Israel advierte: más de 1.000 misiles iraníes siguen amenazando su seguridad

Israel Foto de Aaron Ovadia en Unsplash

La campaña aérea de junio golpeó lanzaderas, radares y centros militares iraníes, pero no borró una amenaza estratégica que Israel considera todavía intacta en lo esencial.

La guerra de 12 días entre Israel e Irán dejó una conclusión incómoda para la región: destruir parte del aparato de lanzamiento no equivale a neutralizar el riesgo. Ese es, en esencia, el mensaje que el Estado hebreo trasladó durante y después de la ofensiva iniciada el 13 de junio de 2025, cuando justificó sus ataques por la combinación de programa nuclear, capacidad balística y una amenaza que describió como existencial. Lo más grave es que, aun tras días de bombardeos, la discusión dejó de ser si Irán podía golpear y pasó a centrarse en cuánto daño residual seguía siendo capaz de infligir.

En ese punto emerge la cifra que más inquieta a Israel: más de 1.000 misiles todavía potencialmente relevantes dentro del inventario iraní, según estimaciones y lecturas de inteligencia recogidas por distintos analistas tras el conflicto.

El origen de la alarma

Israel presentó su ofensiva de junio como una operación preventiva contra una amenaza acumulada durante años. Un alto oficial militar sostuvo entonces que Irán disponía de material suficiente para 15 bombas nucleares, y añadió que el otro pilar del riesgo eran los “millares de misiles balísticos” que seguía acumulando la república islámica. Conviene subrayarlo: esa cifra formó parte de la argumentación israelí para lanzar la campaña y no constituye, por sí sola, una verificación independiente del estado exacto del arsenal. Pero revela con nitidez el marco mental de Jerusalén: el problema no era solo atómico, sino también industrial, logístico y balístico.

Ese enfoque encaja con la fotografía estratégica de largo plazo. El proyecto Missile Threat de CSIS define a Irán como el país con el arsenal de misiles más grande y diverso de Oriente Medio, con miles de misiles balísticos y de crucero y años de inversión en alcance, precisión y letalidad. Este hecho revela algo esencial: incluso cuando una campaña aérea degrada radares, depósitos o lanzaderas, la amenaza no desaparece de un plumazo porque descansa sobre una infraestructura distribuida, redundante y preparada para absorber pérdidas. El contraste con otras potencias regionales resulta demoledor. Pocas tienen tanta profundidad de inventario.

Golpes visibles, capacidad incompleta

Israel sí logró resultados tangibles. El portavoz militar Effie Defrin aseguró en plena campaña que la Fuerza Aérea había destruido más de 120 lanzaderas, aproximadamente un tercio del total iraní. Días después, el Ejército informó de una nueva oleada con 30 aviones de combate y más de 50 municiones sobre la zona de Ahvaz, donde dijo haber golpeado radares y lugares de almacenamiento de lanzamisiles usados contra territorio israelí. En términos operativos, no fue una demostración menor: el objetivo era reducir el ritmo de fuego y obligar a Irán a disparar desde posiciones más lejanas, más expuestas o menos eficientes.

Sin embargo, destruir lanzaderas no equivale a eliminar existencias, y destruir existencias no equivale a paralizar producción o dispersión. Ahí reside la dificultad. CSIS advirtió en junio de 2025 de que, pese a estimaciones que situaban el inventario total iraní en torno a 3.000 misiles balísticos, la cantidad realmente disponible para una campaña directa contra Israel podía ser menor por razones de alcance, preparación y reserva estratégica. Aun así, el margen seguía siendo lo bastante amplio como para sostener salvas sucesivas. El diagnóstico es inequívoco: la campaña israelí redujo capacidad, pero no la anuló.

Los números que sostienen la amenaza

La cifra de más de 1.000 misiles no surge de la nada. Iran Watch recoge que, al cierre de la guerra de junio, responsables israelíes situaban el arsenal remanente iraní en torno a 1.500 misiles y unas 200 lanzaderas. No se trata de una contabilidad perfecta ni de un dato verificado por observadores neutrales sobre el terreno, pero sí de una señal poderosa del temor israelí: incluso tras una campaña que presumió de éxitos tácticos, la masa crítica del arsenal iraní seguía siendo suficientemente grande como para condicionar decisiones militares, presupuestarias y diplomáticas.

Eso explica por qué el lenguaje oficial israelí nunca habló de una victoria definitiva sobre la amenaza balística. Habló de degradación, de contención y de reducción del daño. La diferencia semántica importa. Porque si el enemigo conserva centenares largos o más de un millar de vectores y capacidad de reconstitución, la guerra deja de ser un episodio y pasa a convertirse en una carrera de producción. Lo que viene después ya no depende solo de pilotos y radares, sino de fábricas, cadenas de suministro y contratos de defensa.

La defensa funciona, pero se agota

Israel exhibió resultados de defensa aérea que, sobre el papel, impresionan. El Ministerio de Defensa informó el 1 de julio de 2025 de que el 86% de los misiles balísticos lanzados desde Irán hacia territorio israelí fueron interceptados y aseguró que los sistemas evitaron un nivel de daños siete veces superior al finalmente sufrido. Son cifras relevantes, pero también contienen una advertencia implícita: si la protección tuvo que emplearse a esa escala en apenas doce días, la presión sobre los inventarios de interceptores es necesariamente enorme.

De ahí que, solo unas semanas después, el Ministerio de Defensa e Israel Aerospace Industries firmaran un contrato para acelerar de forma significativa la producción en serie de interceptores Arrow. “La guerra actual ha puesto de relieve la necesidad crítica de ampliar la capacidad de producción”, señaló la industria en el anuncio del acuerdo. Paralelamente, CSIS alertó a finales de 2025 del agotamiento de inventarios de interceptores en conflictos recientes y del reto industrial que supone reponerlos con rapidez. La conclusión no puede ser más cruda: defenderse también cuesta tiempo, y el tiempo es un lujo escaso cuando el adversario conserva profundidad de arsenal.

El mercado ya ha emitido su veredicto

La dimensión económica de esta amenaza es inmediata. El 13 de junio de 2025, tras el inicio de los ataques israelíes, el crudo reaccionó con fuerza: Bloomberg registró un salto superior al 7% y la AIE constató que el Brent repuntó en torno a 5 dólares por barril, hasta los 74 dólares, en un mercado ya condicionado por el riesgo geopolítico. Otros análisis situaron el rango de reacción entre el 8% y el 13%, con el Brent moviéndose entre 75 y 78 dólares. Es decir, bastó la percepción de una guerra abierta entre Israel e Irán para recalcular inflación, transporte y coste energético global.

Lo más inquietante es que el mercado no reaccionó a una destrucción masiva del suministro, sino a la posibilidad de que el conflicto derivara hacia infraestructuras energéticas o hacia el estrecho de Ormuz. Esa es la verdadera dimensión de la amenaza balística iraní: no solo pone en jaque a Israel, sino que actúa como multiplicador del riesgo económico internacional. Un arsenal que sigue contando por centenares o millares no solo condiciona la defensa civil; también encarece seguros, tensiona rutas comerciales y reabre el fantasma inflacionista.

Lecciones de una guerra demasiado corta

La guerra apenas duró 12 días, del 13 al 24 de junio de 2025, pero dejó balances lo bastante severos como para desmontar cualquier tentación de trivializar el riesgo. Según un recuento visual de Al Jazeera, al menos 610 personas murieron en Irán y 28 en Israel; CSIS, por su parte, estimó que Teherán llegó a lanzar en ese periodo alrededor de 550 misiles balísticos y más de 1.000 drones. La cifra es importante por sí misma, pero lo es aún más por lo que anticipa: en un choque breve ya se consumieron volúmenes de munición y defensas que en otros teatros se miden en meses.

Ese precedente explica la obsesión israelí con la amenaza remanente. Si en menos de dos semanas el sistema defensivo necesitó semejante esfuerzo, una confrontación más larga obligaría a elegir entre protegerlo todo o proteger lo esencial. Ahí aparece el auténtico poder del misil balístico moderno: no solo destruye cuando impacta, sino cuando obliga al adversario a sobregastar, a racionar y a rehacer su arquitectura defensiva bajo presión. La consecuencia estratégica es devastadora incluso cuando la interceptación funciona.