Irán dinamita las negociaciones y exige un embargo global a Israel
Teherán mezcla el pulso nuclear con la reclamación de sanciones totales mientras Washington intenta salvar unas conversaciones ya al límite
La nueva ofensiva diplomática de Irán ha hecho saltar todas las alarmas en un Oriente Medio exhausto, pero lejos de la calma. En plena reactivación de las conversaciones nucleares con Estados Unidos en Omán, Teherán ha decidido ir mucho más allá del expediente atómico y reclamar abiertamente un embargo internacional de armas y sanciones contundentes contra Israel, incluida la ruptura de la cooperación militar y la imposición de restricciones de viaje a altos cargos israelíes. El giro llega apenas horas después de que las delegaciones encabezadas por Abbas Araghchi y el enviado especial estadounidense Steve Witkoff calificaran de “positiva” una reunión de casi ocho horas en Mascate, aunque sin avances en el punto clave: el nivel de enriquecimiento de uranio. El mensaje es inequívoco: Irán no solo no cede en lo nuclear, sino que busca reposicionarse como abanderado de la causa palestina y de una revisión completa del orden de seguridad regional. La consecuencia inmediata es un tablero diplomático todavía más enmarañado, en el que cualquier paso en falso puede precipitar una escalada difícil de controlar.
Un giro que complica todo el tablero
Lo que hasta hace unas semanas era un expediente fundamentalmente nuclear se ha transformado en un pulso político de alcance mucho mayor. Tras la última ronda de contactos en Omán —la primera desde la guerra de doce días y la campaña conjunta de bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre instalaciones iraníes en 2025—, Teherán ha optado por elevar la presión abriendo explícitamente el frente israelí.
Araghchi, que venía advirtiendo de que «la seguridad regional no puede construirse dejando fuera a Palestina», ha aprovechado la visibilidad de las negociaciones para lanzar un mensaje dirigido tanto a Washington como a la calle árabe e islámica. La tesis es simple y explosiva: no habrá estabilidad en la región mientras Israel opere, de facto, fuera del alcance del derecho internacional.
Este giro no supone que Irán abandone su prioridad —el levantamiento de sanciones y la preservación de su capacidad de enriquecimiento—, pero sí introduce una nueva moneda de cambio. Al vincular el debate nuclear con el trato a Israel, Teherán intenta condicionar el margen de maniobra estadounidense, cada vez más presionado por sus aliados y por la opinión pública ante las imágenes de destrucción en Gaza. El diagnóstico en las capitales occidentales es claro: el expediente iraní deja de ser una carpeta aislada y pasa a ser una pieza más del conflicto político alrededor de Gaza, Jerusalén y el futuro de Palestina.
Las negociaciones de Omán, al borde del bloqueo
Las conversaciones de Mascate, mediadas por el ministro de Exteriores omaní, se presentaron oficialmente como “un buen comienzo”. En la práctica, el desacuerdo sobre el programa nuclear iraní sigue siendo profundo. Washington exige una reducción drástica del nivel y volumen de enriquecimiento, límites cuantificados a las existencias de uranio y controles reforzados de la AIEA, además de incluir en algunos borradores restricciones a misiles balísticos y al apoyo de Teherán a milicias aliadas en la región.
Irán, por su parte, considera el enriquecimiento un “derecho legítimo e irreversible” y se niega a negociar su programa de misiles o su red de aliados como condición previa a cualquier acuerdo. Araghchi insiste en un pacto “digno y equilibrado” que ofrezca garantías reales de levantamiento de sanciones, especialmente sobre las exportaciones de petróleo y el acceso a activos congelados, que Teherán cifra en más de 50.000 millones de dólares.
La ronda en Omán, de unas ocho horas de duración, apenas sirvió para fijar posiciones. Estados Unidos plantea un alivio gradual de sanciones ligado a hitos verificables; Irán, en cambio, exige pasos iniciales de mayor calado para demostrar que no se repetirá el escenario de la retirada estadounidense del acuerdo de 2015. En este contexto, la ofensiva verbal contra Israel se interpreta como un intento de ganar palanca donde Teherán se siente más fuerte: en el terreno político y simbólico, no en el técnico.
Embargo de armas y sanciones: la nueva ofensiva iraní
El salto cualitativo se ha producido en el Foro de Al Jazeera en Doha, donde Araghchi ha detallado la hoja de ruta que Teherán quiere ver sobre la mesa internacional: embargo inmediato de armas a Israel, suspensión de la cooperación militar e inteligencia, restricciones de viaje para dirigentes israelíes y un paquete de sanciones comerciales selectivas.
No es solo retórica. Irán llama a articular una estrategia coordinada que combine medidas legales, diplomáticas, económicas y de seguridad. En su discurso, el ministro advierte de que «las declaraciones de preocupación ya no bastan» y reclama consecuencias concretas por lo que describe como violaciones masivas del derecho internacional en Gaza y Cisjordania.
Por ahora, ningún miembro permanente del Consejo de Seguridad respalda un embargo total de este calibre, pero la maniobra tiene un objetivo claro: deslegitimar el statu quo de seguridad en Oriente Medio y presentar a Israel como un actor situado por encima de la ley. Al mismo tiempo, Teherán intenta capitalizar el creciente malestar en parlamentos europeos y latinoamericanos, donde la idea de restricciones a la exportación de armas a Israel ha ido ganando terreno desde 2024. En el relato iraní, el país pasa de acusado a acusador en el terreno de la legalidad internacional.
Palestina y Jerusalén Este, en el centro del mensaje
Junto al embargo, Araghchi ha reordenado la agenda política iraní poniendo el foco en Palestina y Jerusalén Este. Su discurso en Doha evita presentarla como una cuestión humanitaria o meramente regional y la define como el eje de la seguridad en Asia Occidental. La tesis es que cualquier arquitectura de paz que ignore la ocupación y la fragmentación territorial está condenada al fracaso.
Este énfasis tiene varias lecturas. Hacia dentro, refuerza la narrativa del régimen como valedor de la resistencia palestina en un momento de desgaste económico y contestación social, con una inflación que fuentes independientes sitúan aún por encima del 30% anual. Hacia fuera, obliga a Washington y a las capitales europeas a gestionar en paralelo tres frentes: el programa nuclear iraní, la guerra de Gaza y el debate sobre el reconocimiento de un Estado palestino.
Lo más relevante es que Irán intenta insertar su propio marco de prioridades en esa discusión global. El mensaje subyacente es que no basta con controlar centrifugadoras si, al mismo tiempo, se permite que Israel amplíe sin freno su poder militar y su huella territorial. Con ello, Teherán busca presentarse como la voz coherente de un malestar que trasciende sus fronteras.
El derecho internacional, entre la erosión y el doble rasero
En su intervención, Araghchi ha advertido de que «el mundo se encamina hacia una situación en la que la ley internacional deja de respetarse», apuntando directamente a lo que denomina una “doctrina de impunidad” aplicada a Israel. El contexto le favorece: desde 2023, el Consejo de Seguridad ha visto cómo hasta media docena de resoluciones que pedían alto el fuego inmediato en Gaza o alivio de las restricciones a la ayuda humanitaria quedaban bloqueadas por el veto estadounidense.
Al mismo tiempo, varios relatores de la ONU y organizaciones de derechos humanos han empezado a reclamar, con distintos matices, un embargo de armas y la revisión de acuerdos comerciales con Israel. Irán se apropia de este discurso, pero con un matiz inquietante: su objetivo no es fortalecer el sistema multilateral, sino demostrar que las reglas solo se aplican a determinados actores.
Ese mensaje cala en sociedades árabes y musulmanas donde la percepción de doble rasero lleva años arraigada, pero también complica la tarea de quienes intentan mantener viva la idea de un orden basado en normas. El riesgo es evidente: cuanto más se erosiona la confianza en el derecho internacional, más fácil resulta para cualquier actor —no solo Irán— justificar respuestas unilaterales, represalias “simétricas” y políticas de hechos consumados.
Reacciones regionales y margen de maniobra para Washington
En Israel, las demandas iraníes se leen como la confirmación de que Teherán busca algo más que sanciones selectivas: pretende reconfigurar el equilibrio militar de la región. El Gobierno de Benjamin Netanyahu ya venía advirtiendo a la Casa Blanca de que no se fiara de las señales de flexibilidad iraní y presiona para que cualquier acuerdo incluya “cero enriquecimiento” y límites estrictos a misiles y proxies.
Para varios socios árabes de Estados Unidos —desde las monarquías del Golfo hasta Egipto o Jordania—, el movimiento iraní es una mezcla de oportunidad y amenaza. Comparten buena parte del diagnóstico sobre la necesidad de algún tipo de contención del poder militar israelí, pero temen que una escalada verbal y sancionadora sin red se traduzca en nuevas rondas de violencia entre milicias alineadas con Irán e intereses occidentales y árabes.
Washington queda atrapado entre vectores contradictorios. Por un lado, necesita demostrar que explora seriamente una salida diplomática al dossier nuclear; por otro, debe preservar su compromiso con la seguridad de Israel en un momento en que el apoyo militar al país ha deteriorado su imagen en amplios sectores de la opinión pública global. El margen de maniobra se estrecha: cualquier gesto hacia Teherán es examinado bajo la lupa del Congreso y de la campaña electoral, mientras que una ruptura total del diálogo podría acelerar la carrera nuclear iraní.