Israel ataca los arsenales de Hezbolá y eleva la presión
La nueva ofensiva israelí sobre Líbano agrava una guerra de desgaste que ya desborda el plano militar y amenaza con arrastrar a toda la región a una fase más inestable.
El último golpe aéreo del Ejército israelí sobre infraestructura y depósitos de armas de Hezbolá en Líbano no es un episodio aislado, sino un nuevo peldaño en una escalada que ha dejado de medirse sólo en objetivos militares. También se mide en desplazados, en ciudades vaciadas y en un equilibrio regional cada vez más frágil. Israel sostiene que actuó con armamento de precisión y vigilancia aérea para reducir el daño a civiles; Hezbolá, por su parte, mantiene abierta una presión sostenida sobre el frente norte.
Golpear la retaguardia
Israel presentó el ataque de este lunes como una operación dirigida contra depósitos de armas e infraestructuras operativas de Hezbolá. El mensaje no es menor. Atacar la retaguardia logística del grupo chií implica asumir que la prioridad ya no es sólo responder al fuego, sino degradar su capacidad de sostener una campaña prolongada. En oleadas recientes, las Fuerzas de Defensa de Israel han asegurado haber alcanzado docenas de instalaciones en apenas 24 horas, incluidos almacenes de armamento, puestos de mando, posiciones anticarro y zonas de lanzamiento. En otra fase de la ofensiva, el propio Ejército israelí afirmó haber golpeado más de 70 depósitos, lanzaderas y emplazamientos en el sur de Líbano. La consecuencia es clara: la guerra entra en una etapa de desgaste industrial, donde importa tanto destruir munición como desorganizar la cadena de reposición.
Objetivos entre civiles
La justificación oficial de Israel se apoya en una tesis repetida desde hace años: Hezbolá ocultaría parte de su infraestructura militar entre la población civil. En ese marco, el Ejército israelí insistió en que usó munición de precisión, observación aérea e inteligencia previa para “reducir el daño” a los no combatientes. “La organización terrorista Hezbolá opera desde el interior de la población civil en Líbano y la explota cínicamente”, sostuvo el comunicado militar. Sin embargo, sobre el terreno esa distinción rara vez resiste intacta. En campañas anteriores y en la actual, barrios densamente habitados, carreteras de salida y áreas residenciales han quedado bajo presión constante. El problema no es sólo humanitario. También es político. Cada ataque sobre un objetivo incrustado en tejido urbano ensancha el margen para el error, alimenta la narrativa de victimización y multiplica el coste diplomático de la operación israelí, incluso cuando la diana inicial sea militar.
Un frente que se ensancha
Lo que ocurre en el sur de Líbano ya no puede leerse únicamente como una fricción bilateral. Hezbolá decidió implicarse en la dinámica regional abierta entre Israel e Irán, y ese movimiento ha transformado la frontera libanesa en un segundo frente de gran sensibilidad. Según AP, la actual reactivación militar llegó después de que Hezbolá lanzara misiles y drones hacia el norte de Israel, lo que desencadenó una respuesta aérea a gran escala. Desde entonces, el intercambio ha dejado una pauta reconocible: golpe, réplica, advertencia, nueva oleada. El contraste con otras crisis regionales resulta demoledor. Aquí no hay un mecanismo de descompresión estable, sino una acumulación de señales militares que empujan hacia delante. Israel, además, ha dejado “todas las opciones sobre la mesa”, incluida una eventual operación terrestre más profunda. Cuando esa frase aparece en boca del mando militar, el diagnóstico es inequívoco: la posibilidad de una ampliación del conflicto deja de ser retórica y empieza a ser planificación.
Beirut, otra vez al límite
La dimensión más reveladora de esta crisis está lejos del parte militar. Está en Beirut. AP describe una capital desbordada por más de 1 millón de desplazados procedentes del sur, del este del país y de los suburbios meridionales, una cifra que da la medida del colapso social incubado en pocas semanas. Las órdenes de evacuación israelíes han llegado a cubrir en torno al 15% del territorio de este pequeño país, vaciando pueblos enteros y empujando a miles de familias a escuelas, mezquitas, tiendas improvisadas y coches aparcados en convoy. Ese dato cambia la naturaleza de la guerra. Ya no se trata sólo de si Israel destruye arsenales o de si Hezbolá conserva capacidad de ataque. Se trata de si Líbano puede absorber otra sacudida sistémica cuando su economía, su red institucional y su cohesión interna llevan años al límite. Lo más grave es que una crisis humanitaria de esta escala tiende a consolidarse mucho más deprisa de lo que luego puede deshacerse.
La factura inmediata
Los precedentes más cercanos muestran hasta qué punto la escalada tiene un coste rápido y visible. En una de las oleadas más intensas de comienzos de marzo, el Ministerio de Salud libanés reportó 52 muertos y 154 heridos en ataques nocturnos sobre los suburbios de Beirut y el sur del país. El Ejército israelí aseguró entonces haber golpeado más de 70 instalaciones vinculadas a Hezbolá. Días después, el propio Israel afirmó haber eliminado más de 40 combatientes en 24 horas, mientras seguía atacando depósitos de armas y posiciones de lanzamiento. Estas cifras no son sólo balances parciales. Son indicadores de ritmo operativo. Muestran una cadencia de combate sostenida, con capacidad de Israel para atacar en profundidad y voluntad de Hezbolá para mantener la confrontación. La consecuencia es clara: cada nueva incursión ya no se valora como una excepción, sino como parte de una campaña con continuidad. Y cuando la continuidad se instala, el margen para la diplomacia se estrecha casi siempre más rápido que el margen para la destrucción.
El giro político en Líbano
Hay otro dato que nadie en la región pasa por alto: el endurecimiento del discurso oficial libanés contra Hezbolá. Según AP, el Gobierno llegó a calificar de ilegales las actividades militares del grupo y reclamó que la decisión sobre la guerra y la paz recaiga exclusivamente en el Estado. Es un cambio de enorme importancia, no tanto porque altere de inmediato el equilibrio de poder interno, sino porque revela hasta qué punto parte de la clase dirigente considera que Hezbolá ha arrastrado al país a una confrontación que Líbano no puede permitirse. El problema es que ese reproche político convive con una realidad mucho más áspera: el Estado libanés carece hoy de fuerza suficiente para imponer una desmilitarización efectiva. Este hecho revela la gran paradoja del conflicto. Hezbolá puede ser criticado por el poder formal, pero sigue operando como un actor armado con capacidad autónoma. Y mientras esa dualidad persista, cualquier alto el fuego será, en el mejor de los casos, provisional.