Los ejercicios del IRGC tensan el cuello de botella energético del Golfo a horas de las conversaciones nucleares en Ginebra

Irán exhibe músculo en Ormuz antes de negociar con EEUU

EPA/ALI HAIDER

La decisión de Irán de iniciar maniobras militares en el Estrecho de Ormuz llega en el peor momento posible para la estabilidad energética global. A menos de 24 horas del arranque de una nueva ronda de conversaciones nucleares con Estados Unidos en Ginebra, el mensaje de Teherán es inequívoco: su capacidad para presionar a los mercados pasa por un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto. Según la agencia Tasnim, el ejercicio “Smart Control of Hormuz Strait” está diseñado para probar la reacción de las fuerzas ante “posibles amenazas de seguridad y militares”, en un contexto de despliegue adicional de activos estadounidenses en la zona.

Un ejercicio con mensaje

El anuncio de que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) iniciaba el ejercicio “Smart Control of Hormuz Strait” no ha sorprendido a las cancillerías occidentales, pero sí ha elevado el nivel de alerta en los mercados de energía. Según medios iraníes y regionales, las maniobras combinan unidades navales rápidas, drones, misiles costeros y simulaciones de control del tráfico marítimo para “probar la preparación” ante escenarios de conflicto.

Más allá de la dimensión puramente militar, el ejercicio funciona como mensaje político. Teherán viene avisando desde hace años de que responderá a cualquier ataque o endurecimiento extremo de sanciones con medidas que podrían afectar al paso de buques por el estrecho. En este contexto, anunciar unas maniobras centradas en el control “inteligente” de Ormuz —y hacerlo justo antes de sentarse a negociar con Washington— equivale a recordar que la principal palanca de presión iraní no es solo su programa nuclear, sino su geografía.

Diplomáticos europeos consultados por medios internacionales lo resumen con crudeza: “Cada vez que Irán mueve tropas en Ormuz, el mensaje es que puede encarecer la energía global en cuestión de horas”. No se trata todavía de un bloqueo ni de un incidente concreto, pero el precedente de episodios de hostigamiento a petroleros en 2019 y los roces recientes entre embarcaciones iraníes y buques estadounidenses en la zona explican la inquietud.

El cuello de botella del 20% del petróleo mundial

La razón de fondo que convierte estas maniobras en algo más que un gesto simbólico está en las cifras. Por el Estrecho de Ormuz transitan en torno a 20 millones de barriles diarios de petróleo, cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. De enero a mayo de 2025, un análisis de la Agencia Internacional de la Energía calculaba que 14,5 millones de barriles diarios de crudo —el 34% del comercio marítimo global de crudo— cruzaron este paso, con destino mayoritario a Asia.

El Golfo Pérsico concentra, además, alrededor del 55% de las reservas probadas de petróleo del planeta, lo que convierte a los exportadores de la zona en actores sistémicos para la seguridad energética. No se trata solo de crudo: una parte sustancial del gas natural licuado (GNL) que sale de Qatar y de Emiratos también utiliza este corredor. Distintos análisis apuntan a que alrededor del 10% de las importaciones europeas de GNL procedentes del Golfo pasan por Ormuz.

Este hecho revela hasta qué punto un incidente en apariencia local puede tener un impacto global inmediato. Cualquier interrupción severa —aunque fuera de pocos días— obligaría a redirigir cargamentos, encarecería los seguros marítimos y presionaría al alza los precios de referencia, desde el Brent al gas TTF europeo. El contraste con otros cuellos de botella, como Suez o Panamá, resulta demoledor: en Ormuz no existe una ruta alternativa razonable para los grandes petroleros que salen del Golfo.

La negociación nuclear de Ginebra, condicionada por la fuerza

Mientras las lanchas rápidas del IRGC maniobran en el estrecho, la diplomacia iraní se prepara para una nueva ronda de conversaciones en Ginebra con mediación de Omán. El equipo encabezado por el ministro Abbas Araghchi ha repetido que busca un acuerdo “justo y equilibrado” centrado únicamente en el programa nuclear y en el levantamiento de sanciones, mientras Washington insiste en incluir los misiles balísticos y el apoyo iraní a milicias regionales.

En este clima, las maniobras en Ormuz funcionan como telón de fondo y recordatorio: Teherán llega a la mesa con la capacidad objetiva de alterar los flujos energéticos globales. La diplomacia se mezcla con la disuasión. Araghchi ha subrayado que Irán “no se someterá a amenazas ni ultimátums” y que cualquier concesión tendrá que ir acompañada de un alivio tangible de las sanciones que asfixian su economía.

Para Washington y sus aliados, la lectura es inversa: permitir que Irán combine avances nucleares con maniobras de presión en un punto tan sensible reforzaría su capacidad de chantaje en futuras crisis. El diagnóstico es inequívoco: si las conversaciones fracasan, la tentación de intensificar la presencia militar en el Golfo y de recurrir a nuevas sanciones crecerá, con el riesgo de entrar en un bucle de acción-reacción donde Ormuz sea el primer tablero de juego.

Un estrecho vigilado por todas las potencias

El Estrecho de Ormuz es desde hace años uno de los espacios marítimos más militarizados del mundo. Allí opera de forma permanente la Quinta Flota estadounidense, con destructores y buques de apoyo capaces de escoltar convoyes de petroleros. A ellos se suman unidades británicas, francesas y de otros aliados que rotan en la zona para garantizar, al menos sobre el papel, la libertad de navegación.

Frente a ellos, la armada iraní y las fuerzas navales del IRGC han desarrollado una doctrina de “guerra asimétrica”: lanchas rápidas armadas con misiles, minas navales, drones y baterías costeras diseñadas para hostigar a buques mucho mayores. La combinación de espacio reducido, tráfico intenso —más de un centenar de grandes buques diarios— y presencia de armamento avanzado convierte cualquier incidente en un potencial choque diplomático de alto voltaje.

Este equilibrio inestable ya se ha puesto a prueba. En los últimos años se han registrado ataques y sabotajes a petroleros, capturas temporales de buques y sobrevuelo de drones cerca de navíos de guerra. Cada episodio se traduce en repuntes de volatilidad en los mercados, aunque hasta ahora ninguno ha derivado en un cierre prolongado del estrecho. Lo más grave sería un error de cálculo: un dron derribado, un misil mal identificado o una colisión accidental que escale rápidamente por la presión política en Teherán o en Washington.