Macron contra las cuerdas: el desempleo en Francia sube al 7,9% en el último trimestre de 2025
La alarma llega por un número preciso: 7,9% de paro en la Francia continental en el cuarto trimestre de 2025, según los últimos datos del instituto estadístico Insee. Son 56.000 desempleados más en apenas tres meses, hasta rozar los 2,5 millones de personas buscando empleo. La tensión no se reparte por igual: mientras el desempleo juvenil se dispara, los adultos de más edad resisten algo mejor. Sin embargo, el mensaje de fondo es inequívoco: el mercado laboral francés pierde fuelle justo cuando la economía apenas crece y la paciencia social está agotada. La consecuencia es clara: el margen político de Emmanuel Macron se estrecha y el problema deja de ser sólo francés para convertirse en un aviso al resto de Europa.
Las cifras que rompen la tregua
El último dato del Insee confirma el giro de tendencia: el paro repunta hasta el 7,9%, dos décimas más que en el trimestre anterior y seis décimas por encima del nivel de finales de 2024. En términos absolutos, el número de desempleados se eleva a 2,5 millones de personas, tras sumar 56.000 nuevos parados en sólo tres meses. El movimiento no es aislado: desde la primavera de 2025 el desempleo venía escalando desde el entorno del 7,5%-7,7%, tras varios años de descensos lentos pero continuados.
Al mismo tiempo, la tasa de empleo de la población entre 15 y 64 años se mantiene en torno al 69,4%, apenas unas décimas por debajo de los máximos históricos. El contraste es revelador: Francia no destruye empleo de forma masiva, pero crea menos puestos de trabajo y los reparte de forma más desigual. Buena parte del ajuste se concentra en contratos temporales, empleos de entrada y sectores de baja cualificación, muy expuestos a la desaceleración del consumo y a las decisiones de inversión empresarial.
El diagnóstico es inequívoco: el mercado laboral francés ha pasado de resistir con cierta solidez a mostrar grietas visibles, justo cuando el contexto internacional vuelve a nublarse.
Un golpe directo a los jóvenes
Donde el golpe es más contundente es entre quienes se incorporan por primera vez al mercado laboral. El paro de los jóvenes de 15 a 24 años salta 2,4 puntos hasta el 21,5%, triplicando la tasa de los trabajadores de más edad. Es una subida abrupta, después de meses en los que el desempleo juvenil rondaba el 19% y ya se situaba por encima de los niveles previos a la pandemia.
Las causas se acumulan. Por un lado, una formación que sigue sin encajar con las necesidades de las empresas, especialmente en industria avanzada, digitalización y oficios técnicos. Por otro, un mercado laboral con entradas muy estrechas: proliferan los contratos cortos, las prácticas mal remuneradas y los empleos a tiempo parcial no deseado, mientras los puestos estables se reservan a perfiles con experiencia. A ello se suma un entorno de crecimiento débil y tipos de interés aún elevados, que frenan nuevas contrataciones en sectores intensivos en jóvenes, desde la hostelería a determinados servicios empresariales.
El dato se agrava cuando se observa el fenómeno de los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Francia cuenta con alrededor de 1,4 millones de llamados ‘ninis’ (NEETs), el 12,8% de los jóvenes de 15 a 29 años, por encima de la media europea del 11,2%. La combinación de paro alto, frustración vital y sensación de bloqueo alimenta un cóctel social potencialmente explosivo.
Adultos que resisten, pero no despegan
El cuadro cambia parcialmente al mirar a la franja central del mercado laboral. Entre los 25 y los 49 años, la tasa de paro baja ligeramente hasta el 6,9%, dos décimas menos que el trimestre anterior. El dato sugiere que los trabajadores con más experiencia mantienen cierto poder de negociación y son capaces de reengancharse con mayor rapidez a nuevos puestos, incluso en un entorno de menor dinamismo.
Por encima de los 50 años, el desempleo se mantiene relativamente estable, por debajo del 5%. Sin embargo, ahí emerge otro problema: la tasa de paro de larga duración, es decir, quienes llevan más de un año buscando trabajo, ha repuntado hasta el 1,8% de la población activa, tras tocar mínimos históricos durante la fase de recuperación posterior a la pandemia.
Este hecho revela una brecha silenciosa: mientras parte de la fuerza laboral rota entre sectores o contratos, otro segmento queda atrapado en procesos de búsqueda cada vez más largos. Son parados de más de 45 años, trabajadores con cualificación media desajustada o personas que ya acumularon periodos de inactividad anteriores. Sin una estrategia específica de recapacitación y acompañamiento, el riesgo es que Francia consolide un núcleo duro de desempleo estructural que se mantenga incluso cuando la coyuntura mejore.
Una economía en ralentí y un gobierno bajo presión
El deterioro del empleo no puede entenderse sin el contexto macroeconómico. Las últimas previsiones apuntan a que la economía francesa apenas crecerá en torno al 0,8%-0,9% en 2025, por debajo de la media de la zona euro y lejos de los niveles de otras grandes economías europeas que empiezan a recuperar terreno. El consumo interno avanza con desgana, las empresas mantienen el pie en el freno de la inversión y la incertidumbre política tras la fragmentación parlamentaria sigue pesando sobre la confianza.
En este escenario, el repunte del paro se convierte en un problema político mayúsculo para Emmanuel Macron. El presidente había defendido que sus reformas —desde la polémica del sistema de pensiones hasta los cambios en el seguro de desempleo— permitirían consolidar un mercado laboral más flexible y capaz de absorber los shocks externos. La realidad, por ahora, va por otro camino.
“No podemos permitirnos una generación perdida ni un paro enquistado por encima del 8%”, admite en privado un alto cargo del Ministerio de Trabajo, según fuentes consultadas por este diario. La frase resume el temor central del Elíseo: que la combinación de bajo crecimiento, conflictividad social y deterioro del empleo termine laminando la autoridad política del presidente en la recta final de su mandato.
El contraste europeo que incomoda a París
El contexto europeo añade otra capa de presión. Mientras Francia se aproxima al 8% de paro, la media del área del euro se sitúa en torno al 6,2%, con una tasa juvenil cercana al 14,3%, muy por debajo del nivel francés del 21,5%. El contraste con países como Alemania, con un desempleo general en torno al 3,8%, resulta demoledor y alimenta la narrativa de un “modelo francés” menos eficiente en la creación de empleo.
La comparación, sin embargo, no es homogénea. En el sur de Europa persisten tasas de paro más elevadas: España sigue por encima del 9,5%-10% de desempleo, con un paro juvenil cercano al 23%, y Italia ronda el 6%-7% de paro general y alrededor del 20% entre los jóvenes.
Sin embargo, incluso estos países muestran en 2025 una trayectoria de mejora: España ha logrado reducir su tasa de paro a mínimos desde 2008, impulsada por el turismo, las renovables y el despliegue de fondos europeos, mientras Italia encadena máximos de empleo. Francia, por el contrario, combina estancamiento del PIB, subida del paro y un clima político más polarizado.
El coste social: frustración, protesta y riesgo de polarización
Más allá de los gráficos, el aumento del paro tiene un coste social inmediato. En los barrios periféricos de las grandes ciudades, donde el desempleo juvenil duplica la media nacional, la subida del 21,5% se traduce en más abandono escolar, más economía informal y más tensión con las fuerzas de seguridad. Organizaciones sociales alertan de un repunte del malestar en los suburbios y advierten de que la situación recuerda, en algunos indicadores, a los meses previos a los grandes disturbios urbanos de la última década.
Entre los adultos, el impacto adopta otra forma: aumento de la rotación laboral, dificultad para consolidar carreras profesionales y sensación de descenso de clase, incluso entre trabajadores con estudios superiores. Este clima se refleja en las encuestas: crece el porcentaje de franceses que considera que “el país va en la dirección equivocada” y se dispara la percepción de inseguridad económica.
“La precariedad ya no es un fenómeno marginal, es una experiencia masiva para buena parte de los jóvenes y de las clases medias bajas”, resume un sociólogo laboral. En términos políticos, este malestar alimenta tanto la abstención como el voto hacia opciones populistas, a derecha e izquierda, que prometen soluciones simples frente a un problema estructural de enorme complejidad.
Riesgos a futuro: del 7,9% al temido 8,5%
El gran interrogante es hacia dónde puede moverse el mercado laboral en 2026. Algunos servicios de estudios, como el de un gran banco francés, ya advertían a principios de año de que el paro podría acercarse al 8,5% a finales de 2025, si el crecimiento no lograba remontar. Con el dato del 7,9% sobre la mesa, ese escenario deja de parecer remoto.
La combinación de crecimiento débil, restricción presupuestaria y endurecimiento de las condiciones financieras limita el margen de maniobra del Gobierno. Francia debe cumplir con las reglas fiscales europeas, contiene el gasto público tras años de estímulos y, al mismo tiempo, se le exige invertir masivamente en transición energética, digitalización y defensa. Si la respuesta se queda en una suma de pequeños ajustes, el riesgo es encadenar varios trimestres de paro alto y creación de empleo anémica.
El otro riesgo es más silencioso: que el país se acostumbre a tasas de desempleo cercanas al 8% como si fueran “la nueva normalidad”, consolidando una brecha estructural con respecto a sus socios del norte de Europa. La historia reciente muestra que, una vez asentado, el paro estructural resulta mucho más difícil y costoso de reducir que el desempleo coyuntural.