La televisión estatal anuncia también el fallecimiento de varios familiares directos y abre un duelo de 40 días en plena escalada bélica

Irán confirma la muerte de Jamenei

EPA/CEERWAN AZIZ

Irán ha confirmado oficialmente la muerte del líder supremo, Alí Jamenei, en un ataque aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel contra Teherán. El anuncio, difundido por la radiotelevisión estatal (IRIB), llega horas después de que el propio presidente estadounidense, Donald Trump, y responsables israelíes diesen por «neutralizado» al dirigente iraní.

Según esa misma señal, varios miembros de su núcleo familiar, incluida una hija, una nieta y su yerno, murieron en los bombardeos del sábado. En paralelo, el Gobierno iraní ha decretado 40 días de luto oficial y el cierre de las oficinas públicas durante una semana, mientras la Guardia Revolucionaria promete una respuesta «devastadora».

El primer mensaje no llegó desde Washington ni desde Tel Aviv, sino desde Teherán. La Islamic Republic of Iran Broadcasting (IRIB) interrumpió su programación para informar de que varios familiares directos del líder supremo habían muerto en los ataques de la víspera. Entre ellos, según recogían canales como Baha News, se encontrarían una hija, una nieta y el yerno de Jamenei, alcanzados por misiles mientras se encontraban en dependencias oficiales.

Pocas horas después, y tras una cascada de rumores en redes y canales de la diáspora, la misma IRIB dio el paso que el régimen venía evitando desde el inicio de la ofensiva: confirmó que Jamenei también había fallecido en uno de los impactos cuando «desempeñaba sus funciones en su despacho». La locutora, visiblemente emocionada, habló de «martirio» del líder y llamó a la población a mantener la calma y acudir a las ceremonias de duelo.

«El líder de la nación iraní y de la Umma islámica ha alcanzado el martirio durante el mes sagrado de Ramadán», proclamó la presentadora en una declaración que cierra casi 37 años de liderazgo y reabre, de golpe, todas las incógnitas sobre el futuro del país. Este hecho revela, además, hasta qué punto la ofensiva ha logrado penetrar en el corazón del aparato de poder iraní.

La operación que descabezó al régimen

Detrás de la muerte de Jamenei hay una operación militar coordinada durante semanas y ejecutada en cuestión de horas. Fuentes estadounidenses e israelíes se refieren a la campaña como «Operation Epic Fury», una serie de ataques lanzados el 28 de febrero contra centros de mando, bases de la Guardia Revolucionaria y residencias oficiales en Teherán y otras ciudades estratégicas. 

Según datos preliminares, la oleada de misiles y drones habría causado al menos 201 muertos, de ellos más de 80 menores, y 747 heridos en territorio iraní, además de la destrucción de infraestructuras militares clave y daños significativos en barrios residenciales de la capital. Lo más grave, desde la óptica del régimen, es que el ataque habría logrado alcanzar el círculo íntimo del líder, algo que hasta ahora se consideraba casi imposible por la extrema seguridad que rodea al cargo.

Trump ha presentado la operación como un golpe decisivo contra lo que describe como «el principal patrocinador del terrorismo mundial» y ha instado abiertamente a los iraníes a «recuperar su país». Netanyahu, por su parte, ha subrayado el objetivo de paralizar de forma duradera el programa nuclear y de misiles de Irán. 

Sucesión en Teherán: un vacío de poder calculado

La muerte de Jamenei activa automáticamente el mecanismo constitucional iraní. Según ha confirmado la propia televisión estatal, se ha constituido ya un Consejo de Dirección provisional, en línea con lo previsto en la Carta Magna de 1979, a la espera de que la Asamblea de Expertos elija a un nuevo líder supremo. En teoría, ese órgano clerical debería resolver la sucesión en cuestión de semanas; en la práctica, el proceso puede abrir una pugna larvada entre facciones.

Durante años se había señalado al hijo del líder, Mojtaba Jamenei, como posible heredero, en un movimiento que hubiera acercado el sistema a una especie de monarquía clerical. La eliminación de parte del núcleo familiar en el ataque complica ese escenario y da margen a otros aspirantes dentro del establishment religioso y de seguridad. La consecuencia es clara: el centro de gravedad del poder iraní está, por primera vez en décadas, en disputa abierta.

Para los mercados y los actores regionales, el mayor riesgo no es sólo quién sucederá a Jamenei, sino cómo se producirá la transición. Un relevo pactado entre élites podría estabilizar la situación en un plazo de 3 a 6 meses; una lucha de facciones, en cambio, prolongaría la incertidumbre y aumentaría la tentación de injerencias externas, desde Rusia hasta las monarquías del Golfo.

Venganza prometida y escalada regional

Mientras Teherán digiere el impacto interno, la Guardia Revolucionaria ha prometido una respuesta «más intensa que cualquier otra» contra intereses estadounidenses e israelíes. De hecho, según fuentes militares citadas por agencias internacionales, Irán ya ha lanzado oleadas de misiles y drones contra bases estadounidenses y objetivos en Israel, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Jordania, causando víctimas civiles y militares.

Al mismo tiempo, se han registrado ataques y disturbios en ciudades como Bagdad y Damasco, con milicias proiraníes tratando de demostrar que su capacidad de desestabilización regional sigue intacta pese al golpe en la cúpula. El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: si en anteriores ciclos de tensión se mantenía una cierta contención, el asesinato del líder supremo rompe varios tabúes y acerca el conflicto a un escenario de guerra abierta por delegación.

Para Estados Unidos e Israel, el reto consiste ahora en evitar que la operación, presentada como un movimiento «preventivo», derive en una escalada incontrolable. Para Irán, obligado a mostrar fuerza tras semejante golpe, el riesgo es sobrerreaccionar y desencadenar una respuesta aún más devastadora. En ese equilibrio precario se juega, en gran medida, la estabilidad de los próximos meses.

El impacto en la energía y los mercados globales

Cada vez que Oriente Próximo entra en combustión, las pantallas de los mercados miran al mismo punto: el estrecho de Ormuz. Por ese corredor pasan en torno al 20% del petróleo transportado por mar en el mundo, así como una parte sustancial del gas natural licuado (GNL) con destino a Asia y Europa. El solo temor a una interrupción parcial ha provocado ya un repunte de más del 8% en el precio del Brent, que ha llegado a rozar los 98 dólares por barril en las primeras horas tras la confirmación de la muerte de Jamenei.

Las navieras han empezado a redibujar sus rutas, encareciendo seguros y tiempos de tránsito. Algunas estimaciones internas de bancos de inversión apuntan a que un cierre prolongado de Ormuz podría restar entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales al crecimiento global en un año, reavivando las presiones inflacionistas justo cuando las principales economías empezaban a normalizar tipos de interés y precios de la energía.

Este hecho revela hasta qué punto la operación militar tiene también una dimensión económica global. Lo que en Washington se presenta como un golpe quirúrgico contra un régimen hostil se traduce, en los terminales de negociación, en una nueva prima de riesgo sobre el crudo, el gas, las divisas emergentes y la deuda soberana de todo el arco MENA. Los inversores, escaldados por la crisis energética de 2022, descuentan ya un escenario de volatilidad prolongada.

Europa entre la condena y el miedo a otra crisis energética

En Bruselas, las primeras reacciones combinan llamadas a la «contención inmediata» con reuniones de emergencia de los ministros de Energía y Exteriores. La Unión Europea, que todavía arrastra las consecuencias de haber perdido el gas ruso tras la invasión de Ucrania, teme ahora un nuevo shock de oferta procedente del Golfo. Aunque Irán no es un proveedor directo clave para España o Alemania, un repunte sostenido del Brent y del GNL encarecería de nuevo la factura energética y complicaría los objetivos de inflación.

Para países como España, que han logrado diversificar su matriz con gas argelino, GNL estadounidense y renovables, el riesgo se mide en términos de coste y volatilidad, más que de abastecimiento. Pero incluso un encarecimiento del 10-15% de las importaciones energéticas durante varios meses podría erosionar el poder adquisitivo de los hogares y obligar al Banco Central Europeo a prolongar una política monetaria más restrictiva de lo previsto.

En paralelo, las empresas europeas con exposición a Irán y al Golfo —constructoras, energéticas, aseguradoras— revisan sus planes y coberturas. El contraste con otras regiones resulta evidente: mientras Asia se prepara para competir por cargamentos de GNL, Europa se ve de nuevo atrapada entre su dependencia energética y su alineamiento estratégico con Estados Unidos.