El IRGC amenaza el 25% del petróleo que cruza Ormuz
La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase cualitativamente nueva. La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés) ha proclamado que continuará sus ataques en Oriente Medio «mientras Estados Unidos siga atacando a Irán» y ha amenazado con arrasar la infraestructura militar y económica de toda la región, según recogieron medios como Al Arabiya y agencias internacionales.
El mensaje llega en el quinto día de bombardeos masivos sobre territorio iraní y ataques cruzados contra bases estadounidenses y objetivos aliados en el Golfo. El balance supera ya el millar de muertos en Irán, con víctimas adicionales en Líbano, Israel y entre las tropas norteamericanas desplegadas en la región, mientras el aparato de seguridad iraní sufre un daño sin precedentes.
El último comunicado de la Guardia Revolucionaria supone un salto cualitativo. No se limita a anunciar represalias puntuales contra bases estadounidenses o israelíes: el IRGC proclama que seguirá atacando «por todo Oriente Medio» mientras continúen los bombardeos sobre Irán y advierte de que puede “destruir la infraestructura militar y económica de la región”.
En paralelo, fuentes recogidas en medios económicos internacionales resumen la advertencia en una frase demoledora: «Golpearemos todos los centros económicos de Oriente Medio si continúan los ataques de EEUU e Israel». No es solo retórica. En los últimos días, Irán ha lanzado misiles y drones contra objetivos en Bahréin, Kuwait e Israel, ha atacado puertos de Emiratos y ha extendido sus golpes a Irak y a la región del Kurdistán, dañando infraestructuras energéticas y de transporte.
Este hecho revela un cambio de lógica: la economía se convierte en campo de batalla prioritario. Cada refinería, cada terminal de gas, cada puerto logístico o base aérea utilizada por la coalición pasa a ser un objetivo potencial. La amenaza no solo constriñe a Washington; pone contra las cuerdas a los aliados regionales que llevan años invirtiendo miles de millones en diversificar su economía y abrirse al capital extranjero. La pregunta que sobrevuela los mercados es evidente: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el IRGC sin provocar un colapso que también arrastraría a Irán?
El estrecho que mueve una cuarta parte del petróleo mundial
Si el IRGC quiere golpear donde más duele, el estrecho de Ormuz es el punto neurálgico. Este corredor de apenas 40 kilómetros de ancho en su parte más estrecha canaliza entre una cuarta parte y casi un tercio del petróleo que se transporta por mar y alrededor del 20% del comercio mundial de GNL, según la Agencia de Información Energética de EEUU y otros organismos.
Los últimos partes hablan de un desplome del tráfico: solo siete buques habrían cruzado el estrecho en una de las jornadas más tensas, mientras más de 150 petroleros y metaneros permanecen fondeados en espera de escolta o de una rebaja en las amenazas. A ellos se suman miles de cargueros atrapados en el Golfo Pérsico, hasta 3.200 buques afectados en toda la región cuando se incluyen rutas hacia el mar Rojo y el Índico.
El diagnóstico es inequívoco: si Ormuz se cierra de facto, no existe una infraestructura alternativa capaz de absorber el flujo. Los oleoductos que evitan el estrecho apenas pueden desviar una fracción de los 20 millones de barriles diarios que salen del Golfo. El espacio de maniobra se reduce a redistribuir cargamentos, quemar reservas estratégicas y aceptar precios más altos. Para países importadores netos como España, el riesgo no es tanto el desabastecimiento inmediato como una escalada de costes que erosione la competitividad de la industria y dispare la factura energética de hogares y empresas.
Mercados energéticos al límite: del barril disparado a la logística rota
La primera reacción se ve en las pantallas de los traders. El Brent ha saltado ya más de un 15%, y distintas casas de análisis empiezan a trabajar con escenarios de barril por encima de los 120 dólares si el bloqueo de Ormuz se prolonga. Algunas voces en Washington y en el Golfo no descartan incluso picos en torno a los 200 dólares en un escenario extremo, como sugirieron fuentes próximas al despliegue naval estadounidense.
La consecuencia es clara: cada tramo adicional de 10 dólares encarece la factura energética europea en miles de millones y añade varias décimas de inflación a la zona euro, justo cuando el BCE intenta consolidar la desescalada de precios. Si a ese shock se suma la volatilidad en el mercado del gas —con Qatar como gran proveedor de GNL que también depende de Ormuz—, el riesgo de una nueva crisis energética en Europa deja de ser un escenario teórico.
Pero la guerra va mucho más allá del crudo. Las restricciones en el Golfo y el desvío de rutas por el cabo de Buena Esperanza están disparando las tarifas de los grandes petroleros y portacontenedores. Los fletes diarios de los superpetroleros hacia Asia han superado los 424.000 dólares, según fuentes del sector, mientras las navieras aplican recargos por “zona de guerra” y extienden los plazos de entrega en varias semanas. Medicamentos fabricados en India, componentes electrónicos y fertilizantes producidos en el Golfo se suman a la lista de suministros en riesgo, reabriendo viejos temores de cuellos de botella globales.
Golpe a las infraestructuras críticas: puertos, refinerías y bases aliadas
La estrategia iraní no se limita a cerrar el grifo del estrecho. Los ataques de los últimos días han alcanzado puertos estratégicos en Emiratos, instalaciones energéticas en Irak y objetivos militares y logísticos en Bahréin y Kuwait. En la práctica, se está poniendo a prueba la resiliencia de toda la red de infraestructura crítica que sostiene la economía del Golfo.
Un ejemplo ilustrativo es el cierre preventivo del campo de gas de Khor Mor, en el Kurdistán iraquí, que ha dejado sin suministro a centrales eléctricas regionales y provocado apagones en plena ola de calor. De igual modo, los incendios en terminales portuarias del Golfo y los daños en instalaciones de almacenamiento obligan a interrumpir operaciones y a redirigir cargamentos a puertos secundarios con menor capacidad.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa dedica miles de millones a reforzar interconexiones eléctricas y gasistas internas, buena parte de las infraestructuras críticas del Golfo sigue altamente concentrada en pocos puntos y expuesta a ataques de precisión. La amenaza del IRGC revela hasta qué punto el corazón energético del planeta siguió operando con un nivel de riesgo estructural subestimado durante décadas, al abrigo del paraguas militar estadounidense.
Europa y España: la factura de una guerra lejana
En Bruselas y en las capitales europeas, la declaración de la Guardia Revolucionaria se lee en clave económica tanto como geopolítica. Tras el corte del gas ruso por la invasión de Ucrania, la UE ha incrementado de forma notable sus compras de crudo y GNL a productores del Golfo. La guerra en Ormuz golpea precisamente ese eje de sustitución.
España, con un sistema gasista muy interconectado y seis plantas regasificadoras, ha jugado en los últimos años el papel de puerta de entrada de GNL para la UE. Pero buena parte de ese gas procede, directa o indirectamente, de Qatar y otros productores que dependen del estrecho. El resultado probable de un bloqueo prolongado es un encarecimiento sostenido de las importaciones energéticas, un repunte de la inflación subyacente y una presión añadida sobre la balanza comercial.
Además, empresas españolas de energía, construcción, ingeniería y servicios financieros tienen presencia en distintos países del Golfo. La combinación de riesgo político, ataques sobre infraestructuras y volatilidad de divisas puede obligar a revisar planes de inversión, provisionar pérdidas y replantear estrategias de expansión. Lo más preocupante para los mercados es que esta vez el shock no llega tras un ciclo de bonanza, sino en un contexto de altos tipos de interés, deuda pública elevada y márgenes fiscales muy limitados.