Loeb plantea que 3I/ATLAS podría venir del Sistema Solar

the-gigamoon-the-sharpest-public-domain-photo-of-the-moon-v0-c49iv9pvyb1g1
El astrofísico sugiere una base tecnológica en la nube de Oort y denuncia que nuestra “ceguera” más allá de 20 UA hace irrelevante preguntarse dónde están los extraterrestres si no miramos donde podrían estar

El tercer objeto interestelar detectado, 3I/ATLAS, está obligando a la astronomía a hacerse preguntas incómodas. Con una masa estimada superior a mil millones de toneladas y una frecuencia de aparición de alrededor de uno cada cinco años, sus números no encajan bien con lo que se espera de los depósitos de hielo y roca en el espacio interestelar.
El astrofísico Avi Loeb da ahora un giro inesperado: propone que 3I/ATLAS podría no venir de otra estrella, sino del propio Sistema Solar, quizás como parte de una infraestructura tecnológica instalada en la remota nube de Oort, a partir de la cual se lanzan “icebergs” modificados hacia el interior.
La idea, desarrollada junto al investigador Mauro Barbieri, no pretende ofrecer certezas, sino subrayar una realidad incómoda: somos casi ciegos más allá de las 20 unidades astronómicas (UA), y el espacio comprendido entre Neptuno y los 200 UA podría estar más poblado de lo que nuestras encuestas actuales permiten ver.
Loeb no afirma que 3I/ATLAS sea artificial, pero sí que, si lo fuera, su mera visibilidad —no solo sus anomalías— requeriría explicación. Y derribaría de paso una parte del célebre “¿dónde está todo el mundo?” formulado por Enrico Fermi.

Un coloso interestelar que no cuadra con las cuentas

El punto de partida de Loeb es cuantitativo. Si 3I/ATLAS fuese un cometa interestelar clásico, su masa de más de un gigatón y el hecho de que detectemos objetos de este tipo cada pocos años obligarían a asumir un reservorio colosal de material vagando entre estrellas. Según sus cálculos, ese inventario sería difícil de reconciliar con los modelos de formación planetaria y con la cantidad de “escombros” que se espera que expulsen los sistemas estelares.

A esto se añaden una serie de “anomalías geométricas”: la alineación de su trayectoria con el plano de la eclíptica, la orientación de su eje de rotación respecto al Sol, la presencia de una anti-cola que desafía la intuición y la aparición de un sistema simétrico de mini-chorros. Todo ello, junto a un alto cociente níquel/hierro, compone un perfil que Loeb considera difícil de despachar con un simple “es un cometa raro”.

La propuesta no es descartar la explicación natural, sino ampliar el espacio de hipótesis. En ese espacio, una de las posibilidades es que 3I/ATLAS sea un objeto fabricado o modificado en el propio Sistema Solar exterior, no una roca anónima que llega desde otra estrella después de millones de años de viaje.

De “visitante interestelar” a posible producto de la nube de Oort

La alternativa que Loeb pone sobre la mesa es sencilla de formular y difícil de verificar: ¿y si 3I/ATLAS fuera un producto de una base tecnológica instalada en la nube de Oort? Esa región, situada a distancias de cientos a miles de UA (una UA es la separación media Tierra-Sol), albergaría tanto recursos como camuflaje: billones de cometas entre los que esconder estructuras artificiales.

Barbieri recuerda que, si el objeto se hubiera lanzado desde la Oort interna, en torno a 1.000 UA, el tiempo de viaje hasta su perihelio actual sería del orden de 80 años. Es una escala compatible con misiones biológicas multigeneracionales, no solo con sondas robóticas que operan durante milenios. En ese escenario, una misión interestelar previa habría creado primero una base avanzada en la Oort; desde allí se fabricarían y lanzarían objetos como 3I/ATLAS con datos de navegación recientes sobre los planetas interiores.

Loeb no afirma que este sea el caso, pero subraya que resuelve varias tensiones: reduce la necesidad de un gigantesco inventario de cometas interestelares, da contexto a las alineaciones geométricas observadas y encaja con la idea de que una civilización avanzada prefiera operar desde un “puesto avanzado” estable, antes que enviar sondas directamente desde su estrella de origen durante millones de años.

the-gigamoon-the-sharpest-public-domain-photo-of-the-moon-v0-50sb29pvyb1g1

Un “patio trasero” casi invisible: más allá de las 20 UA

La crítica más corrosiva que plantea Loeb va dirigida a la ilusión de completitud de nuestras encuestas astronómicas. Incluso con telescopios de nueva generación como el Observatorio Rubin (NSF–DOE), nuestra capacidad para detectar objetos que solo brillan por reflejar la luz solar se limita, en la práctica, a cuerpos de kilómetro de tamaño dentro de unas 20 UA.

Más allá de esa distancia —apenas un poco más lejos que Neptuno, situado a 30 UA— el brillo de un objeto pasivo cae con la cuarta potencia de la distancia al Sol. Es decir, a 100 UA un cuerpo reflejante es 10.000 veces más débil que a 10 UA. De ahí que Barbieri hable de un “sesgo Lutz-Kelker” aplicado a objetos transneptunianos: solo vemos la punta de la distribución, y precisamente la fracción menos representativa en términos estadísticos.

Según sus estimaciones, podría haber cientos o miles de objetos interestelares dentro de un radio de 100 UA que simplemente no vemos. Lo más inquietante de su argumento es circular: la misma geometría que nos permite detectar algunos ISOs muy cercanos al Sol excluye sistemáticamente a la gran mayoría. “Para saber si lo que vemos es extraño, tendríamos que saber cómo es lo que no vemos. Pero lo que no vemos es, por definición, invisible”, resume.

En ese marco, el perihelio de 3I/ATLAS a 1,36 UA se convierte en anomalía: ¿por qué un objeto supuestamente típico ha llegado tan cerca del Sol, justo donde podemos detectarlo?

TNTOs: sondas que observan desde la sombra

Si otra civilización quisiera observar discretamente un sistema planetario, el lugar lógico para desplegar sus sondas no sería la órbita de los planetas interiores, sino la franja entre 50 y 200 UA, argumenta Barbieri. Es una región fría, estable e invisible para nuestros instrumentos actuales.

En ese espacio podría existir una población de “Trans-Neptunian Technological Objects” (TNTOs): sondas o bases ocultas entre cometas y pequeños cuerpos, con órbitas cuidadosamente elegidas para permanecer fuera de nuestro radar óptico. Solo veríamos tres tipos de casos:

  • Averías o pérdidas de control que acercaran el objeto al Sol.

  • Intentos deliberados de contacto, mediante aproximaciones o señales activas.

  • Decaimientos orbitales que, por diseño o accidente, desplazaran la sonda hacia el interior.

Desde este prisma, lo significativo de 3I/ATLAS no sería solo su dinámica o sus chorros, sino el hecho de que sea visible en absoluto. Si fuese artificial, su “sobreexposición” cerca del Sol sería parte del misterio a explicar. Y la célebre paradoja de Fermi se debilitaría: el “no vemos nada” pierde fuerza si se admite que miramos en el sitio equivocado.

Luz artificial frente a luz reflejada: ciudades a la distancia de Plutón

Loeb recuerda además una herramienta poco explorada para detectar tecnofirmas: no buscar solo rocas que reflejan la luz del Sol, sino fuentes de luz artificial. En un trabajo de 2011 con Ed Turner, mostró que el brillo de una ciudad vista desde lejos decrece como el inverso del cuadrado de la distancia, mientras que un objeto que solo refleja luz solar lo hace como el inverso de la distancia a la cuarta potencia.

En la práctica, esto significa que las imágenes más profundas del Hubble serían capaces de detectar el equivalente luminoso de una ciudad como Tokio a la distancia de Plutón, siempre que emita de forma continua y con un espectro suficientemente distinto al de la luz solar reflejada.

Loeb cuenta una anécdota reveladora: cuando preguntó al astrónomo Mike Brown, descubridor de numerosos objetos transneptunianos y “verdugo” de Plutón, si había comprobado cómo variaba el brillo de esos cuerpos con la distancia, obtuvo una respuesta tajante: “¿Por qué iba a mirarlo? Debe ser con la cuarta potencia”.

Para Loeb, esa frase condensa un problema estructural: la arrogancia de la expertise. Si se asume dogmáticamente que todos los TNOs son rocas pasivas, nadie comprobará si alguno se comporta como si estuviera iluminado desde dentro.

Ciencia, sesgos y el valor económico de mirar mejor

Aunque muchas de las ideas de Loeb resultan incómodas para la ortodoxia, el choque tiene una consecuencia práctica clara: justificar nuevas inversiones en telescopios y sondas que amplíen nuestra capacidad de ver más allá de las 20–30 UA. Desde grandes proyectos como el Rubin Observatory hasta misiones específicas al cinturón de Kuiper o la nube de Oort, la agenda de los próximos años podría incorporar explícitamente la búsqueda de anomalías dinámicas o luminosas asociadas a posibles TNTOs.

Para la industria espacial y tecnológica, un hallazgo así sería disruptivo en términos absolutos: reorientaría prioridades de exploración, relanzaría programas de propulsión avanzada y abriría un campo entero de “arqueología espacial” con implicaciones científicas, filosóficas y económicas incalculables. Pero incluso sin llegar a ese extremo, el simple hecho de detectar más y mejores objetos naturales en estas regiones permitiría refinar modelos de formación planetaria y evaluar mejor los riesgos de impactos a muy largo plazo.

La tesis implícita de Loeb es que la ignorancia también tiene coste. En un entorno en el que gobiernos y empresas compiten por dominar la órbita baja y la Luna, descuidar lo que ocurre más allá de Neptuno podría ser, en último término, una decisión estratégica miope.

Si 3I/ATLAS es natural, la lección sigue siendo incómoda

Paradójicamente, el propio Loeb admite que el escenario más probable sigue siendo que 3I/ATLAS resulte ser un objeto natural con propiedades extremas. Pero incluso ese desenlace obligaría a una revisión profunda: significaría que nuestros catálogos de cometas y objetos transneptunianos han infravalorado la diversidad de composiciones, geometrías y dinámicas posibles.

El debate real no es tanto si 3I/ATLAS es o no una sonda camuflada, sino cuánta curiosidad estamos dispuestos a invertir en comprobarlo. Para Loeb, la respuesta de parte de la comunidad ha sido defensiva, cuando no despectiva. De ahí que cierre su reflexión con una crítica general a la ciencia que se blinda en su propio éxito: “Aprender exige humildad, una mente de principiante”, resume.

Si algún día se detecta un objeto que emite luz artificial, sugiere, la reacción obvia será enviar una nave para verlo de cerca. Él mismo se ofrece como “el primero de la fila” para subir a bordo. Hasta que llegue ese momento, 3I/ATLAS funciona como espejo: refleja no solo la luz del Sol, sino también los límites —y los sesgos— de una civilización que empieza a mirar en serio más allá de su propio sistema… sin estar del todo segura de qué quiere encontrar.