Kim convierte a Seúl en su enemigo permanente
El régimen norcoreano eleva la hostilidad contra Corea del Sur a categoría de doctrina de Estado, blinda su estatus nuclear y acelera el rearme en pleno cierre político interno.
Corea del Norte ha dado un paso que va mucho más allá de la retórica habitual. Kim Jong-un ha descrito oficialmente a Corea del Sur como la “nación más hostil”, ha advertido de consecuencias “implacables” ante cualquier provocación y ha ligado ese mensaje a una reafirmación total de su condición de potencia nuclear. El movimiento no es menor ni simbólico. Pyongyang está dejando atrás la ambigüedad táctica para convertir la confrontación con Seúl en el eje central de su arquitectura política, militar e ideológica.
Lo más relevante no es solo la amenaza. Es la voluntad de fijarla en la doctrina, en el presupuesto y en la narrativa del régimen.
La hostilidad deja de ser táctica
Durante años, Corea del Norte ha utilizado la tensión con Seúl como una herramienta de presión cíclica. Amenazas, ensayos de misiles, pausas negociadoras y nuevas escaladas. Sin embargo, esta vez el cambio es más profundo. Kim no se limita a endurecer el tono: pretende institucionalizar la enemistad con Corea del Sur y presentarla como una realidad permanente.
Ese matiz resulta decisivo. Cuando un régimen autoritario convierte una amenaza exterior en doctrina oficial, la maniobra deja de ser táctica y pasa a formar parte de su legitimidad interna. El diagnóstico es inequívoco: Pyongyang ya no quiere que Seúl sea visto como un interlocutor incómodo o un rival circunstancial, sino como un adversario estructural cuya mera existencia justifica la militarización del Estado.
Este hecho revela también una lógica defensiva y propagandística. Identificar a Corea del Sur como el enemigo principal permite reforzar la cohesión interna, endurecer el control ideológico y sostener el discurso de plaza sitiada. En términos políticos, el régimen gana una coartada perfecta para blindar el poder, aumentar el gasto militar y reducir cualquier margen para la distensión. La hostilidad, en suma, deja de ser un instrumento coyuntural para convertirse en un principio rector.
El blindaje nuclear ya no admite matices
El segundo mensaje de Kim es, probablemente, aún más importante que el primero. Corea del Norte no solo mantiene su apuesta atómica, sino que insiste en que su estatus nuclear “nunca cambiará”. Esa afirmación clausura, al menos por ahora, cualquier expectativa seria de desnuclearización negociada.
Pyongyang lleva tiempo avanzando en esa dirección. Desde la legislación aprobada en 2022, que abrió la puerta al uso preventivo del arma nuclear en determinados supuestos, el régimen ha ido desplazando su doctrina desde la disuasión negociable hacia la disuasión irreversible. Ya no se trata de usar el arsenal como moneda de cambio, sino como núcleo de su soberanía y como garantía última de supervivencia del sistema.
“La dignidad, el interés y la victoria final de un país solo pueden garantizarse con la fuerza más poderosa”, viene a sostener el mensaje político de Kim. La frase resume toda una visión del poder: la seguridad no se negocia, se impone. La consecuencia es evidente. Cualquier futura conversación con Washington o Seúl partirá de una premisa mucho más dura: Corea del Norte exigirá ser tratada como potencia nuclear de facto, no como un Estado al que persuadir para desarmarse.
Ese giro eleva el riesgo estratégico. Si el arma nuclear deja de ser una carta negociadora y pasa a ser un rasgo identitario del régimen, el margen diplomático se estrecha de forma drástica.
Una Constitución al servicio de la confrontación
Lo más grave es que este endurecimiento no nace de la nada. Se enmarca en un proceso iniciado en 2024, cuando el liderazgo norcoreano empezó a vaciar de contenido la vieja narrativa de la reunificación pacífica. Durante décadas, incluso en momentos de máxima tensión, Pyongyang mantenía al menos la ficción histórica de una misma nación dividida. Esa ficción imponía ciertos límites políticos y simbólicos.
Ahora esos límites están saltando por los aires. Si Corea del Sur deja de ser un hermano escindido y pasa a ser un Estado extranjero y hostil, la confrontación adquiere otra naturaleza. Ya no es una anomalía dentro de una comunidad nacional rota, sino una relación de enemistad entre dos entidades soberanas enfrentadas. El contraste con el pasado resulta demoledor.
En 2018 y 2019, Seúl aún servía como canal de mediación indirecta entre Pyongyang y Washington. Hoy esa función se ha evaporado. Corea del Sur ya no aparece como puente, sino como parte del problema. Este cambio tiene una enorme carga interna. Permite al régimen simplificar su propaganda, eliminar cualquier expectativa popular de acercamiento y justificar un modelo de movilización permanente.
La Constitución, en este contexto, deja de ser un marco jurídico y se convierte en un instrumento más de la estrategia militar. Este hecho revela hasta qué punto el lenguaje legal puede ser utilizado como arma política cuando un sistema concentra sin contrapesos el poder, la ideología y la seguridad.
Reelección, disciplina interna y cierre del sistema
El momento elegido por Kim tampoco es casual. Su reelección para otro mandato de cinco años como máximo dirigente refuerza la idea de continuidad absoluta. No hay giro, no hay ajuste, no hay relevo. Lo que hay es consolidación. Y esa consolidación viene acompañada de una reordenación de las élites políticas y del aparato del partido, con una lógica inequívoca de disciplina interna.
En regímenes de este tipo, la política exterior agresiva suele ir de la mano del cierre del sistema doméstico. No es una coincidencia. Cuanto más se concentra el poder, más útil resulta construir una amenaza exterior permanente que legitime la obediencia y silencie las tensiones internas. La consecuencia es clara: la hostilidad con Corea del Sur funciona también como mecanismo de cohesión y control.
Además, el contexto económico obliga a Pyongyang a maximizar el valor político del conflicto. Corea del Norte sigue sometida a sanciones, fuertes restricciones comerciales y una dependencia estructural de apoyos externos. En ese escenario, exhibir firmeza militar compensa parte de sus debilidades materiales. El régimen convierte la escasez en épica y la vulnerabilidad en discurso de resistencia.
Lo más inquietante es que, cuando la estabilidad del sistema depende en parte de sostener una sensación de amenaza constante, la desescalada se vuelve políticamente más costosa que la confrontación. Y ahí reside uno de los mayores riesgos de la fase actual.
El presupuesto militar anticipa más tensión
Kim ha anunciado que el 15,8% del presupuesto de 2026 se destinará a defensa, incluida la expansión de la disuasión nuclear. El dato, por sí solo, ya resulta elocuente. Pero adquiere una dimensión mayor cuando se inserta en la evolución presupuestaria y en el contexto regional. Corea del Norte no está simplemente manteniendo su esfuerzo militar: está enviando una señal de continuidad y refuerzo.
Frente a ello, Corea del Sur aprobó para 2026 un presupuesto de defensa de 65,9 billones de wones, con un aumento del 7,5% respecto al ejercicio anterior. Una parte sustancial de ese gasto, 8,8 billones, se dirigirá a los sistemas de disuasión orientados específicamente a la amenaza norcoreana. El contraste es revelador. Ambos lados se arman más, pero lo hacen desde lógicas distintas.
Seúl opera con una estructura presupuestaria transparente, sometida a control parlamentario y conectada con sus alianzas internacionales. Pyongyang, en cambio, integra el gasto militar en un modelo opaco, ideológico y profundamente ligado a la supervivencia del régimen. Ese desequilibrio aumenta el riesgo de errores de cálculo.
La consecuencia es clara: cada presupuesto consolida una espiral de seguridad en la que ambos actores invierten más para sentirse menos vulnerables, pero terminan viviendo en un entorno objetivamente más peligroso. El efecto dominó que viene puede ser duradero.
Rusia, Ucrania y un nuevo margen para Kim
Hay otro factor que ayuda a explicar esta firmeza: Rusia. La relación entre Moscú y Pyongyang se ha estrechado de forma visible en los últimos meses, y ese acercamiento ofrece a Kim un nuevo colchón estratégico. El envío de material militar e incluso de apoyo humano al esfuerzo ruso en Ucrania, a cambio de asistencia, tecnología o respaldo político, altera el equilibrio de incentivos.
Este hecho revela una novedad esencial. Corea del Norte siente hoy menos necesidad de buscar oxígeno diplomático inmediato en Washington o en Seúl. Si dispone de un socio externo dispuesto a intercambiar apoyo por munición, mano de obra o cooperación militar, su margen para resistir sanciones y prolongar la tensión aumenta de forma sensible.
La consecuencia es evidente: Kim puede endurecer su posición sin pagar de inmediato un coste insoportable. Lo más probable, por tanto, no es una guerra abierta a corto plazo, sino una fase de presión sostenida: más ensayos, más mensajes de fuerza, más rigidez doctrinal y menos espacio para la diplomacia intercoreana.
El contraste con la etapa de las cumbres de 2018-2019 resulta demoledor. Entonces, el régimen aún exploraba un uso táctico del diálogo. Hoy parece mucho más cómodo en un escenario de confrontación controlada. Y cuanto más tiempo dure ese marco, más difícil será reconstruir los puentes políticos que durante años, con todas sus limitaciones, al menos seguían existiendo.