Israel liquida al jefe de Inteligencia de Hezbolá y tensa Líbano
El Ejército israelí asegura haber matado en un bombardeo sobre Beirut a Hussein Makled, el hombre que, según sus propios servicios, ejercía como jefe del cuartel general de Inteligencia de Hezbolá. La operación se enmarca en una escalada que ya ha roto la frágil tregua en la frontera norte israelí y que coincide con los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Irán. El impacto estratégico es evidente: se trata de un nuevo golpe contra la estructura de mando de la milicia chií, ya descabezada tras la muerte de Hassan Nasrallah en 2024. Pero, al mismo tiempo, profundiza el riesgo de arrastrar a Líbano a otra guerra a gran escala, con miles de civiles atrapados entre la artillería cruzada, y añade capas de incertidumbre a unos mercados energéticos que ya reaccionan con fuertes subidas del crudo.
Según el comunicado del Israel Defense Forces (IDF), la aviación atacó anoche un objetivo en la capital libanesa y, tras verificar los resultados, concluyó que entre los muertos se encuentra Hussein Makled, descrito como responsable del cuartel general de Inteligencia de Hezbolá. Este puesto le situaría en el corazón del sistema de mando y control de la organización, encargado tanto de la obtención de información como de la planificación de operaciones encubiertas y ataques de precisión.
La Inteligencia de Hezbolá no opera solo en el frente libanés. Coordina información con otras milicias aliadas de Irán, desde Siria hasta Irak, y mantiene canales con los servicios iraníes. La eliminación de su máximo responsable supone, en teoría, un golpe directo a esa red regional, especialmente sensible en plena guerra abierta con Teherán.
El IDF no ha ofrecido por ahora detalles sobre el tipo de munición empleada ni sobre el balance total de víctimas. Tampoco hay confirmación oficial inmediata por parte de Hezbolá, que suele tomarse horas o días antes de admitir la muerte de un dirigente de alto nivel. En la guerra de narrativas, ese silencio forma parte de la batalla: retrasar la confirmación es una manera de ganar tiempo para reorganizar cadenas de mando y preparar la respuesta.
La operación en Beirut y sus primeras consecuencias
El bombardeo tuvo lugar en Beirut, previsiblemente en la zona sur de la ciudad, donde la milicia mantiene buena parte de sus infraestructuras políticas y militares incrustadas en barrios densamente poblados. Se trata de áreas como Haret Hreik o Dahieh, epicentro tradicional de los ataques israelíes cuando el objetivo es la estructura de Hezbolá y donde en otras ocasiones edificios residenciales enteros han colapsado tras impactos similares.
En los últimos días, los ataques aéreos sobre la capital y el valle de la Bekaa han dejado al menos 31 muertos y 149 heridos, según recuentos de autoridades libanesas citados por medios internacionales, después de que Hezbolá lanzara misiles y drones contra territorio israelí en respuesta a la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei. La operación que habría acabado con Makled se inserta en ese mismo ciclo de represalias y contraataques.
El patrón recuerda a otros episodios: primero, evacuaciones masivas en barrios marcados por Israel como “zonas de operaciones”; después, ataques de alta precisión sobre objetivos de mando y, finalmente, daños colaterales sobre civiles y servicios básicos. La infraestructura urbana de Beirut, ya castigada por la crisis económica y la explosión del puerto en 2020, vuelve a ser escenario de una guerra que no controla. Y el margen de maniobra del Gobierno libanés, políticamente débil y financieramente exhausto, es mínimo.
Un golpe más en la campaña contra los aliados de Irán
La muerte de Makled llega tras casi dos años de una estrategia sistemática de “decapitación” de mandos de las organizaciones aliadas de Irán. En septiembre de 2024, un bombardeo masivo sobre un búnker a 20 metros bajo tierra en Beirut acabó con la vida de Hassan Nasrallah, entonces secretario general de Hezbolá, y de buena parte de su Estado Mayor.
Antes y después de aquella operación, Israel ha ido eliminando sucesivamente comandos de la fuerza Radwan, jefes de operaciones y responsables de logística y finanzas, además de líderes de Hamás en Gaza y en el exterior. El objetivo declarado es degradar la capacidad de mando y coordinación de estas organizaciones hasta hacerlas inoperantes en una guerra prolongada.
Sin embargo, la experiencia histórica muestra que estos golpes tienen efectos mixtos. A corto plazo, desorientan, ralentizan la respuesta y generan desconfianza interna, al introducir la sospecha de infiltraciones en los niveles más altos. Pero, a medio plazo, permiten el ascenso de cuadros más jóvenes, a menudo más radicalizados, y refuerzan el relato de resistencia frente a un enemigo tecnológicamente muy superior.
El diagnóstico es inequívoco: Israel está intentando reconfigurar el mapa militar de la región a base de ataques selectivos contra las cabezas de sus enemigos. La incógnita es si esa estrategia reducirá la violencia o, por el contrario, consolidará un conflicto crónico de baja y media intensidad.
El riesgo de una guerra total en Líbano
La eliminación de un cargo de este nivel complica aún más la situación en la frontera norte de Israel, donde el fuego cruzado con Hezbolá ha puesto fin a una tregua ya muy frágil. Tras la entrada formal de la milicia libanesa en la guerra, con ataques de cohetes y drones sobre el norte israelí, el Gobierno de Jerusalén ha autorizado una respuesta mucho más amplia, que incluye bombardeos en profundidad sobre Líbano y la movilización de cerca de 100.000 reservistas para un eventual escenario terrestre.
El primer ministro libanés ha calificado de “irresponsables” los ataques de Hezbolá y ha insistido en que no se trata de decisiones del Estado libanés, consciente de que el país no está en condiciones de soportar una guerra como la de 2006 ni una repetición de la devastación vivida en 2024. Pero, en la práctica, el Gobierno de Beirut tiene poco control real sobre la milicia.
La población civil paga el precio: decenas de localidades del sur han sido evacuadas, centenares de miles de personas huyen hacia el interior y las ONG advierten de un posible colapso de los servicios básicos si la ofensiva se prolonga. El contraste con la relativa calma de hace apenas unos meses resulta demoledor: el país ha pasado de gestionar una crisis económica “ordinaria” a enfrentarse a una posible destrucción de infraestructuras clave justo cuando empezaba a recuperar tímidamente parte de la confianza inversora.
Impacto inmediato en los mercados energéticos y de riesgo
La muerte de Makled y el giro de Hezbolá hacia la confrontación abierta se producen en paralelo a una escalada sin precedentes entre Israel e Irán, que ha incluido ataques directos a infraestructura estratégica y ha afectado de lleno al Estrecho de Ormuz, por donde circula en torno al 20% del petróleo mundial.
Los mercados reaccionan con la lógica implacable del miedo: el barril de Brent ha llegado a dispararse hasta un 13%, superando los 82 dólares, mientras el gas europeo registra subidas de entre 25% y 28% en pocas horas y los principales índices bursátiles del continente ceden entre un 1% y un 2,4%. Las compañías energéticas y de defensa suben con fuerza; aerolíneas, turismo y banca sufren caídas significativas.
Más allá de la volatilidad inmediata, los analistas empiezan a descontar un escenario en el que el crudo se mantenga por encima de los 80 dólares durante meses, con la posibilidad de acercarse a los 100 dólares si el bloqueo de rutas marítimas se intensifica. Para Europa, que aún no ha digerido del todo el shock energético de 2022, el mensaje es inquietante: nueva presión al alza sobre la inflación, riesgo de retraso en las bajadas de tipos y un golpe directo a sectores intensivos en energía como la industria química, metalúrgica o el transporte.