Irán extiende sus ataques con drones y misiles a seis frentes

Misil Foto de Moslem Daneshzadeh en Unsplash

La ofensiva iraní ya no se limita a Israel: los últimos bombardeos y alertas en Kuwait, Arabia Saudí, Catar, Baréin, Emiratos y Jordania confirman una regionalización acelerada del conflicto y disparan el riesgo energético global.

La guerra ha cruzado un umbral que Oriente Próximo llevaba años temiendo. Irán mantiene ataques casi diarios con drones, misiles balísticos y misiles de crucero no solo contra Israel, sino también sobre varios países del Golfo, con impactos en puertos, aeropuertos, instalaciones energéticas y zonas logísticas. El dato más inquietante no es únicamente la intensidad del fuego, sino su dispersión geográfica: en la jornada del 27 de marzo de 2026 se registraron nuevas alertas o impactos en Kuwait, Arabia Saudí, Catar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Jordania.

La guerra sale del eje Israel-Irán

Lo más grave de las últimas horas es que la estrategia iraní parece orientada a ensanchar el perímetro del conflicto. Ya no se trata solo de responder a los bombardeos israelíes sobre Teherán o a la presión militar de Washington. El patrón que describen las agencias internacionales revela una campaña diseñada para saturar defensas, tensionar a los aliados árabes de EEUU y elevar el coste económico de cada jornada de guerra.

Associated Press informa de que Israel ha intensificado sus ataques sobre objetivos en Teherán mientras advertía de que las operaciones “se ampliarán” si no cesa el fuego iraní. En paralelo, Irán ha seguido lanzando drones y misiles sobre estados del Golfo, con daños confirmados en Kuwait y nuevas alertas en otros países vecinos. La regionalización ya no es una hipótesis, sino un hecho operativo. Y este hecho revela algo más profundo: Teherán intenta demostrar que, aunque haya sufrido golpes severos en su territorio, conserva capacidad para proyectar inestabilidad a centenares de kilómetros de distancia.

Kuwait, el síntoma más visible

Kuwait se ha convertido en una de las imágenes más elocuentes del deterioro. The Wall Street Journal informó este viernes 27 de marzo de impactos con drones y misiles de crucero sobre los puertos de Shuwaikh y Mubarak Al-Kabeer, dos nodos logísticos sensibles para el tráfico comercial del emirato. Días antes, AP ya había informado de un ataque que alcanzó un depósito de combustible en el aeropuerto internacional kuwaití.

Aunque no se han reportado, por ahora, cifras elevadas de víctimas civiles en esos episodios, el problema no es menor. Golpear puertos, depósitos y aeropuertos equivale a atacar la circulación física de la economía. El efecto inmediato es la alteración de rutas, el aumento de primas de seguro y la activación de protocolos de contingencia. El efecto a medio plazo puede ser aún más costoso: retrasos en importaciones, interrupciones en cadenas regionales de suministro y un encarecimiento progresivo del transporte marítimo y aéreo. El diagnóstico es inequívoco: cada dron que obliga a cerrar una instalación durante unas horas genera un daño económico muy superior a su coste militar.

Las monarquías del Golfo, bajo presión

Arabia Saudí, Catar, Baréin y Emiratos llevan semanas intentando evitar una implicación directa en la guerra. Sin embargo, esa prudencia choca con una realidad cada vez más difícil de contener: sus territorios están siendo utilizados como escenario de la represalia iraní. AP recogió este viernes nuevas alertas de misiles en Baréin y Catar, además de impactos o amenazas sobre infraestructuras emiratíes y daños en Kuwait. WSJ añadió que Arabia Saudí destruyó drones sobre Riad y sobre su región oriental, y detectó seis misiles balísticos, de los cuales dos fueron interceptados.

El contraste con otras crisis regionales resulta demoledor. En el pasado, muchas monarquías del Golfo confiaban en que la disuasión estadounidense bastaría para mantener el conflicto fuera de sus fronteras. Hoy esa premisa ha quedado erosionada. Los sistemas de defensa siguen funcionando en buena parte, sí, pero cada oleada de interceptación consume recursos, genera incertidumbre y expone vulnerabilidades. La región comprueba que incluso una defensa eficaz no impide cierres temporales, caída de actividad y daños colaterales por restos de interceptación o impactos parciales.

La lógica de la saturación

Según un análisis recogido por Defense News a partir de datos oficiales del Golfo, Irán había lanzado ya a comienzos de marzo más de 540 misiles y más de 1.450 drones contra países de la región, con los drones representando aproximadamente tres cuartas partes del volumen total. La cifra puede variar según la fuente y el recuento oficial de cada país, pero ilustra una tendencia central: Teherán apuesta por sistemas relativamente baratos, abundantes y difíciles de neutralizar al 100%.

Ese modelo de guerra no busca necesariamente una destrucción masiva en cada oleada. Busca otra cosa: agotamiento. Agotamiento de baterías antiaéreas, de operadores, de corredores aéreos, de seguros, de confianza inversora y de resistencia política. Lo más eficaz del dron no siempre es el daño que causa, sino la reacción que obliga a desplegar. Si para interceptar un vector de bajo coste hay que movilizar un sistema de millones de dólares, el equilibrio económico se inclina. La consecuencia es clara: incluso con tasas de intercepción altas, el atacante puede seguir obteniendo rentabilidad estratégica.

El petróleo vuelve al centro del tablero

En toda crisis de Oriente Próximo hay una pregunta que ordena el resto: qué ocurrirá con la energía. Y aquí la respuesta empieza a inquietar. AP y otros medios internacionales señalan que el conflicto ha provocado repuntes del precio del crudo, volatilidad en los mercados y máxima preocupación por el estrecho de Ormuz, por donde transita una porción crítica del petróleo mundial. La Casa Blanca, además, ha aplazado decisiones militares adicionales precisamente por el temor a una mayor dislocación energética.

Este punto es capital para Europa y, en particular, para economías importadoras como la española. Un encarecimiento sostenido del crudo no solo presiona carburantes. Se traslada a logística, fertilizantes, industria química, costes eléctricos y expectativas de inflación. El mercado puede absorber un sobresalto puntual; lo que penaliza de verdad es la incertidumbre prolongada. Si los ataques iraníes siguen alcanzando puertos, aeropuertos o instalaciones energéticas del Golfo, el sobreprecio de riesgo dejará de ser coyuntural y pasará a formar parte del precio estructural del comercio.

Diplomacia frágil y cálculo político

Mientras los ataques continúan, la vía diplomática aparece debilitada y contradictoria. AP informó de que Donald Trump ha retrasado hasta el 6 de abril un ultimátum relacionado con el estrecho de Ormuz, en un contexto de contactos indirectos que Irán niega o desautoriza públicamente. También se ha mencionado una propuesta estadounidense de alto el fuego canalizada a través de terceros, rechazada por Teherán, que ha planteado sus propias exigencias.

Sin embargo, la política real va por otro carril. Israel amenaza con “escalar y ampliar” sus bombardeos, y varios socios regionales presionan para que la respuesta contra Irán no se congele antes de degradar por completo su capacidad ofensiva. El problema es que la ventana diplomática se estrecha conforme aumentan los daños sobre infraestructuras civiles y comerciales. Cada impacto en un puerto o aeropuerto complica cualquier desescalada, porque eleva el coste político de parecer débil ante la opinión pública y ante los aliados.