El Kremlin exige a Kiev apartarse para una paz en falso

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Moscú vuelve a cargar sobre Ucrania la responsabilidad de desbloquear unas negociaciones que siguen estancadas mientras los bombardeos, las exigencias territoriales y la fatiga occidental siguen marcando el terreno real.

Rusia ha vuelto a poner sobre Kiev el peso político del bloqueo diplomático. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, sostuvo este martes que las autoridades ucranianas deben “despejar el camino” para que avance el proceso de paz. El mensaje, en apariencia conciliador, encierra una lógica mucho más dura: presentar la resistencia militar y política de Ucrania como el principal obstáculo, incluso cuando las conversaciones trilaterales con Estados Unidos siguen aplazadas y los ataques rusos no han remitido. Lo relevante no es la frase, sino el encuadre. Moscú intenta convertir la negativa de Kiev a aceptar hechos consumados en una supuesta prueba de intransigencia. Y esa inversión del relato llega en el peor momento para Ucrania: con Washington distraído por la guerra con Irán, Europa dividida y el campo de batalla todavía activo.

Un mensaje calculado para invertir la carga

La fórmula del Kremlin no es nueva, pero sí especialmente significativa en este momento. Cuando Peskov pide a Ucrania que “aparte” los obstáculos para la paz, el argumento parte de una premisa muy concreta: que el problema no es la continuidad de la ofensiva rusa ni la distancia entre posiciones, sino la negativa ucraniana a asumir decisiones “responsables”. Dicho de otro modo, Moscú vuelve a identificar la paz con la aceptación de sus propias condiciones. La maniobra es eficaz en términos propagandísticos porque desplaza el foco desde el agresor hacia el país invadido y permite vender como razonable lo que, sobre el terreno, sigue siendo una exigencia asimétrica.

La paz que sugiere el Kremlin no es tanto un alto el fuego verificable como una reordenación política en la que Ucrania reduzca su capacidad de decisión, acepte límites sobre su soberanía y asuma que negociar consiste, ante todo, en ceder. Esa es la clave de fondo. Zelenski, de hecho, ha reiterado en los últimos días que Kiev no está bloqueando una nueva ronda de contactos y que espera precisamente una respuesta de Washington y Moscú sobre el formato y la sede. La consecuencia es clara: el relato ruso y la secuencia diplomática no encajan del todo.

Negociaciones pausadas, guerra intacta

El proceso negociador atraviesa una fase de evidente congelación. Radio Free Europe/Radio Liberty informó de que los esfuerzos para poner fin a la guerra se han ralentizado “hasta casi detenerse” después de que la atención estadounidense se desviara hacia Oriente Próximo. Tanto Kiev como Moscú confirmaron el 12 de marzo que una nueva ronda trilateral con Estados Unidos había sido pospuesta. AP añadió después que Zelenski se declaró dispuesto a acudir a la siguiente cita, pero subrayó que son Washington y Moscú quienes deben acordar cuándo y dónde se celebrará.

Ese atasco diplomático importa porque desmonta una de las insinuaciones centrales del Kremlin. Si las conversaciones no avanzan, no es únicamente por una supuesta negativa ucraniana, sino porque el marco internacional se ha estrechado. La guerra con Irán ha absorbido recursos políticos, munición diplomática y atención mediática de la Casa Blanca. El contraste resulta demoledor: mientras Moscú habla de “proceso de paz”, la arquitectura mínima que debía sostener ese proceso se ha vuelto más débil, más errática y más dependiente de prioridades externas a Europa. La paz, hoy, no está bloqueada por una frase; está bloqueada por una correlación de intereses y por la ausencia de garantías creíbles.

La presión sobre Kiev llega mientras siguen cayendo misiles

Hay un dato que pesa más que cualquier rueda de prensa: la guerra no se ha ralentizado al ritmo de la diplomacia. AP informó este fin de semana de un ataque ruso combinado con misiles y drones sobre la región de Kiev que dejó al menos cuatro muertos y 15 heridos. Zelenski aseguró además que Rusia lanzó alrededor de 430 drones y 68 misiles, con la infraestructura energética como principal objetivo. Resulta difícil sostener que la urgencia pasa por que Ucrania “despeje el camino” cuando los bombardeos sobre áreas civiles e infraestructuras críticas siguen marcando el compás de la negociación.

La ONU aporta una fotografía todavía más elocuente. Solo en febrero de 2026, la violencia vinculada al conflicto mató a 188 civiles e hirió a 757. En enero, el balance ya había sido de 161 muertos y 757 heridos, con ataques repetidos sobre el sistema energético en pleno invierno, afectando a millones de personas. Este hecho revela la contradicción central del momento: Moscú reclama decisiones “responsables” a Kiev mientras mantiene una presión militar que empeora cualquier posibilidad de confianza mínima. Sin reducción verificable de la violencia, la retórica de la paz funciona más como instrumento de desgaste que como hoja de ruta real.

Los costes que desmienten cualquier paz barata

Las cifras de destrucción ayudan a entender por qué Ucrania desconfía de los marcos de negociación vagos o de los acuerdos sin garantías duras. El Banco Mundial, junto con la Comisión Europea, Naciones Unidas y el Gobierno ucraniano, elevó en febrero de 2026 a casi 588.000 millones de dólares el coste de la reconstrucción y recuperación del país durante la próxima década. La estimación equivale a casi tres veces el PIB nominal previsto de Ucrania para 2025. No se trata solo de edificios, carreteras o redes eléctricas. Se trata de tejido productivo, capital humano, vivienda, salud, educación y estabilidad institucional.

Lo más grave es que estas magnitudes convierten cualquier propuesta de paz en un problema económico de primer orden para toda Europa. Un acuerdo mal diseñado puede congelar la línea del frente, pero no garantiza financiación, retorno de inversión, seguridad jurídica ni estabilidad a medio plazo. Cada concesión territorial o política mal cerrada puede traducirse en años adicionales de riesgo presupuestario y dependencia externa. El diagnóstico es inequívoco: la paz no será barata, pero una paz aparente puede resultar todavía más cara. Y esa es una de las razones por las que Kiev resiste la presión para aceptar fórmulas rápidas que cierren titulares sin cerrar el conflicto.

Europa paga mucho, pero sigue sin mandar del todo

La otra gran paradoja de esta guerra es europea. El Consejo de la UE cifra en 69.700 millones de euros el apoyo total al ejército ucraniano por parte de la Unión y sus Estados miembros. Si se suman la ayuda financiera y el apoyo a refugiados, la asistencia global europea asciende a 194.900 millones de euros. Además, la llamada Ukraine Facility prevé hasta 50.000 millones entre 2024 y 2027, y Bruselas ha acordado ya el marco jurídico para aportar otros 90.000 millones en 2026 y 2027, equivalentes a dos tercios de las necesidades financieras estimadas de Ucrania en ese periodo.

Sin embargo, ese enorme esfuerzo no se traduce automáticamente en capacidad de arbitraje político. Europa financia, sanciona y sostiene, pero la mesa diplomática sigue dependiendo en gran medida de Washington y de la disposición rusa a sentarse bajo un formato que no perciba como hostil. Ahí aparece la gran debilidad continental. La UE asume una parte creciente de la factura, pero no controla por completo el reloj ni el guion de la negociación. Esa asimetría explica también por qué cada desvío de la atención estadounidense —como el provocado por la crisis con Irán— se siente en Kiev y en Bruselas como una pérdida inmediata de palanca.

La paz según Moscú sigue pasando por condiciones de fuerza

Moscú ha insistido durante meses en que está abierta a una resolución diplomática, pero sus mensajes públicos siguen vinculando cualquier avance a la consecución de sus “objetivos”. Esa es la pieza que no ha cambiado. El Kremlin puede modular el tono, pero no ha dado señales de aceptar una paz basada en la restauración plena de la soberanía ucraniana o en garantías que limiten de verdad su capacidad futura de presión. En paralelo, la UE ha renovado sanciones individuales contra Rusia hasta el 15 de septiembre de 2026 y el 16 de marzo sancionó además a nueve personas vinculadas a atrocidades cometidas en Bucha. Es decir, el marco europeo parte de la continuidad de la responsabilidad rusa, no de una neutralización moral del conflicto.

Por eso el lenguaje de Peskov importa tanto. No es una simple llamada al diálogo. Es un intento de fijar de antemano quién debe moverse, quién debe asumir el coste político de desbloquear la negociación y quién puede seguir presentándose como actor racional mientras conserva la ventaja militar que todavía tenga sobre el terreno. La consecuencia es evidente: la presión para “hacer la paz” se está concentrando más sobre Kiev que sobre Moscú. Y eso, lejos de acercar una solución estable, puede empujar hacia una paz desigual y reversible.