Israel prolonga la emergencia y se prepara para una guerra larga

Israel Foto de Levi Meir Clancy en Unsplash

La prórroga avalada en el Knéset confirma que la ofensiva contra Irán ha dejado de ser una reacción puntual y se ha convertido en un marco de guerra prolongada, con coste fiscal, laboral y logístico creciente para el Estado hebreo.

La comisión de Asuntos Exteriores y Defensa del Knéset aprobó este miércoles extender hasta el 14 de abril la situación de emergencia, mientras el Gobierno mantiene la capacidad legal para movilizar hasta 400.000 reservistas en plena Operación Roaring Lion, iniciada el 28 de febrero tras la ofensiva conjunta con Estados Unidos contra Irán. No se trata solo de seguridad. Lo más grave es que el país vuelve a asumir, de facto, una economía de excepción: escuelas cerradas, actividad civil restringida, aeropuertos bajo limitaciones y un presupuesto rehecho a golpe de guerra. 

Una prórroga con mensaje político

La ampliación hasta el 14 de abril no es un mero trámite administrativo. Llega después de varias extensiones previas y tras una nueva evaluación de seguridad en la que el Ejecutivo israelí volvió a vincular la emergencia interna con la campaña abierta contra Irán y con la persistencia de otros frentes activos, incluido Líbano. Ya el 2 de marzo la misma comisión había aprobado prolongar la declaración excepcional hasta el 12 de marzo, y entonces su presidente, Boaz Bismuth, verbalizó el tono que hoy sigue marcando la hoja de ruta oficial: “Nos preparamos para una campaña prolongada”.

Ese encadenamiento de prórrogas revela algo más profundo. El Gobierno no está gestionando una crisis acotada, sino preparando al país para convivir durante semanas —o meses— con un régimen de excepcionalidad que altera la vida civil y la política presupuestaria. El contraste con la retórica habitual de las “operaciones limitadas” resulta demoledor: cuando un Estado necesita renovar de forma recurrente sus poderes de emergencia y ampliar el margen para activar reservistas a escala masiva, el diagnóstico es inequívoco. La guerra deja de medirse solo por bombardeos y empieza a medirse por cuántas palancas internas hay que suspender para sostenerla.

La normalidad queda en suspenso

Desde el arranque de la operación, la vida cotidiana israelí quedó sometida a las directrices del Home Front Command. Las escuelas fueron cerradas en todo el país, se suspendieron las actividades educativas presenciales y se restringió la actividad de los centros de trabajo no esenciales y las reuniones sociales. Posteriormente hubo ajustes territoriales y aperturas parciales, pero el arranque del conflicto dejó una señal clara: la economía civil pasó a operar bajo lógica defensiva.

Ese coste interno no es abstracto. El Ministerio de Sanidad israelí informó de que, hasta el 21 de marzo, 4.292 personas habían sido evacuadas a hospitales desde el inicio de la operación y 85 seguían ingresadas. Son cifras que retratan el alcance del desgaste doméstico incluso antes de entrar en el impacto presupuestario completo. Este hecho revela una constante de las guerras modernas: el frente interno no solo consume recursos, también interrumpe productividad, altera calendarios escolares, desplaza consumo y obliga a rediseñar servicios públicos en tiempo real. Cuando la emergencia se prorroga, el daño deja de ser puntual y empieza a sedimentarse en toda la estructura económica.

400.000 reservistas y un mercado laboral bajo tensión

La autorización para movilizar hasta 400.000 reservistas es, en sí misma, una señal de magnitud. No implica que todos vayan a ser llamados de inmediato, pero sí otorga al Estado una capacidad extraordinaria para sostener operaciones simultáneas en varios escenarios. Lo relevante es el contraste con la planificación que existía hace apenas unos meses: el Ejército y el Ministerio de Finanzas habían pactado reducir en 2026 el número de reservistas en servicio diario a 40.000 para ahorrar miles de millones de shekels.

La comparación histórica es aún más elocuente. Antes de la guerra, un reservista podía realizar hasta 25 días de actividad operativa cada tres años; para 2026, el propio Ejército ya hablaba de hasta 60 días de servicio, y en el primer año del conflicto los soldados de combate sirvieron de media 136 días, mientras los mandos alcanzaron 168. La consecuencia es clara: el modelo de reserva, que en Israel siempre fue una ventaja estratégica, amenaza con convertirse también en un cuello de botella económico y social. Cada llamada prolongada es mano de obra menos disponible, renta familiar más tensionada y pequeñas empresas funcionando a medio gas.

Empresas protegidas, pero no indemnes

El Banco de Israel ha activado un programa de alivio financiero que, por su diseño, permite medir el grado de perturbación esperado. Las pequeñas y microempresas con facturación anual de hasta 25 millones de shekels pueden aplazar durante dos meses pagos de préstamos por hasta 2 millones sin intereses ni comisiones si acreditan haber sido afectadas por la operación. Además, los empresarios movilizados en la reserva pueden obtener una exención de intereses sobre descubiertos de hasta 30.000 shekels. Las solicitudes pueden presentarse hasta el 16 de abril.

Sin embargo, el mero despliegue de este paraguas financiero desmonta cualquier relato de normalidad. Si el banco central necesita coordinar con la banca comercial aplazamientos de crédito y protección extraordinaria a autónomos movilizados, es porque el impacto sobre la caja de las empresas ya se considera estructural. Lo más grave no es el daño inmediato, sino su composición: negocios cerrados por seguridad, plantillas ausentes por reserva, consumo alterado y sectores enteros operando en modo contingencia. Es alivio, sí, pero no indemnización plena. Y ahí reside el riesgo: cuando la guerra dura más que las ayudas temporales, la tensión de liquidez reaparece con más fuerza.

El presupuesto cambia de escala

El salto fiscal resume mejor que ningún discurso la dimensión del momento. El presupuesto israelí para 2026 se aprobó inicialmente en torno a 662.000 millones de shekels, con un techo de déficit del 3,9% del PIB. Pero la guerra obligó a reabrir por completo las cuentas: el Gobierno aprobó una revisión que añade unos 13.000 millones de dólares, eleva el gasto de defensa en 32.000 millones de shekels y sitúa el gasto total en torno a 699.000 millones, con un déficit revisado del 5,1%.

La lectura política es delicada. El presupuesto revisado todavía necesitaba culminar sus votos finales antes de que terminara marzo, bajo la amenaza de una disolución automática del Knéset si no salía adelante a tiempo. Este hecho revela hasta qué punto la guerra está reordenando prioridades: más defensa, más déficit y recortes en partidas civiles para absorber parte del sobrecoste. El contraste con el mensaje oficial de diciembre —“de la guerra al crecimiento”— resulta demoledor. Israel no ha salido del ciclo bélico; lo ha institucionalizado dentro de su aritmética presupuestaria.

Aeropuertos, turismo y confianza

Hay otro termómetro menos visible, pero igual de importante: la conectividad. La guerra dejó a unos 20.000 israelíes atrapados en el extranjero a mediados de marzo, aunque alrededor de 100.000 ya habían regresado. Al mismo tiempo, las restricciones operativas en Ben Gurion y las cancelaciones de El Al, Arkia e Israir golpearon de lleno la campaña previa a Pésaj, uno de los periodos de mayor movilidad del calendario.

No es un detalle menor. Cuando el transporte aéreo se degrada, el daño va mucho más allá del turismo: se encarece la repatriación, se ralentizan viajes de negocio, se complica la llegada de personal técnico y se debilita la percepción de continuidad operativa del país. Israel ha demostrado en crisis anteriores una gran capacidad de recuperación, pero el cierre parcial del espacio aéreo es siempre un síntoma de estrés sistémico. El inversor puede tolerar incertidumbre política; tolera mucho peor la dislocación logística prolongada. Y ese es, precisamente, uno de los costes menos visibles de extender la emergencia.