Kim ata a Washington el futuro de su arsenal nuclear
La ecuación que Kim Jong-un plantea a Estados Unidos es tan simple como inquietante: o acepta a Corea del Norte como Estado nuclear consolidado o no habrá diálogo posible. En su último gran discurso político, el líder norcoreano dejó claro que la trayectoria de las relaciones bilaterales “depende por completo” de la actitud de Washington y de que abandone lo que denomina su política “hostil”. Al mismo tiempo, clausuró de hecho décadas de retórica sobre la reunificación al definir a Corea del Sur como su “enemigo más hostil” y descartar cualquier tipo de negociación con Seúl. Lo más grave es que este giro llega cuando los expertos calculan que Pyongyang dispone ya de alrededor de 50 cabezas nucleares y material fisionable para fabricar hasta 90 en los próximos años. La consecuencia es clara: el régimen se siente más fuerte que nunca y quiere negociar desde esa posición de fuerza, no para reducir su arsenal, sino para blindarlo. Kim lo resumió en una frase que funciona como doctrina: “Es la voluntad firme e invariable de nuestro partido reforzar aún más las fuerzas nucleares del Estado y ejercer a fondo el estatus de país armado con armas nucleares”.
Un mensaje con condiciones claras para Washington
Kim ha dejado la puerta entreabierta a un nuevo ciclo de contactos con Estados Unidos, pero sobre bases radicalmente distintas a las de las cumbres de 2018-2019. Según el relato difundido por la agencia estatal KCNA, el líder norcoreano sostuvo que no ve “ninguna razón” para evitar el diálogo si Washington abandona su “obsesión” con la desnuclearización y acepta la “realidad” actual de la península.
Detrás de esa formulación hay un cambio fundamental: Kim ya no concibe su arsenal nuclear como moneda de cambio, sino como punto de partida innegociable. La propuesta implícita es una relación de coexistencia entre dos potencias nucleares asimétricas, en la que Estados Unidos renuncia a cualquier intento de forzar el desarme norcoreano a cambio de una cierta moderación en los ensayos y despliegues.
El contraste con la estrategia tradicional de Washington resulta demoledor. Desde hace casi dos décadas, todas las Administraciones estadounidenses han defendido el objetivo de una “desnuclearización completa, verificable e irreversible” de Corea del Norte. La oferta de Kim obliga ahora a plantearse si esa meta es todavía realista o si, en la práctica, el debate se desplaza hacia fórmulas de contención y control de riesgos más propias de la Guerra Fría.
Nuclearización irreversible como punto de partida
Sobre el terreno, la correlación de fuerzas respalda la confianza exhibida por Pyongyang. Diferentes organismos independientes estiman que Corea del Norte ha ensamblado ya unas 40-60 armas nucleares, con una cifra de referencia de unas 50 cabezas operativas, y que posee material para ampliar rápidamente ese arsenal si lo decide. En paralelo, ha ensayado misiles balísticos intercontinentales capaces, al menos sobre el papel, de alcanzar territorio continental estadounidense.
Estos desarrollos se enmarcan en una carrera armamentística global. A comienzos de 2025, los nueve Estados con armas nucleares acumulaban unas 12.241 cabezas, de las que cerca de 9.600 estaban disponibles para uso militar. El arsenal norcoreano sigue siendo el más pequeño del grupo, pero su ritmo de crecimiento y su integración en una doctrina de uso temprano —incluida la posibilidad de ataques automáticos en caso de amenaza al liderazgo— elevan de forma exponencial el riesgo.
La consecuencia es clara: Kim aspira a ser tratado como un actor nuclear de pleno derecho, similar a India o Pakistán, y no como un paria obligado a elegir entre desarme y sanciones. Su insistencia en “ejercer a fondo” el estatus nuclear apunta a más pruebas, más despliegues y una mayor visibilidad del arsenal en los desfiles y la propaganda interna.
Seúl, de socio potencial a “enemigo más hostil”
Mientras extiende una invitación condicionada a Washington, Kim cierra la puerta con un portazo a Corea del Sur. En su discurso califica a Seúl de “enemigo más hostil” y descarta cualquier diálogo sobre reunificación, en línea con la campaña interna para borrar el concepto mismo de “nación única” del discurso oficial y, previsiblemente, de la Constitución.
En los últimos meses, el régimen ha tomado medidas tangibles para materializar esa ruptura: ha desmontado símbolos de la unidad coreana, ha desmantelado monumentos a la reunificación y ha multiplicado las obras militares en la zona desmilitarizada, desde zanjas y alambradas hasta nuevos campos de minas. Todo ello mientras tacha a Corea del Sur de “colonia dependiente de EE UU” y cuestiona incluso la legitimidad de sus fronteras marítimas.
El contraste con Seúl resulta llamativo. El presidente Lee Jae-myung ha reiterado su voluntad de evitar una estrategia de “absorción” y ha defendido una aproximación gradual que incluya ofertas de limitación del programa nuclear norteño en tres etapas. Kim, sin embargo, despacha esa propuesta como una copia de ideas fracasadas y anuncia su intención de consagrar en la ley la existencia de “dos Estados hostiles” en la península. El diagnóstico es inequívoco: Pyongyang ya no ve a Seúl como un interlocutor, sino como el primer objetivo de su disuasión nuclear.
Setenta años de un conflicto congelado
Las palabras de Kim sólo se entienden en el contexto de un conflicto que sigue técnicamente abierto desde 1953. La Guerra de Corea terminó con un armisticio, no con un tratado de paz, y la línea de demarcación militar se transformó en la actual zona desmilitarizada, uno de los lugares más fortificados del planeta. Más de siete décadas después, no existe un marco de seguridad estable que regule la relación entre las dos Coreas y Estados Unidos.
A lo largo de estos años, la península ha vivido ciclos de acercamiento —las políticas de “Sol” surcoreanas, las cumbres de principios de los 2000 o el breve deshielo de 2018— seguidos de fases de máxima tensión con pruebas nucleares, lanzamientos de misiles y amenazas recíprocas. Cada intento de rebajar la escalada fracasó en el mismo punto: el desacuerdo sobre cuándo y cómo debía producirse la renuncia norcoreana al arma atómica.
Este hecho revela un patrón peligroso. A medida que Pyongyang ampliaba su capacidad de destrucción, las reservas de Washington para arriesgar una confrontación directa aumentaban. En 2006, Corea del Norte todavía no había probado un arma nuclear; hoy es el único país que ha ensayado bombas atómicas en el siglo XXI. La asimetría en términos de poder convencional se ha visto compensada por un arsenal atómico concebido para disuadir cualquier intento de cambio de régimen.
El tablero nuclear asiático y el peso de 50 cabezas
Aunque sus cifras palidezcan frente a las de Estados Unidos o Rusia, las alrededor de 50 armas norcoreanas tienen un impacto desproporcionado en Asia-Pacífico. El alcance creciente de sus misiles amenaza no solo a Corea del Sur y Japón, sino potencialmente a bases estadounidenses en Guam y, en el horizonte, al propio territorio continental de EE UU.
En paralelo, la percepción de amenaza alimenta debates internos en Tokio y Seúl sobre la conveniencia de desarrollar capacidades nucleares propias o, al menos, de reforzar los paraguas de disuasión ampliada de Washington. Un informe reciente calcula que Corea del Norte podría duplicar su stock de cabezas hasta acercarse a las 90 si mantiene su ritmo de producción actual de material fisionable.
Lo más preocupante es el encaje de Pyongyang en el nuevo eje Moscú-Pekín. La guerra de Ucrania ha convertido a Corea del Norte en proveedor de munición, misiles e incluso personal militar a Rusia, a cambio de asistencia tecnológica y apoyo diplomático. El efecto dominó que viene es claro: cada misil norcoreano que vuela hacia el este de Ucrania refuerza un arsenal que apunta al sur de la península, mientras complica cualquier intento de negociar límites verificables.
El margen de maniobra de Estados Unidos
Para Washington, el mensaje de Kim plantea un dilema estratégico de primer orden. Por un lado, la Casa Blanca —sea cual sea su inquilino— no puede reconocer abiertamente a Corea del Norte como potencia nuclear legítima sin erosionar el régimen global de no proliferación. Por otro, la realidad sobre el terreno hace cada vez más difícil seguir actuando como si la desnuclearización completa fuese un objetivo alcanzable a corto plazo.
Mientras tanto, Estados Unidos refuerza la disuasión convencional con grandes maniobras conjuntas junto a Corea del Sur, como el ejercicio Freedom Shield, que moviliza a decenas de miles de soldados y simula escenarios de guerra de alta intensidad. Pyongyang los denuncia como ensayos de invasión y responde con pruebas de misiles, alimentando un ciclo de acción-reacción que deja poco espacio para el apaciguamiento.
La consecuencia es un equilibrio inestable: demasiada presión puede empujar a Kim a una nueva ronda de provocaciones, pero demasiadas concesiones sin contrapartidas verificables ahondarían la sensación de impunidad nuclear. La ventana para soluciones creativas —acuerdos de congelación, límites cuantitativos, inspecciones parciales— existe, pero se estrecha a medida que el arsenal norcoreano crece y se diversifica.
Trump, las cumbres fallidas y la “buena memoria” de Kim
En este tablero vuelve a aparecer un rostro conocido: Donald Trump. El líder norcoreano ha reconocido que guarda una “buena” o “grata” memoria de su interlocutor estadounidense, con quien se reunió en tres ocasiones durante el primer mandato del republicano. Ahora, con Trump de nuevo en la Casa Blanca y abierto a hablar “sin condiciones previas”, según sus últimas declaraciones, la posibilidad de un nuevo cara a cara vuelve a estar sobre la mesa.
Sin embargo, la experiencia de 2018-2019 ofrece lecciones incómodas. Las cumbres de Singapur, Hanói y la Zona Desmilitarizada produjeron imágenes históricas, pero no lograron un acuerdo sobre desarme ni levantamiento de sanciones. Pyongyang obtuvo reconocimiento internacional y tiempo para avanzar en su programa, mientras Washington salió sin garantías verificables.
Que Kim destaque ahora la dimensión personal de su relación con Trump no es casual. “Personalmente, sigo teniendo buenos recuerdos del presidente Trump”, ha llegado a afirmar. El mensaje implícito es que confía más en la diplomacia de líder a líder que en negociaciones técnicas prolongadas. Pero también que esta vez se sentará a la mesa con un arsenal más grande y una doctrina nuclear más agresiva que hace siete años.