Israel liquida los últimos F-14 iraníes en Isfahán

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Israel asegura haber destruido cazas históricos y sistemas de defensa aérea clave en pleno centro del país.

 

La destrucción de parte de la exótica flota de F-14 Tomcat iraníes en el aeropuerto de Isfahán ha llevado la guerra entre Israel e Irán a un nuevo umbral. Según las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF), la operación formó parte de una “amplia ola de ataques aéreos” dirigida contra compuestos donde se almacenaban estos aparatos y contra sistemas de detección y defensa aérea en el corazón del país.

En paralelo, el Ejército hebreo asegura haber “desmantelado” 16 aeronaves vinculadas a la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) en el aeropuerto de Mehrabad, en Teherán, uno de los principales nodos logísticos del aparato militar iraní.

El movimiento encaja en una estrategia más amplia: dominar el espacio aéreo iraní reduciendo al mínimo su capacidad de interceptación y de proyección regional. La consecuencia es clara: el conflicto ya no se libra solo en los cielos de Gaza o el Líbano, sino sobre la propia infraestructura militar iraní y en plena escalada con impacto directo en los mercados energéticos.

Un golpe quirúrgico en Isfahán

El parte difundido por las IDF describe un ataque concentrado contra “compuestos donde se almacenaban cazas F-14 del régimen terrorista iraní” en el aeropuerto de Isfahán, en el centro del país. Aunque no se ha precisado el número exacto de aparatos destruidos, fuentes militares occidentales llevan meses apuntando a que Irán apenas conservaba una decena de F-14 operativos antes del inicio de la guerra abierta con Israel y Estados Unidos.

Isfahán no es una base cualquiera: alberga instalaciones clave de la Fuerza Aérea iraní y está cerca de infraestructuras nucleares sensibles. Ya fue objetivo de ataques israelíes en 2024 y 2025, centrados entonces en radares y baterías antiaéreas que protegían la zona de Natanz. Esta vez, el foco se ha desplazado a los medios de interceptación aérea, lo que sugiere un salto cualitativo en la campaña de degradación de la defensa iraní.

Teherán, por ahora, guarda silencio sobre el alcance exacto de los daños en Isfahán. La experiencia de ataques anteriores muestra un patrón: minimizar la destrucción y presentar los impactos como “limitados” o centrados en equipos obsoletos. Sin embargo, el hecho de que los propios medios estatales hayan admitido el bombardeo de Mehrabad en días previos indica que el nivel de presión sobre la infraestructura militar es ya difícil de ocultar.

Los ‘Persian Tomcats’, un activo simbólico

Los F-14 Tomcat son mucho más que un sistema de armas. Irán adquirió 79 unidades de este caza estadounidense en los años setenta, cuando aún era aliado de Washington. Tras la Revolución Islámica y las sanciones, se convirtieron en un símbolo de resistencia tecnológica: el país mantuvo volando un pequeño número gracias a la canibalización de piezas, la ingeniería inversa y un mercado negro muy activo.

En la práctica, el número de aparatos realmente operativos se había reducido a entre 10 y 20, según distintas estimaciones abiertas. La campaña israelí de 2025 ya había destruido al menos cinco F-14 en ataques anteriores contra Isfahán y Teherán, elevando la presión sobre una flota al borde de la obsolescencia.

Lo más grave, desde el punto de vista iraní, es la pérdida de su valor estratégico como “mini-AWACS”: cazas capaces de extender el alcance de los radares terrestres y complicar la planificación de incursiones enemigas. La eliminación de cada aparato no solo reduce el número de aviones disponibles; erosiona una arquitectura de defensa aérea ya tensionada por décadas de sanciones y falta de repuestos.

En términos de moral interna, el golpe es doble. Se apaga uno de los iconos más reconocibles de la Fuerza Aérea iraní y se proyecta la imagen de que Israel puede atacar, repetidamente, activos de alto valor en el interior del país.

Control del cielo y guerra de sensores

El comunicado israelí subraya que, además de los cazas, el ataque en Isfahán se dirigió contra sistemas de detección y defensa aérea con el objetivo de “expandir el control del cielo iraní”. En la práctica, eso significa radares, centros de mando y posiblemente enlaces de comunicaciones que permiten coordinar baterías de misiles y aviones interceptores.

Irán dispone de unos 214 cazas de distintos modelos —F-4, F-5, MiG-29, Su-22, entre otros—, según estimaciones recientes, pero su capacidad de combate real está lastrada por la edad de las plataformas y la heterogeneidad de sistemas. La red de defensa aérea, basada en una combinación de sistemas rusos, chinos y de desarrollo local, intenta compensar esas limitaciones.

La táctica israelí, repetida desde 2025, busca precisamente desarticular esa red: primero se golpean radares de largo alcance y nodos de mando; después, bases aéreas y depósitos de misiles. En junio de ese año, los ataques ya destruyeron emplazamientos considerados “centros neurálgicos” de la defensa aérea iraní, incluida una instalación que actuaba como comando para la coordinación de todos los sistemas antiaéreos del país.

En este contexto, la destrucción de F-14 y de nuevos radares en Isfahán encaja en una guerra de sistemas: Israel no solo neutraliza objetivos puntuales, sino que trata de dejar a Teherán sin capacidad de gestionar el espacio aéreo en una guerra de alta intensidad.

Mehrabad, la Fuerza Quds y la guerra en la sombra

Si Isfahán simboliza la defensa del espacio aéreo iraní, el ataque a Mehrabad, en Teherán, apunta directamente al músculo de proyección regional del régimen. Israel afirma haber destruido 16 aeronaves utilizadas por la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) para transferir armas y personal a milicias aliadas como Hezbolá.

Mehrabad es el aeropuerto doméstico más antiguo del país, pero también un hub militar discreto. La Fuerza Quds lo habría utilizado para vuelos cargados de misiles, drones y especialistas hacia el Líbano, Siria o Irak. Golpear ese nodo logístico en la capital, y hacerlo público, forma parte de un mensaje claro: ninguna infraestructura asociada a la red de milicias iraníes está a salvo.

Teherán ya ha tratado de matizar algunos de estos golpes. En 2025, responsables iraníes llegaron a sostener que parte de los F-14 destruidos en ataques anteriores eran simples maquetas a tamaño real, no aviones operativos. Sin embargo, el reconocimiento por parte de la televisión estatal IRIB de los bombardeos en Mehrabad y de incendios en hangares militares indica que la narrativa oficial tiene cada vez menos margen.

El contraste con la opacidad habitual del régimen resulta demoledor: los ataques ya no pueden presentarse como episodios aislados, sino como una campaña sistemática para vaciar de contenido tanto la Fuerza Aérea regular como la red irregular de la Fuerza Quds.

La respuesta iraní y el riesgo regional

La ofensiva israelí sobre Isfahán y Teherán se produce en un contexto de guerra abierta que ha causado ya más de 1.230 muertos en Irán, más de 300 en el Líbano y alrededor de una docena en Israel, según datos compilados por agencias internacionales. La respuesta iraní se ha centrado en ataques con misiles y drones contra infraestructuras críticas de países del Golfo, incluidas plantas desaladoras en Bahréin y objetivos en Kuwait y Emiratos.

Este hecho revela un patrón peligroso: la guerra entre Israel e Irán ya no es solo un intercambio de golpes entre Estados, sino un conflicto que se derrama sobre terceros países y sobre infraestructuras civiles esenciales, desde refinerías hasta redes eléctricas y de agua. Cada misil que impacta en una planta de desalación o en una terminal de gas natural licuado introduce un nuevo riesgo sistémico para la economía mundial.

Al mismo tiempo, Washington y Jerusalén han dejado claro que su objetivo va más allá de la simple “disuasión”. El presidente estadounidense Donald Trump ha llegado a hablar de “decimar” al régimen iraní y ha sugerido que está dispuesto a contemplar el despliegue de tropas terrestres para asegurar instalaciones nucleares.

El diagnóstico es inequívoco: el margen para una desescalada rápida se estrecha a medida que se multiplican los golpes contra activos estratégicos y que la guerra se regionaliza.

Impacto inmediato en energía y mercados

Mientras los F-14 arden en los hangares de Isfahán, el impacto se deja sentir a miles de kilómetros, en los tableros de negociación de Londres o Nueva York. Tras el inicio de la campaña conjunta de Estados Unidos e Israel, el Brent se ha encarecido en torno a un 9%, superando los 80 dólares por barril, impulsado por los temores a una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.

En Estados Unidos, el precio medio de la gasolina ha repuntado alrededor de un 14% en una semana, hasta 3,4 dólares el galón, mientras las aerolíneas advierten de subidas inminentes en los billetes por el alza del combustible, que en algunos casos supera el 50% desde el inicio de la crisis.

Europa, tradicionalmente más expuesta a los shocks energéticos, observa con inquietud cómo se reactivan los temores a una nueva oleada de inflación importada apenas dos años después del pico derivado de la guerra en Ucrania. Analistas citados por bancos de inversión elevan ya sus escenarios de riesgo hacia un Brent en torno a 100 dólares si los ataques sobre infraestructuras petroleras y de gas en la región se intensifican.

Lo más grave, para las economías avanzadas, no es solo el nivel del precio, sino la combinación de volatilidad extrema y disrupciones logísticas que pueden prolongarse durante semanas si las terminales y refinerías del Golfo operan a medio gas por motivos de seguridad.

Precedentes y cambio de equilibrio

Los ataques de estos días no surgen de la nada. En junio de 2025, Israel lanzó una serie de golpes profundos sobre bases aéreas, centros de mando y fábricas de armamento en Irán, en una operación que ya puso a prueba la resiliencia de sus defensas. Entonces, los mercados reaccionaron con subidas del crudo de entre 7% y 11% en cuestión de horas, preludio de lo que hoy se ha convertido en un patrón recurrente cada vez que la tensión escala.

La diferencia ahora es doble. Primero, el conflicto tiene una dimensión abiertamente bilateral entre Estados Unidos e Irán, tras la participación directa de Washington en los primeros ataques que costaron la vida al líder supremo Ali Jameneí. Segundo, la campaña se ha centrado con una intensidad inédita en desarticular la Fuerza Aérea iraní y su red de sensores, en lugar de limitarse a instalaciones nucleares o a objetivos de milicias en terceros países.

El resultado es un cambio progresivo de equilibrio militar en la región: cada radar destruido y cada caza fuera de servicio amplían la ventana de libertad de acción de Israel sobre el espacio aéreo iraní. A medio plazo, esto reduce la capacidad de Teherán para amenazar rutas marítimas o lanzar ataques coordinados de misiles y drones, pero también incentiva respuestas asimétricas más agresivas, desde ciberataques hasta sabotajes contra infraestructuras energéticas globales.

Qué puede venir ahora

La gran incógnita es hasta dónde está dispuesto a llegar cada actor. Israel ha mostrado que puede atacar, casi a diario, objetivos de alto valor en Irán sin pagar por ahora un precio militar significativo. Irán, por su parte, ha demostrado capacidad para golpear refinerías saudíes, plantas gasistas en Qatar y bases estadounidenses, elevando el coste de la guerra para todo el sistema económico global.

En este escenario, los cazas F-14 destruidos en Isfahán son menos importantes por su valor táctico que por lo que simbolizan: el cierre de una era para la aviación iraní y la constatación de que el cielo del país ya no es un santuario frente a las incursiones israelíes.

Los diplomáticos europeos insisten en la necesidad de abrir canales de mediación que eviten un cierre prolongado del estrecho de Ormuz, con el Banco Central Europeo y la Reserva Federal evaluando ya el impacto de un encarecimiento del petróleo que podría sumar hasta 0,8 puntos porcentuales a la inflación global si se cronifica.

Mientras tanto, cada nueva imagen de un F-14 humeante en los hangares de Isfahán o Mehrabad recuerda que la guerra se libra simultáneamente en tres frentes: el militar, el económico y el psicológico. Y que ninguno de ellos ofrece por ahora una salida fácil.