Irasorza: ¿Guerra total entre la OTAN y Rusia? Los puntos críticos que pueden desatar la escalada

Eduardo Irasorza advierte de que el riesgo ya no es solo Ucrania: Ormuz, el Mar Rojo, el Báltico y el Ártico estrechan el margen de error.

El mundo se ha quedado sin amortiguadores. Donde antes había crisis separadas, hoy hay frentes que se alimentan entre sí. La guerra de Ucrania se atasca, pero su onda expansiva crece: energía, rutas marítimas, rearme, propaganda y legitimidades en disputa. En paralelo, Washington vive una polarización que erosiona la autoridad estratégica, mientras Oriente Próximo impone su propia agenda. Y, por debajo del radar, el Báltico y el Ártico se consolidan como tableros de contacto directo entre Rusia y la OTAN. La escalada no necesita una gran decisión política: le basta un incidente, una mala lectura o una cadena de represalias.

El riesgo que todos nombran y nadie define

La pregunta sobre una “guerra total” entre la OTAN y Rusia suele formularse como si fuera un botón rojo. No lo es. El escenario más verosímil, como plantea Eduardo Irasorza, es la suma de pequeñas crisis mal gestionadas hasta cruzar un umbral. La arquitectura de disuasión funciona cuando hay canales, tiempos y objetivos claros. El problema es que hoy abundan los actores con incentivos distintos y una comunicación pública contaminada por propaganda, elecciones y necesidades domésticas. En ese caldo de cultivo, cualquier choque limitado —un dron, un misil “perdido”, un derribo accidental— puede convertirse en un pulso de credibilidad.

Washington polarizado, mando estratégico en disputa

Estados Unidos no ha perdido capacidad militar, pero sí cohesión política. La polarización convierte cada crisis exterior en munición interna, y eso degrada la señal que recibe el adversario. En ese contexto, Irasorza subraya una variable incómoda: la pérdida de iniciativa de Donald Trump frente a decisiones sobre el terreno que no controla del todo. La diplomacia norteamericana puede prometer contención, pero la dinámica electoral empuja a mensajes maximalistas. El resultado es una ambigüedad peligrosa: aliados que exigen garantías, rivales que prueban límites y un liderazgo que, por momentos, parece reaccionar más que dirigir.

Netanyahu y la lógica del hecho consumado

El conflicto de Israel añade una capa de volatilidad porque altera prioridades y consume atención estratégica. Cuando la guerra se convierte en política interna, la lógica pasa a ser la del hecho consumado: se actúa primero y se negocia después. Ese patrón eleva el riesgo de extensión regional y, por derivada, el de implicación indirecta de potencias mayores. En palabras del analista: “La escalada no llega anunciada; llega normalizada, tramo a tramo, hasta que un día la contabilidad de daños ya no permite bajar el tono sin pagar un precio político”. En ese marco, cada operación que tensan líneas rojas obliga a terceros a reposicionarse, incluso aunque no quieran.

Ormuz y Mar Rojo, el chantaje a la economía global

El estrecho de Ormuz y el Mar Rojo no son solo geografía: son termómetros del sistema. Por Ormuz transita en torno al 20% del petróleo mundial, y el eje Suez-Mar Rojo canaliza cerca del 12% del comercio global. Cuando la Guardia Revolucionaria Islámica amenaza y los hutíes hostigan, no hace falta cerrar la ruta para causar daño: basta con encarecerla. La consecuencia es inmediata en fletes, plazos y riesgo asegurado. La economía global, ya frágil por tipos altos y cadenas de suministro tensas, recibe un golpe adicional: más coste logístico, más volatilidad energética y más presión inflacionaria.

Aseguradoras y navieras: el indicador que nadie mira

El termómetro real no son los discursos, sino las pólizas. Cuando el seguro de guerra sube, el mercado está votando con dinero. En episodios de tensión sostenida, las primas pueden pasar de 0,2% a 1% del valor del cargamento en cuestión de semanas: un salto que multiplica costes y desplaza rutas. Muchas navieras eligen rodeos que añaden 10-15 días a los trayectos y consumen más combustible; el impacto termina en el precio final y en la disponibilidad. Lo más grave es el efecto dominó: si el transporte se encarece, los bancos endurecen condiciones, las empresas elevan inventarios y los gobiernos reabren subsidios. La geopolítica se filtra en la contabilidad.

Ucrania estancada y la ofensiva política de Moscú

El campo de batalla se ha vuelto de desgaste. Y cuando no hay avances decisivos, crece la guerra por la narrativa. Moscú, a través de Vladímir Putin y Serguéi Lavrov, insiste en cuestionar la legitimidad de Volodímir Zelenski para desgastar apoyos y sembrar dudas sobre cualquier negociación futura. No es un detalle retórico: es una herramienta para dividir a socios, alimentar fatiga y condicionar el “día después”. Europa, mientras, lidia con presupuestos de defensa que se empujan hacia el 2% del PIB y con una industria que tarda años en escalar producción. La ventana de riesgo se abre precisamente cuando todos creen que “nada cambia”.

Báltico y Ártico: el choque improbable que ya se ensaya

El mayor peligro de choque OTAN-Rusia no está donde suena la artillería, sino donde operan aviones, submarinos y sensores a centímetros del error. El Báltico concentra infraestructuras críticas —cables, gasoductos, puertos— y un historial de incidentes que pueden escalar por atribución dudosa. Y el Ártico, “la gran ruta del futuro”, añade una dimensión estructural: Rusia domina con una flota de rompehielos que supera la treintena, frente a capacidades occidentales mucho más limitadas. China mira esa autopista polar con interés comercial y estratégico. La combinación es explosiva: competencia por acceso, patrullas más frecuentes y un entorno donde un choque técnico puede convertirse en choque político.