mesa de negociación; Bruselas gasta más y reclama voz propia; y Washington intenta dirigir simultáneamente varios frentes.
La pregunta, económica y geopolítica, es si el sistema internacional puede seguir absorbiendo estas tensiones sin que uno de los hilos se rompa. La próxima cita en Ginebra y las decisiones europeas sobre defensa dirán hasta qué punto el equilibrio actual es sostenible o solo un alto el fuego antes de la siguiente sacudida.