Irán potencia su ejército con 1.000 drones estratégicos y enciende alarmas en EE.UU.
La incorporación de 1.000 drones estratégicos al ejército iraní llega en el peor momento posible para la estabilidad regional: con un portaaviones estadounidense ya en la zona, amenazas explícitas de ataque de Donald Trump y advertencias iraníes de respuesta “devastadora” ante cualquier incursión. En Teherán el mensaje es nítido: el dron pasa a ser el centro de gravedad de su estrategia defensiva y ofensiva. En Washington, Riad, Tel Aviv y las capitales europeas, la lectura es otra: más capacidad de golpe preventivo, menos tiempo de reacción y un riesgo creciente de error de cálculo. Lo más preocupante, según varios diplomáticos consultados, es la velocidad con la que se encadenan los acontecimientos. Cada gesto se interpreta al segundo, cada despliegue se lee como preludio de algo mayor. La pregunta ya no es si hay una carrera de drones en marcha, sino cuánto falta para que se le vaya de las manos a alguien.
Un salto militar en plena escalada
Según medios oficiales iraníes, el Ejército ha recibido 1.000 drones “estratégicos” de nueva generación, distribuidos entre varias unidades de tierra, mar y defensa aérea. No se han difundido imágenes ni detalles técnicos, pero fuentes militares occidentales hablan de aparatos capaces de operar a largas distancias y de coordinarse en enjambre, un salto relevante respecto a generaciones anteriores.
El contexto convierte la cifra en algo más que un dato. En menos de una semana, Estados Unidos ha reforzado su presencia con el portaaviones USS Abraham Lincoln, destructores lanzamisiles y cazas adicionales, mientras Trump advierte de que el tiempo para un nuevo acuerdo nuclear “se agota” y amenaza con una operación “mucho peor” que ataques previos contra infraestructuras atómicas iraníes.
En Teherán, la respuesta ha sido simétrica en el terreno simbólico y militar: maniobras, murales en la capital representando portaaviones estadounidenses destruidos y ahora un anuncio masivo de drones.
Un ejército más tecnológico y listo
El comandante en jefe del Ejército, Amir Hatami, ha subrayado que estos sistemas se han desarrollado con tecnología local y bajo supervisión directa del Ministerio de Defensa. Irán insiste en que el programa es la prueba de que las sanciones no han frenado su capacidad industrial. De hecho, los drones encajan en una lógica clara: sustituir parte de la aviación tripulada por plataformas más baratas, sacrificables y difíciles de detectar.
Los nuevos aparatos se suman a un inventario que distintos centros de análisis estiman en casi 4.000 UAV militares operativos, repartidos entre las fuerzas terrestres, la Guardia Revolucionaria y la armada. Si la cifra es aproximada, el salto es nítido: un aumento de en torno al 30% en la capacidad de despliegue no tripulado en muy poco tiempo.
La autosuficiencia tecnológica funciona también como relato político. En un país sometido a presión económica, la exhibición de industria militar propia cumple una doble función: proyectar poder hacia fuera y cohesión hacia dentro. Teherán quiere demostrar que puede seguir innovando pese a la asfixia financiera y el aislamiento diplomático. La consecuencia es clara: cuanto más se cierra la vía económica, más peso gana la vía militar.
El dron como piedra angular de la doctrina iraní
El uso de drones no es nuevo para Irán. Desde los años 80, cuando empleó los primeros modelos para reconocimiento en la guerra con Irak, los UAV se han convertido en una pieza central de su doctrina de guerra asimétrica. Frente a un adversario con superioridad aérea y naval apabullante, como Estados Unidos, los estrategas iraníes han apostado por sistemas más baratos, dispersos y difíciles de neutralizar.
Hoy el arsenal incluye desde pequeños drones kamikaze hasta modelos de gran tamaño con alcances superiores a los 2.000 kilómetros y capacidad para portar varios cientos de kilos de munición o equipos de inteligencia. Eso coloca a bases estadounidenses, infraestructuras energéticas del Golfo e incluso objetivos en el Mediterráneo oriental dentro de su radio de acción.
Lo más grave, según expertos en defensa, es la combinación de volumen y coste: aparatos que pueden fabricarse por menos de 50.000 dólares unidad obligan al adversario a gastar cientos de millones en sistemas antiaéreos para detenerlos. La relación coste-eficacia se inclina cada vez más a favor del atacante, y la nueva remesa de 1.000 drones profundiza precisamente en esa ventaja.
Amenazas y pulso político con Trump
La decisión de anunciar la entrega de los drones justo ahora no es casual. Trump ha reactivado su retórica más agresiva, advirtiendo de que, si Irán no acepta un nuevo pacto nuclear “justo”, Washington está preparado para lanzar un ataque “rápido y violento”, peor que el golpe de 2025 contra varios complejos nucleares.
Teherán ha respondido elevando el listón verbal: altos cargos han avisado de que cualquier ataque, por limitado que sea, será interpretado como “guerra total” y que la reacción será “aplastante” contra intereses estadounidenses en la región. En paralelo, clérigos influyentes han sugerido que, si se cruza la línea roja, objetivos económicos y bases militares vinculadas a Estados Unidos podrían convertirse en blancos prioritarios.
En este clima, la introducción de 1.000 drones estratégicos funciona como mensaje de doble filo. Hacia Washington, señala que un ataque ya no sería una operación quirúrgica, sino el inicio de una campaña larga y costosa. Hacia la opinión pública iraní, permite al régimen presentarse como actor que no se arrodilla ante la presión. El riesgo es que, en una escalada de palabras y despliegues, cualquier error de cálculo o incidente menor se convierta en detonante de algo mucho mayor.
Rusia y China: inquietud y oportunidad
Aunque el foco inmediato se centra en la tensión bilateral entre Irán y Estados Unidos, la jugada tiene derivadas directas para Rusia y China. Moscú conoce bien el potencial de la industria iraní de drones: ha recurrido a modelos como los Shahed para sostener su campaña en Ucrania y ha explorado acuerdos para producir miles de unidades bajo licencia.
Para el Kremlin, el refuerzo iraní plantea un dilema. Por un lado, un Irán capaz de contener a Estados Unidos en Oriente Medio libera presión sobre otros frentes geopolíticos. Por otro, una guerra abierta podría desestabilizar el mercado energético y encarecer aún más costes en un momento en que Rusia trata de consolidar sus propios ingresos petroleros.
China, principal comprador de crudo iraní a través de fórmulas opacas, observa con preocupación cualquier movimiento que pueda disparar el precio del barril por encima de los 100 dólares durante un periodo prolongado. Pekín ha pedido “prudencia y diálogo” y trata de colocarse como actor que puede hablar con todas las partes. Sin embargo, el contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: cuando se trata de drones y misiles, la distancia entre los llamamientos a la calma y los movimientos sobre el terreno suele ser enorme.
El nuevo equilibrio militar en Oriente Medio
La llegada de 1.000 drones estratégicos altera la aritmética de cualquier hipotético conflicto regional. Incluso si solo un 20% de esos aparatos lograra atravesar las defensas antiaéreas de Israel, las monarquías del Golfo o bases estadounidenses, estaríamos hablando de unos 200 vectores de ataque capaces de golpear infraestructuras críticas, refinerías, puertos o centros de mando.
Los sistemas defensivos como el Patriot, el THAAD o la Cúpula de Hierro están diseñados para interceptar misiles y cohetes, pero han demostrado vulnerabilidades frente a oleadas masivas de drones pequeños, lentos y volando a baja cota. Para compensar, Estados Unidos y sus aliados se ven obligados a desplegar más baterías, más radares y más cazas en patrulla permanente, con un coste económico y logístico creciente.
Este hecho revela una asimetría incómoda: con una inversión estimada de 40-60 millones de dólares en su nueva flota, Irán puede obligar a sus adversarios a gastar varios miles de millones para reforzar sus defensas. La consecuencia es clara: cada movimiento iraní presiona no solo el tablero militar, sino también los presupuestos de defensa de la región.
El laboratorio global de las guerras de drones
Oriente Medio se suma así a una tendencia que ya se ha visto en otros conflictos. En el Cáucaso, la guerra de Nagorno Karabaj evidenció hasta qué punto los drones podían desbaratar defensas clásicas. En Ucrania, el intercambio de UAV ha convertido el frente en un laboratorio a cielo abierto de guerra barata y altamente destructiva. En Yemen, los ataques contra instalaciones petroleras saudíes mostraron la fragilidad de la seguridad energética ante aparatos relativamente simples.
Irán no es ajeno a esa evolución. Ha suministrado drones a milicias aliadas en Irak, Siria, Líbano o Yemen, y ha observado de cerca los efectos de ese tipo de ataques sobre refinerías, aeropuertos o buques comerciales. Cada conflicto ha servido como banco de pruebas para ajustar diseños, mejorar cargas explosivas y perfeccionar tácticas de saturación.
Con la nueva remesa de 1.000 unidades, Teherán dispone de volumen suficiente para combinar todas esas lecciones en un eventual choque directo. El diagnóstico es inequívoco: cualquier guerra futura en la región será, antes que nada, una guerra de drones, con el espacio aéreo convertido en un enjambre difícil de gestionar incluso para las potencias mejor equipadas.