Israel dinamita un túnel de 800 metros y tensa la tregua
El Ejército atribuye la galería a la Yihad Islámica y promete neutralizar “cualquier amenaza” en el sur de Gaza.
800 metros de túnel bajo Gaza. Israel dice haberlo demolido en el sur. Era dormitorio y almacén de armas. Y lo hace, sostiene, dentro del alto el fuego.
Un corredor subterráneo con función logística
La actualización militar israelí presenta la demolición como una operación quirúrgica contra infraestructura “terrorista” y subraya el uso dual del conducto: zona de descanso y almacén de material. Este detalle no es menor. En la guerra de Gaza, la utilidad del túnel no se mide solo por su longitud, sino por su capacidad de sostener presencia permanente: rotación de combatientes, ocultación de munición y resiliencia ante la vigilancia aérea. El precedente ilustra la escala del desafío: en diciembre de 2023 se informó del hallazgo de una galería de cuatro kilómetros y hasta 50 metros de profundidad, diseñada para mover activos y mantener comunicaciones bajo tierra. El contraste revela una realidad incómoda: destruir una estructura concreta no equivale a desactivar el sistema.
La Línea Amarilla y la ambigüedad del alto el fuego
La clave política está en el perímetro. El IDF insiste en que opera “de acuerdo” con el alto el fuego y desde una línea defensiva pactada —la llamada Línea Amarilla—, con una reducción notable del despliegue y “solo” tres divisiones aún sobre el terreno. La letra pequeña, sin embargo, es explosiva: el trazado de esa línea abarca en torno al 53% del territorio de la Franja, gran parte fuera de áreas urbanas, y se ha intentado señalizar físicamente para evitar cruces y “malentendidos”. En la práctica, cualquier actividad de ingeniería cerca de ese límite se convierte en termómetro de la tregua: una operación puede leerse como prevención o como presión.
La economía del subsuelo: toneladas desviadas y coste de oportunidad
Bajo el relato militar late un dato material: construir túneles exige recursos escasos en un enclave asfixiado. Según información difundida por el propio Ejército israelí y recogida por medios locales, la red subterránea se levantó con más de 6.000 toneladas de hormigón y 1.800 toneladas de acero, con un coste de decenas de millones de dólares. Esa cifra condensa el dilema de fondo: cada saco de cemento enterrado es un saco que no va a vivienda, saneamiento o infraestructuras civiles. Lo más grave es que el túnel no es un “capricho” táctico; es una inversión estratégica que protege mandos, esconde arsenales y permite reconstituir capacidades tras cada tregua. La consecuencia es clara: la reconstrucción se negocia también en toneladas.
Yihad Islámica: actor autónomo, incentivo propio
Que Israel atribuya el túnel a la Yihad Islámica Palestina no es un matiz burocrático. Este grupo opera con lógica propia y, aunque comparte espacio con Hamás, compite por prestigio interno, arsenal y patrocinio externo. Fuentes estadounidenses de referencia en contraterrorismo señalan que es el segundo grupo militante más grande en Gaza y Cisjordania y que recibe apoyo de Irán y de Hizbulá. Ese respaldo tiene implicaciones directas: financiación, transferencia de know-how y una relación más estrecha con la agenda regional de Teherán. En ese marco, la infraestructura subterránea no solo sirve para resistir a Israel: sirve para sobrevivir políticamente a la posguerra, cuando el control del territorio pueda fragmentarse y cada facción quiera conservar su “Estado bajo tierra”.
Un alto el fuego con episodios de túnel y fuego
La tregua se sostiene sobre un equilibrio frágil y, a ratos, teatral: ambos lados se acusan de violaciones y cada incidente se convierte en munición diplomática. En octubre de 2025, el propio IDF describió ataques con misil anticarro y francotiradores mientras vehículos de ingenieros trabajaban en Rafah para “desmantelar infraestructura” dentro del acuerdo. En paralelo, medios israelíes documentaron episodios en los que operativos salieron de túneles y abrieron fuego contra tropas en Rafah y Khan Younis, alimentando la tesis de que la red subterránea permite golpear incluso en fase de cese de hostilidades. De ahí la consigna repetida: “eliminar cualquier amenaza”. «Seguiremos actuando para retirar cualquier amenaza inmediata», insiste el mensaje.
Reconstrucción condicionada: el subsuelo manda sobre el dinero
La demolición del túnel no es solo un parte de guerra: es una advertencia sobre la reconstrucción. Israel vincula el retorno de inversiones y la normalización a la desmilitarización efectiva, y dirigentes israelíes han explicitado que no aceptarán reconstrucción “antes” de ese objetivo. En la práctica, eso introduce una variable económica devastadora: donantes y organismos multilaterales pueden exigir garantías de que la ayuda no termina convertida en cemento subterráneo; y, al mismo tiempo, ninguna arquitectura de seguridad será creíble si el “metro” de Gaza se mantiene operativo. Informes académicos israelíes han estimado que, al inicio de la guerra, el entramado podía alcanzar 500–600 kilómetros. El diagnóstico es inequívoco: mientras exista esa escala, cada anuncio de destrucción será noticia… y ninguna será definitiva.