Italia blinda el Golfo y envía baterías antiaéreas tras los ataques iraníes
La decisión llegó con el ruido de las sirenas todavía sonando en Dubái, Doha o Manama. Italia planea enviar ayuda de defensa aérea a varios países del Golfo tras la oleada de misiles y drones lanzados por Irán contra aeropuertos, puertos y terminales de crudo en la región, un ataque que ha obligado a cerrar el estrecho de Ormuz y ha disparado un 15% el precio del Brent en cuestión de días. En paralelo, el Gobierno de Giorgia Meloni afronta la urgencia de proteger a una comunidad de al menos 70.000 ciudadanos italianos y unos 2.000 efectivos desplegados entre Kuwait, Qatar, Emiratos y otros aliados del Golfo. La premier insiste en que Italia “no está en guerra y no quiere entrar en una guerra”, pero se alinea con Reino Unido, Francia y Alemania en el envío de capacidades antiaéreas y antidron a una región convertida en frente abierto del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel.
Giorgia Meloni eligió una entrevista en la radio privada RTL 102.5 para anunciar el giro: Italia enviará asistencia en materia de defensa, en particular defensa aérea, a los países del Golfo, siguiendo el ejemplo de Londres, París y Berlín. El mensaje, lejos de ser puramente declarativo, llega después de varios días de contactos frenéticos con capitales del Golfo y aliados europeos, y está diseñado para responder a una doble presión: la protección de los italianos en la zona y la salvaguarda de rutas energéticas críticas para la economía italiana y comunitaria.
Meloni subrayó que en la región viven “decenas de miles” de compatriotas y trabajan unos 2.000 militares italianos, integrados en misiones de inteligencia, vigilancia y entrenamiento, especialmente en Kuwait y Emiratos, bajo paraguas de la OTAN y de coaliciones lideradas por EEUU. «Son personas que queremos y debemos proteger», remarcó la premier, ligando directamente la operación a la obligación constitucional de salvaguardar a los nacionales en el exterior.
El anuncio también es un gesto político hacia Washington y hacia las monarquías del Golfo, con las que el Gobierno italiano ha tejido en el último año acuerdos por valor de unos 10.000 millones de dólares, muchos de ellos ligados a contratos energéticos y de defensa. Sin embargo, lo más grave para Roma es que cualquier decisión sobre despliegue de sistemas antimisiles se produce en un contexto de recursos militares limitados y con la guerra de Ucrania aún abierta, que ya absorbe parte de las mismas capacidades que ahora reclaman las capitales del Golfo.
Los ataques iraníes que han cambiado el tablero
El movimiento italiano no se entiende sin la escala de la ofensiva iraní. En las primeras 48 horas, Teherán lanzó alrededor de 165 misiles balísticos y de crucero y unos 600 drones contra infraestructuras en el Golfo, según estimaciones recogidas por analistas en Dubái. Cerca del 63% de los impactos se concentraron en territorio de Emiratos Árabes Unidos: aeropuertos, terminales de contenedores, instalaciones petroleras y zonas urbanas de Dubái y Abu Dabi.
Pero los proyectiles también alcanzaron o sobrevolaron Qatar, Bahréin, Kuwait y Omán, dañando hoteles, zonas portuarias y edificios residenciales, y obligando a cerrar el tráfico aéreo en buena parte de la región durante varios días. Lejos de limitarse a bases estadounidenses, Irán ha atacado objetivos claramente civiles, poniendo en cuestión el relato de “represalia quirúrgica” y acercando el conflicto al corazón financiero y logístico del Golfo.
Este hecho revela un cambio cualitativo: la guerra ya no se libra solo en territorio iraní o israelí, sino sobre las principales ciudades que concentran capital, turismo y servicios en Oriente Medio. La consecuencia es clara: los Estados del Golfo, que en anteriores crisis trataron de mantener un perfil bajo, se ven ahora presionados a alinearse más abiertamente con Washington y sus aliados para reforzar sus defensas y, llegado el caso, participar en una coalición más amplia contra Teherán.
Setenta mil italianos en la línea de fuego
Mientras las defensas antiaéreas interceptaban proyectiles sobre Dubái o Doha, el Ministerio de Asuntos Exteriores en Roma activaba una de sus mayores operaciones de repatriación en décadas. Según fuentes diplomáticas italianas, alrededor de 70.000 ciudadanos del país se encuentran en Oriente Medio, de los cuales unos 30.000 residen en Dubái y Abu Dabi y otros 20.000 en Israel, además de comunidades relevantes en Qatar, Kuwait y Bahréin.
Italia ha desplegado equipos de Carabinieri y personal consular reforzado para organizar convoyes terrestres desde Emiratos, Kuwait o Catar hacia Omán y Arabia Saudí, donde todavía es posible embarcar en vuelos comerciales o chárter organizados por Roma. Las imágenes de colas interminables en los aeropuertos del Golfo, y de familias italianas refugiadas en hoteles sin saber cuándo podrán regresar, han tenido un fuerte impacto doméstico y han reforzado el argumento de Meloni de que la asistencia militar no es solo un gesto hacia “naciones amigas”, sino una medida de autoprotección.
«Italia no está en guerra y no quiere entrar en una guerra», reiteró la primera ministra, pero dejó claro que el país utilizará todas las herramientas disponibles —desde evacuaciones hasta refuerzo de defensas en terceros países— para reducir el riesgo sobre sus ciudadanos. En la práctica, esto sitúa a Roma en una posición cada vez más activa en la gestión de la seguridad del Golfo, un papel que hasta ahora había recaído sobre todo en Estados Unidos, Reino Unido y Francia.
SAMP/T, el escudo europeo que todos quieren
En el centro de esta estrategia está el sistema SAMP/T, una batería antiaérea franco-italiana capaz de seguir decenas de objetivos y abatir hasta 10 misiles de forma simultánea, y que se ha convertido en el único escudo de fabricación europea con capacidad para interceptar misiles balísticos. Varios países del Golfo han solicitado formalmente a Italia la cesión de unidades SAMP/T y de sistemas antidron complementarios, según confirmó el ministro de Defensa, Guido Crosetto, en el Parlamento.
El problema es que el margen de maniobra es mínimo. Roma ya ha comprometido baterías SAMP/T para la defensa de Ucrania frente a los ataques rusos, y la introducción de la nueva generación SAMP/T NG y del sistema GRIFO en el Ejército italiano apenas se ha completado este año. «Es un asunto muy delicado, porque estas capacidades ya están fuertemente solicitadas por las necesidades europeas y por el apoyo prestado a Kiev», advirtió Crosetto.
En otras palabras, cada batería que se envíe al Golfo es una batería que no podrá desplegarse en el flanco oriental de la OTAN o en territorio nacional. El contraste con otros países europeos resulta demoledor: mientras Francia y el Reino Unido llevan años invirtiendo en capacidades expedicionarias en el Golfo, Italia llega tarde, con un aparato militar que aún se está modernizando y una industria de defensa sometida a tensiones crecientes de producción y financiación.
Bases de EEUU en Italia y el miedo a ser arrastrados
La decisión de ayudar a los Estados del Golfo coincide con el debate sobre el posible uso de bases estadounidenses en territorio italiano para operaciones relacionadas con el conflicto. Italia alberga instalaciones clave de EEUU desde 1954, actualizadas mediante acuerdos bilaterales que permiten su utilización para operaciones logísticas y “no cinéticas”, pero que exigirían autorización política si se requiriera un empleo más amplio.
Meloni ha querido marcar una línea roja: cualquier ampliación del uso de estas bases, o un eventual despliegue directo de fuerzas italianas en el teatro del Golfo, deberá pasar por el Parlamento. El mensaje busca desactivar la crítica de la oposición, que teme una “deriva” hacia un nuevo escenario parecido a las misiones en Irak o Afganistán, donde Italia llegó a tener más de 3.000 soldados desplegados en el pico de los conflictos.
Sin embargo, la frontera entre apoyo “defensivo” y participación indirecta en la guerra es cada vez más difusa. Si los sistemas italianos se integran en una arquitectura regional de defensa antimisiles gestionada desde bases de EEUU —como el centro de coordinación de Al Udeid, en Catar—, cualquier ataque iraní contra esos activos o contra las bases que los alojan podría considerarse una agresión a Italia. El diagnóstico es inequívoco: Roma camina sobre una cuerda floja geopolítica entre su compromiso con la UE y la OTAN y el temor a verse arrastrada a una guerra abierta con Irán.
Energía, Ormuz y la vulnerabilidad de Europa
Más allá de la seguridad de sus ciudadanos, el movimiento italiano responde a un cálculo energético. El estrecho de Ormuz, ahora prácticamente paralizado, canaliza alrededor de una quinta parte del crudo mundial transportado por mar y gran parte del gas natural licuado que abastece a Asia y, en menor medida, a Europa. Tras las sanciones a Rusia, países del Golfo como Arabia Saudí, Irak o Emiratos se han convertido en proveedores indispensables para compensar la caída de las importaciones de petróleo y derivados rusos.
Italia importa actualmente del orden de 1,1 millones de barriles diarios de crudo, con una dependencia estructural de las compras externas que la hace especialmente vulnerable a cualquier interrupción prolongada del suministro. El cierre de facto de Ormuz ha dejado fondeados a más de 150 petroleros en la zona y ha disparado los fletes de grandes buques hacia Asia por encima de los 400.000 dólares diarios, mientras grandes productores como Arabia Saudí y Catar han tenido que detener parte de su producción ante la imposibilidad de exportar.
Este hecho revela que el conflicto ya no es sólo un asunto de seguridad regional, sino un riesgo sistémico para la economía global. Para Italia, segundo país manufacturero de la zona euro y con un tejido industrial intensivo en energía, una escalada prolongada en el Golfo podría traducirse en precios más altos del combustible, pérdida de competitividad y presión adicional sobre unas cuentas públicas ya tensionadas por el aumento del gasto en defensa y la transición energética.
La presión sobre la industria de defensa italiana
El compromiso simultáneo con Ucrania y con los socios del Golfo llega en plena ola de rearmamento europeo. En los últimos años, el Gobierno italiano ha puesto en marcha 74 programas de armamento y ha elevado las inversiones militares a más de 60.000 millones de euros, según los planes presentados por Crosetto. A esa lista se suman ahora las necesidades de reponer misiles interceptores, radar y sistemas antidron utilizados o prometidos a Kiev y a los países del Golfo.
La industria italiana —con campeones como Leonardo o MBDA Italia— tiene capacidad tecnológica, pero choca con cuellos de botella de producción, falta de personal cualificado y plazos de entrega que se miden en años, no en meses. La consecuencia es clara: cada crisis acelera los pedidos, pero no la capacidad real de fabricar y desplegar sistemas complejos como el SAMP/T NG o el GRIFO, que han entrado en servicio operativo apenas en enero de 2026.
En este contexto, la petición de los países del Golfo se convierte también en una prueba de coherencia estratégica: ¿priorizar la defensa del flanco oriental de la OTAN y el apoyo a Ucrania, o reforzar el escudo de los socios energéticos en el Golfo? Cualquier decisión que tome Roma será observada de cerca por Bruselas, Washington y por unas opiniones públicas europeas crecientemente sensibles al coste económico y humano de los compromisos militares.