Khamenei abre la puerta a un pacto nuclear con Washington

Mojtaba Khamenei

Un canal secreto entre Abbas Araghchi y Steve Witkoff reactiva la opción diplomática en plena guerra, pero Teherán sigue negando en público cualquier negociación y mantiene intactas sus líneas rojas sobre el programa atómico.

Cinco días. Ese es el margen que Donald Trump ha concedido antes de volver a amenazar con ataques sobre la infraestructura energética iraní. En ese corto plazo se condensa una negociación opaca, una guerra con más de 2.000 muertos y una batalla paralela por el control del relato. El dato decisivo no es solo que existan contactos, sino que empiezan a aparecer señales de que Teherán podría aceptar un acuerdo si Washington reconoce su estatus nuclear bajo determinadas condiciones. La cuestión ya no es si hay conversación, sino qué precio político y estratégico exigiría Irán para no convertir la tregua en otra pausa antes de una escalada mayor.

Una señal en mitad de la guerra

La información que ha agitado el tablero procede de un reporte difundido en Israel, según el cual el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, trasladó al enviado estadounidense Steve Witkoff que contaba con el “consentimiento y la bendición” de Mojtaba Khamenei para cerrar un acuerdo con Washington si se respetan las condiciones iraníes. El contenido exacto de ese intercambio no ha sido confirmado de forma independiente por las dos capitales, pero encaja con un hecho que ya nadie discute: los canales indirectos entre ambos países siguen activos pese a la guerra abierta.

Lo relevante es el momento. Trump anunció el 23 de marzo una pausa de cinco días en los bombardeos previstos sobre plantas energéticas iraníes tras lo que definió como conversaciones “muy buenas y productivas”. El mercado leyó esa frase como una señal de desescalada inmediata. Teherán, en cambio, respondió con una negación tajante. Ese contraste revela una dinámica clásica de la diplomacia iraní: conversar por canales discretos mientras se preserva en público una posición de dureza para no pagar un coste interno ante el aparato militar y religioso.

El mensaje que cambia el tono

Si el reporte sobre Araghchi es correcto, el cambio no está en la existencia de contactos, sino en el rango de la autorización. En Irán, un acuerdo de esta naturaleza no depende solo del presidente ni del ministro de Exteriores. Requiere respaldo del núcleo real del poder. Y ahí es donde la figura de Mojtaba Khamenei adquiere peso, en medio de una cúpula fracturada por la guerra y por la desaparición de figuras centrales del sistema. Axios y otros medios estadounidenses han descrito precisamente un escenario de liderazgo difuso, con varias facciones intentando conservar capacidad de decisión mientras Washington busca un interlocutor que pueda comprometer al régimen.

La consecuencia es clara: incluso una señal limitada desde la cúspide modifica el cálculo estratégico de la Casa Blanca. No sería una capitulación, ni mucho menos. Sería el reconocimiento de que Irán aún ve valor en una salida negociada si esa salida no equivale a una rendición nuclear. En otras palabras, Teherán podría aceptar límites, supervisión y una nueva arquitectura de inspecciones, pero difícilmente firmará un texto que consagre el “cero enriquecimiento” o que convierta el programa atómico civil en una línea roja dictada desde Washington.

Las líneas rojas del átomo

Ese es el corazón de la negociación. Araghchi lleva meses insistiendo en una idea: Irán reivindica su derecho a una energía nuclear “pacífica”, incluido el enriquecimiento. No es una frase menor. Es la cláusula política que separa un pacto posible de una ruptura casi segura. La experiencia del JCPOA de 2015 demuestra que Teherán puede aceptar restricciones severas, calendarios y verificación internacional a cambio de alivio de sanciones; lo que no acepta es una desposesión total de capacidad, porque eso equivaldría a reconocer que su programa carece de legitimidad desde el origen.

Araghchi, además, no es un improvisado. Es uno de los negociadores veteranos de la arquitectura nuclear iraní y ya participó en el acuerdo de 2015. Ese dato importa porque devuelve al tablero a un perfil que conoce los límites técnicos y políticos de cualquier texto. El precedente histórico también pesa sobre Trump: fue él quien sacó a Estados Unidos del JCPOA en 2018, argumentando que el acuerdo no contenía ni el programa de misiles ni la proyección regional iraní. El contraste con 2026 resulta demoledor: ahora Washington busca una fórmula más amplia, pero lo hace desde una posición mucho más inestable, con guerra abierta y el mercado energético al borde del shock.

La negación pública de Teherán

Sin embargo, la narrativa oficial iraní sigue siendo de rechazo. Araghchi aseguró recientemente que su último contacto con Witkoff fue anterior a la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel, y acusó a Washington de difundir versiones interesadas para influir sobre el mercado del petróleo y sobre la opinión pública. AP, The Guardian y otros medios han recogido esa contradicción en tiempo real: Trump habla de conversaciones productivas; Irán replica que no hay diálogo directo y que cualquier rumor sirve solo para “ganar tiempo” o enfriar los precios del crudo.

Lo más grave no es la contradicción, sino lo que revela. Ambas partes parecen necesitar relatos distintos para sostener la misma maniobra. Trump necesita exhibir que su amenaza militar produce resultados. Teherán necesita evitar la imagen de debilidad mientras sus ciudades siguen bajo presión y mientras Israel mantiene su ofensiva. Esa doble contabilidad política explica por qué las negociaciones, si existen, solo pueden avanzar bajo una capa densa de ambigüedad. El problema es que la ambigüedad sirve para abrir una ventana, pero no para garantizar su cierre. Un error de cálculo en esas 120 horas puede devolver la crisis al punto de partida.

El petróleo manda sobre la diplomacia

Hay otro actor en esta historia: el mercado. El estrecho de Ormuz mueve alrededor del 20% del petróleo mundial, de modo que cualquier gesto sobre Irán se traduce de inmediato en precios, inflación y nerviosismo financiero. Tras el anuncio de Trump, el Brent llegó a caer casi un 10%, hasta rondar los 101 dólares por barril, antes de recuperar terreno. El mensaje fue inequívoco: los inversores no celebraron una paz inexistente, sino la posibilidad de posponer un desastre energético mayor.

La Agencia Internacional de la Energía ha advertido de una pérdida de 11 millones de barriles diarios por la crisis, una perturbación que, según su director, supera el impacto de cada uno de los grandes shocks petroleros de los años setenta. Este hecho cambia la lectura del conflicto. Ya no se trata solo de seguridad regional o del programa nuclear iraní; se trata de una amenaza directa sobre costes industriales, cadenas logísticas y precios al consumidor en todo el mundo. La diplomacia, por tanto, no avanza solo por convicción estratégica. Avanza porque el coste de no hacerlo empieza a ser demasiado alto para Washington, para Europa y para Asia.

Un poder fragmentado en Teherán

El otro elemento decisivo es la fragilidad interna del régimen. Diversos reportes sitúan a Irán ante un poder más disperso que en cualquier otro momento reciente, con Mojtaba Khamenei, el presidente Masoud Pezeshkian, el ministro Araghchi, la cúpula de la Guardia Revolucionaria y figuras como Mohammad Bagher Ghalibaf compitiendo por influencia real. Axios ha subrayado que Washington no tiene claro quién manda de verdad. Y cuando no está claro quién manda, tampoco está claro quién puede cumplir un acuerdo.

Ese vacío multiplica el riesgo. Un pacto con respaldo diplomático pero sin obediencia militar sería papel mojado. De hecho, algunos reportes apuntan a que Ghalibaf, por sus vínculos con el ala dura y con la Guardia Revolucionaria, podría actuar como interlocutor de facto aunque niegue cualquier contacto. El diagnóstico es inequívoco: la fragmentación del mando puede facilitar los mensajes cruzados, pero complica la implementación. Y en las negociaciones nucleares, la firma importa menos que la capacidad del régimen para imponer disciplina a sus propias facciones.

El precedente de 2015 pesa más que nunca

La comparación histórica resulta obligada. El acuerdo de 2015 nació en un contexto de presión, sí, pero también de interlocución estable, calendarios negociados y objetivos relativamente delimitados: restringir el programa nuclear a cambio de alivio de sanciones. En 2026, el entorno es mucho más tóxico. Hay guerra, daños sobre infraestructuras críticas, mediadores múltiples y una erosión total de la confianza. Aun así, el patrón técnico se repite: Irán quiere reconocimiento de su derecho al enriquecimiento limitado; Estados Unidos busca controles robustos y garantías de que no habrá salto militar.

La lección del pasado es sencilla y brutal. Los acuerdos con Teherán no fracasan solo por su complejidad técnica, sino porque cada parte intenta venderlos internamente como una victoria unilateral. Trump ya destruyó una arquitectura negociada una vez. Irán, por su parte, ha utilizado la opacidad y la escalada como herramientas de presión. El resultado es un círculo vicioso: se negocia desde la desconfianza y luego esa misma desconfianza mina el acuerdo. Por eso el supuesto visto bueno de Khamenei, aun siendo relevante, no garantiza nada. Solo confirma que el régimen entiende que seguir sin una salida tiene un coste creciente.