Irán, Ucrania y Wall Street: la semana de las tres incógnitas
Diplomacia nuclear: la cita que puede mover el crudo
El 17 de febrero está marcado en rojo en las agendas diplomáticas y en los terminales de los traders de energía. Ese día está prevista la continuación de las conversaciones sobre el programa nuclear iraní, un expediente que lleva casi dos décadas condicionando el precio del petróleo y el equilibrio de fuerzas en Oriente Medio.
Aunque ambas partes insisten en que mantienen la puerta abierta a un compromiso, los mercados descuentan un escenario de “progreso limitado”, con probabilidades inferiores al 30% de un acuerdo amplio a corto plazo según estimaciones de bancos de inversión. El motivo es simple: la distancia política sigue siendo considerable y el contexto regional es más volátil que hace cinco años.
Si se percibe que las conversaciones descarrilan, el riesgo inmediato es un repunte de la prima de tensión en el barril, con movimientos adicionales de entre 3 y 5 dólares en sesiones de poca liquidez. A medio plazo, un fracaso claro reactivaría el debate sobre sanciones adicionales y sobre la capacidad de Irán para seguir colocando crudo en mercados emergentes.
En el escenario opuesto, un avance creíble —aunque sea parcial— podría presionar a la baja los precios de la energía y, por extensión, aliviar algunos de los focos de inflación que aún preocupan a bancos centrales. La reacción del mercado será milimétrica: cada palabra de los comunicados se leerá como una pista sobre el suministro mundial de hidrocarburos en los próximos 12-24 meses.
Ucrania busca aire en la mesa de negociación
En paralelo, los contactos orientados a explorar vías de paz en el conflicto ucraniano añaden una segunda capa de incertidumbre geopolítica. Aunque nadie espera un alto el fuego inmediato, cualquier gesto que apunte a una desescalada podría tener efectos visibles en divisas europeas, primas de riesgo y valores ligados a defensa y energía.
Los inversores han incorporado ya más de dos años de guerra al “nuevo normal” del continente, pero las posiciones siguen siendo frágiles. Un mínimo avance en la mesa negociadora daría argumentos a quienes apuestan por un escenario de riesgo geopolítico decreciente en Europa del Este, con impacto directo sobre el gas, los fertilizantes y parte de la industria pesada.
Sin embargo, lo más probable es un resultado intermedio: declaraciones ambiguas, compromisos vagos y nuevas reuniones en el horizonte. Este tipo de salida mantiene el conflicto “congelado” a ojos del mercado, pero no elimina la posibilidad de episodios de tensión que, en cuestión de días, disparen la volatilidad un 20-30% por encima de su media reciente.
El contraste con otros focos de tensión en el mapa —desde Oriente Medio al Indo-Pacífico— resulta demoledor: Europa afronta simultáneamente el reto de reconstruir su seguridad y de sostener un ciclo de inversión verde e industrial que exige estabilidad regulatoria y energética. Cada paso, por pequeño que parezca, será evaluado como señal sobre la capacidad del continente para combinar seguridad y crecimiento.
Wall Street en pausa: liquidez reducida y movimientos exagerados
El inicio de la semana está marcado por el cierre de los principales índices neoyorquinos por el Presidents’ Day, lo que deja solo cuatro sesiones de negociación para ajustar posiciones. La experiencia de otros años muestra que las semanas cortas suelen registrar volúmenes un 10-15% inferiores a la media, pero movimientos de precio más bruscos cuando coinciden con sorpresas macro o políticas.
La pausa en la bolsa estadounidense llega, además, tras un tramo de mercado en el que los grandes índices se mueven en zonas de máximos o muy cerca de ellos, con valoraciones exigentes en tecnología, consumo discrecional y algunos segmentos de inteligencia artificial. Cualquier decepción en los datos de producción industrial o en los PMI puede servir de excusa para una corrección táctica.
Al mismo tiempo, la ausencia de referencia estadounidense durante parte del lunes refuerza el papel de Europa como primer termómetro del apetito por riesgo de la semana. Si los índices europeos abren con caídas amplias y el dólar se fortalece, el mensaje será claro: los inversores entran en modo defensivo a la espera de claridad geopolítica y de datos.
En cambio, si la reacción inicial es contenida y los bonos apenas se mueven, se consolidará la idea de que el mercado ha aprendido a convivir con un nivel alto de ruido político sin cambiar la narrativa central: crecimiento moderado, inflación en descenso gradual y tipos en fase de espera antes de futuras bajadas.
Asia entre el Año Nuevo lunar y la sombra china
Mientras Occidente mira a las mesas de negociación y a los bancos centrales, parte de Asia sigue operando a medio gas por el puente del Año Nuevo lunar. Varios parqués han estado cerrados en sesiones recientes y otros operan con horarios reducidos, lo que recorta la liquidez y amplifica el impacto de cualquier noticia sobre China, Japón o Corea.
La economía china continúa siendo la gran incógnita regional. Los inversores buscan señales de estímulo adicional tras varios trimestres de crecimiento por debajo del objetivo oficial y un mercado inmobiliario aún sin solución clara. Un solo titular sobre un paquete fiscal más ambicioso podría disparar las exportaciones ligadas a materias primas y bienes de equipo europeos, que dependen en algunos casos en más de un 30% del ciclo chino.
Al mismo tiempo, Japón se prepara para publicar su dato de PIB, crucial para determinar si el Banco de Japón puede empezar a normalizar su política monetaria ultraexpansiva. Un crecimiento trimestral por debajo del 0,2% reforzaría la tesis de que cualquier retirada de estímulos será lenta y muy gradual, manteniendo al yen bajo presión y favoreciendo a los exportadores nipones.
Este mosaico asiático tiene una consecuencia directa: las sesiones nocturnas en futuros y divisas pueden ser especialmente volátiles, con huecos de apertura en Europa si se combinan titulares inesperados con unos volúmenes debilitados por los festivos.
La avalancha de datos: inflación, PMI y el pulso real de la economía
Más allá de los titulares políticos, la semana ofrece un auténtico examen macroeconómico. En Europa, la atención se centrará en los datos de inflación de Alemania y Reino Unido, dos economías que han sufrido en primera línea el shock de precios energéticos y las subidas de tipos. Un registro que se quede apenas una o dos décimas por encima de lo esperado puede reavivar el miedo a una “inflación pegajosa” y retrasar las expectativas de recorte de tipos del BCE y el Banco de Inglaterra.
En paralelo, Estados Unidos publicará cifras de producción industrial y los índices PMI compuestos, clave para medir el pulso conjunto de manufacturas y servicios. Si los compuestos caen por debajo del umbral de 50 puntos, la narrativa de “aterrizaje suave” podría empezar a resquebrajarse, dando alas a quienes alertan de una desaceleración más intensa en la segunda mitad del año.
La combinación de estos datos permitirá trazar un mapa bastante preciso: si tres de las cuatro grandes áreas —EE. UU., zona euro, Reino Unido y Japón— sorprenden a la baja, el debate se desplazará rápidamente desde “cuándo bajarán los tipos” a “si los bancos centrales deberán recortar más de lo previsto”, con impacto directo en curvas de tipos, bancos y compañías altamente endeudadas.
Los gestores de renta fija y variable estarán especialmente atentos a la correlación entre datos y expectativas: no es lo mismo una pequeña decepción tras semanas de optimismo que una lectura algo mejor de lo esperado en un contexto de pesimismo extremo. En la primera, el riesgo es la corrección; en la segunda, el rebote.
Juegos de Invierno: del hielo al consumo y la imagen país
Mientras los mercados digieren datos y titulares, el mundo deportivo pondrá el foco en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026, cuyo cierre está previsto el 22 de febrero con una ceremonia en la Verona Arena a las 20:30 CET. Ese mismo día se disputarán finales tan mediáticas como el hockey masculino o el curling femenino.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Grandes eventos como los Juegos mueven miles de millones de euros en inversión en infraestructuras, patrocinios, derechos de televisión y turismo. Italia ha apostado por un modelo de reutilización de sedes y de contención de costes frente a las derivas presupuestarias de otras citas olímpicas, un enfoque que será analizado con lupa por instituciones internacionales y futuras ciudades candidatas.
El impacto económico se reparte en varios niveles. A corto plazo, el aumento del gasto turístico en Lombardía y el Véneto puede superar el 0,3% del PIB regional, con beneficios claros para hostelería, transporte y comercio minorista. A medio plazo, el efecto reputacional —“marca país”— puede traducirse en más inversiones, congresos y grandes eventos, un factor nada desdeñable en una Europa que compite por captar capital global.
Para los mercados, el cierre de la cita olímpica es también una metáfora: el ciclo de grandes acontecimientos pospandemia se consolida y refuerza la normalización de sectores como aviación, hoteles y ocio, que aún buscan recuperar plenamente los niveles de rentabilidad previos a 2020.