Irán intenta arrastrar a la ONU a su relato sobre Ormuz
Abbas Araghchi pide a António Guterres que condene los ataques de Estados Unidos e Israel, pero su verdadera batalla es otra: desplazar la responsabilidad del caos en el estrecho y exhibir la parálisis selectiva del Consejo de Seguridad.
Teherán ha decidido pelear también en el terreno diplomático. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, reclamó al secretario general de la ONU, António Guterres, una condena explícita de los ataques de Estados Unidos e Israel y defendió que la crisis en el estrecho de Ormuz no puede separarse de la guerra regional. La petición parece jurídica, pero es sobre todo política: Irán quiere que Naciones Unidas deje de mirar el síntoma —las disrupciones marítimas— y pase a señalar la causa que denuncia Teherán, esto es, la ofensiva militar de Washington y Tel Aviv. El problema para la diplomacia iraní es que el Consejo de Seguridad ya ha fijado una parte del marco en sentido contrario: ha condenado los ataques iraníes sobre vecinos del Golfo sin construir una condena equivalente sobre la ofensiva estadounidense e israelí. Ahí está el núcleo del choque. Y ahí está también la gran fragilidad del sistema multilateral.
Una llamada para cambiar el encuadre
La conversación entre Araghchi y Guterres no debe leerse como un simple intercambio protocolario. Irán intenta redibujar el expediente político de Ormuz. Su tesis es clara: la inseguridad en el estrecho no nace de una pulsión desestabilizadora autónoma de Teherán, sino de una guerra “impuesta” por Estados Unidos e Israel. Ese argumento le permite conectar dos debates que hasta ahora muchos actores han tratado por separado: el derecho internacional sobre el uso de la fuerza y la libertad de navegación en una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Según el propio Guterres, en su llamada con Araghchi recordó la necesidad de que todas las partes respeten el derecho internacional y el derecho internacional humanitario, además de abstenerse de atacar a civiles e infraestructuras civiles. Es decir, el secretario general no asumió el marco unilateral iraní, pero tampoco bendijo la narrativa militar de Washington y Tel Aviv.
Lo más relevante es que Irán no busca solo una condena moral. Busca repartir la responsabilidad política y jurídica del colapso regional. Si la ONU aceptara ese encuadre, Ormuz dejaría de aparecer como una herramienta coercitiva iraní y pasaría a figurar como una derivada de una agresión externa. Ese giro tendría consecuencias en el debate internacional sobre sanciones, escoltas navales y legitimidad de futuras respuestas occidentales. La pelea, por tanto, no es semántica. Es estratégica.
Guterres no compra del todo la tesis iraní
La respuesta de Naciones Unidas muestra por qué la ofensiva diplomática de Teherán tiene límites. Guterres ha condenado la “escalada militar” y ha dejado por escrito que el uso de la fuerza por Estados Unidos e Israel contra Irán, y la posterior represalia iraní en toda la región, socavan la paz y la seguridad internacionales. Esa formulación importa mucho. No exonera a nadie, pero tampoco se alinea con la exigencia iraní de centrar toda la condena en Washington y Tel Aviv. El secretario general está intentando preservar una posición de equilibrio legal en un momento en que el sistema multilateral corre el riesgo de partirse en bloques irreconciliables.
Sin embargo, desde la óptica iraní esa equidistancia ya sabe a derrota parcial. Teherán considera que la ONU ha sido más contundente contra sus ataques sobre países del Golfo que contra la ofensiva inicial de Estados Unidos e Israel. Y tiene una base política para sostener esa crítica: el Consejo de Seguridad aprobó el 11 de marzo la resolución 2817 (2026) con 13 votos a favor y dos abstenciones —China y Rusia—, condenando los ataques iraníes contra sus vecinos regionales. El contraste es demoledor. Hay texto, votos y lenguaje duro contra Irán, pero no existe una pieza equivalente contra la campaña militar que desencadenó la espiral actual. Ese vacío alimenta la narrativa iraní de doble rasero.
El Consejo de Seguridad ya dejó una asimetría difícil de ocultar
La resolución 2817 no es un detalle técnico. Es el documento que explica por qué Araghchi ha intensificado la presión sobre Guterres. El texto, promovido desde el entorno del Golfo, condena los ataques iraníes y exige el cese inmediato de acciones contra zonas residenciales, objetivos civiles y Estados vecinos. Además, fue copatrocinado por 135 países, una cifra que da a la resolución un peso político considerable. Lo más grave para Teherán es que el Consejo rechazó al mismo tiempo un proyecto ruso sobre la crisis más amplia, lo que consolidó un marco en el que Irán aparece como el principal desestabilizador operativo, aunque la guerra se iniciara con ataques de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní el 28 de febrero.
Ese desequilibrio explica la insistencia iraní en hablar de “fuente principal de inseguridad”. No es una frase retórica. Es un intento de impugnar el expediente diplomático que ya se está formando en Nueva York. Teherán sabe que, si no consigue modificar ese marco, las futuras discusiones sobre escoltas navales, sanciones, compensaciones o reconstrucción regional partirán de una premisa muy concreta: que Irán no solo respondió, sino que convirtió Ormuz y el Golfo en palancas de coerción contra terceros. Y cuando un relato queda fijado en una resolución del Consejo, luego resulta extraordinariamente difícil desmontarlo.
Ormuz se ha convertido en el centro económico de la guerra
La batalla diplomática no puede separarse del enorme peso material del estrecho. La Agencia Internacional de la Energía recuerda que por Ormuz pasaron en 2025 una media de 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petrolíferos. La EIA añade que en 2024 transitaron por esa vía alrededor del 20% del comercio global de GNL, y que en el primer semestre de 2025 el flujo petrolero se situó en 23,2 millones de barriles diarios, casi el 29% del petróleo marítimo mundial. Ese dato convierte cualquier discusión sobre navegación en una cuestión de estabilidad macroeconómica global.
La disrupción ya es visible. La IEA habló el 11 de marzo de la mayor alteración de suministro en la historia del mercado petrolero y anunció una liberación extraordinaria de 400 millones de barriles de reservas estratégicas. Y el secretario general de la Organización Marítima Internacional advirtió esta semana de que las escoltas navales no garantizan por sí solas el tránsito seguro: entre el 2 y el 14 de marzo solo 47 barcos cruzaron el estrecho. La consecuencia es clara. Irán quiere que el mundo vea Ormuz como un efecto de la guerra; el mundo energético lo ve ya como una crisis autónoma con capacidad para desordenar precios, cadenas logísticas y crecimiento.
Teherán intenta aislar a Washington, no al mundo
La diplomacia iraní está afinando un mensaje selectivo: el estrecho no estaría cerrado a todos, sino solo a Estados Unidos, Israel y quienes respalden su agresión. Ese matiz persigue un objetivo evidente: evitar una ruptura total con Asia y con los grandes importadores que todavía pueden ejercer presión sobre Washington para frenar la guerra. Araghchi y otros portavoces iraníes han repetido en los últimos días que buques de países no implicados pueden seguir transitando con coordinación previa, y diversos reportes señalan que al menos dos buques indios han obtenido paso en medio de la tensión. El mensaje implícito es tan nítido como calculado: Irán no quiere enemistarse con todos; quiere encarecer el coste estratégico de alinearse con Estados Unidos.
Ese diseño tiene lógica, pero también límites muy severos. Primero, porque numerosos Estados y navieras no distinguen entre cierre total y cierre selectivo cuando el riesgo operacional es extremo. Segundo, porque la mera percepción de arbitrariedad ya basta para disparar primas, seguros y desvíos. Y tercero, porque Washington está intentando internacionalizar la apertura del estrecho, aunque por ahora sus aliados respondan con reservas. El contraste con la ambición iraní resulta elocuente: Teherán quiere presentarse como actor racional y discriminante, pero el mercado y la seguridad marítima castigan cualquier incertidumbre como si fuera bloqueo pleno.
La ofensiva narrativa de Irán tropieza con la realidad militar
El gran problema de la tesis iraní es que convive con una realidad muy difícil de neutralizar en la arena internacional: los ataques iraníes sobre infraestructuras, barcos y países del Golfo continúan. AP informó de nuevas oleadas de misiles y drones sobre Emiratos, Qatar, Arabia Saudí e incluso instalaciones cercanas a Fujairah, además de impactos sobre buques y tensiones en Bagdad. En paralelo, el conflicto ya ha dejado alrededor de 20 embarcaciones alcanzadas y un Brent por encima de los 100 dólares, más de un 40% por encima del nivel previo al arranque de la guerra, según ese mismo recuento. Esa secuencia debilita el argumento de que Teherán solo está describiendo una consecuencia inevitable de la agresión ajena.
Lo más grave es que la ofensiva informativa iraní llega justo cuando Israel intenta exhibir otra imagen: la de una cúpula persa golpeada y obligada a reaccionar desde la vulnerabilidad. El anuncio israelí sobre la muerte de Ali Larijani —aún no confirmado por Teherán— encaja en esa operación de desgaste del mando. Por eso Araghchi necesita elevar el pleito a la ONU. Cuanto peor pinte la correlación militar, más valor cobra para Irán una victoria diplomática o, al menos, la exposición pública del doble rasero occidental. Pero esa victoria, a día de hoy, sigue lejos.