Irán mina sus túneles nucleares para impedir la retirada del uranio

Uranio Irán

Teherán estaría hundiendo túneles y minando accesos para impedir la extracción de material enriquecido mientras Washington negocia una tregua de 60 días.

Más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60% siguen en el centro de la crisis nuclear iraní. La última alerta apunta a un movimiento de alto riesgo: Irán estaría asegurando físicamente su reserva mediante el colapso deliberado de túneles y la colocación de minas explosivas en los accesos. El objetivo sería impedir que Estados Unidos o cualquier misión internacional pueda retirar el material. La maniobra llega cuando Washington y Teherán exploran una tregua de 60 días, pero el diagnóstico es inequívoco: sin control verificable del uranio, cualquier acuerdo nace bajo sospecha.

Un arsenal bajo tierra

La información atribuida a fuentes de inteligencia estadounidense describe una estrategia defensiva calculada: enterrar, bloquear y encarecer cualquier operación de recuperación. No se trata solo de proteger una infraestructura dañada, sino de convertir el propio acceso al uranio en un problema militar, técnico y político.

El Organismo Internacional de Energía Atómica ya había advertido de que Irán acumulaba alrededor de 440 kilos de uranio enriquecido hasta el 60%, una cantidad muy superior a la necesaria para mantener un programa puramente civil. Aunque ese grado no equivale todavía al nivel armamentístico del 90%, reduce de forma drástica los tiempos de ruptura si Teherán decidiera avanzar hacia una bomba.

El laberinto de Isfahán

El foco vuelve a situarse en Isfahán, el complejo donde los inspectores internacionales han concentrado parte de sus sospechas. Informes recientes apuntaban a que buena parte del material altamente enriquecido estaba almacenado en un entramado subterráneo de túneles. El contraste con una inspección convencional resulta demoledor: no basta con negociar el acceso; hay que poder entrar físicamente.

Lo más grave es que la propia protección del material podría impedir también su uso inmediato por parte de Irán. Si los accesos han sido colapsados o minados, recuperar los contenedores exigiría maquinaria, tiempo y seguridad operativa. En otras palabras: Teherán habría creado un seguro contra la extracción externa, pero también una trampa para sí mismo.

Diplomacia con explosivos

La negociación llega en el peor punto posible. Estados Unidos e Irán mantienen abiertos contactos sobre una posible tregua, con compromisos vinculados a la desescalada regional, el alivio gradual de sanciones y la gestión del material enriquecido. Sin embargo, la existencia de túneles sellados introduce una pregunta central: quién verifica, quién custodia y quién toca el uranio.

Este hecho revela la fragilidad de una tregua basada solo en promesas. El precedente del acuerdo nuclear de 2015 sigue pesando: limitó el enriquecimiento, pero dependía de inspecciones, calendarios y confianza técnica. Ahora el tablero es más oscuro, con instalaciones dañadas, rutas subterráneas y una guerra reciente como telón de fondo.

El riesgo para Washington

Para Estados Unidos, una operación de extracción sería cualquier cosa menos sencilla. Los obstáculos serían químicos, radiológicos, logísticos y militares. Una entrada forzosa en túneles minados no sería una operación limpia, sino una intervención prolongada y con alto riesgo de escalada.

La consecuencia es clara: cuanto más difícil sea retirar el uranio, mayor será el valor negociador de Irán. Teherán convierte el material en una carta de presión, incluso si no puede usarlo de inmediato. Washington, por su parte, necesita demostrar que cualquier pacto reduce el riesgo nuclear de forma verificable, no solo sobre el papel.

El factor regional

El estrecho de Ormuz vuelve a operar como termómetro económico de la crisis. Por esa vía circula alrededor del 20% del petróleo mundial, lo que convierte cualquier episodio de tensión en una amenaza directa para los precios de la energía, los seguros marítimos y las cadenas globales de suministro.

Una tregua de 60 días aliviaría la presión sobre los mercados, pero no resolvería el problema de fondo si el uranio permanece fuera del alcance de los inspectores. El efecto dominó puede ser inmediato: más prima de riesgo energética, presión sobre el gas natural licuado y nuevas exigencias de Israel para mantener libertad de acción militar.

Lo que puede pasar ahora

El escenario más probable es una negociación técnica sobre inventario, accesos y custodia internacional. Pero ahí aparece la incógnita decisiva: si el material está realmente enterrado, sellado o minado, el calendario de 60 días puede quedarse corto. Un acuerdo político podría firmarse antes; la verificación física tardaría bastante más.

El diagnóstico es incómodo para todas las partes. Irán gana tiempo, Estados Unidos gana una tregua y los mercados ganan oxígeno. Pero el problema esencial sigue intacto: un arsenal potencial bajo tierra, sin inspección plena y convertido en moneda de cambio. Mientras no haya trazabilidad completa del uranio, la paz será provisional.