Más ataques y 50.000 soldados disparan el riesgo con Irán
La ampliación de la ofensiva, el refuerzo militar de EEUU y el colapso parcial de Ormuz elevan el temor a una guerra regional con impacto directo en petróleo, inflación y comercio.
El dato que mejor resume el momento es este: el tráfico por el estrecho de Ormuz ha caído un 90% desde el inicio del conflicto y el barril ya se mueve en torno a 115 dólares. Al mismo tiempo, Washington acumula alrededor de 50.000 militares en la región y estudia nuevos refuerzos mientras la guerra se extiende a más frentes. No es una simple escalada táctica. Es el tipo de combinación —energía, rutas marítimas y despliegue militar— que transforma una crisis regional en un shock económico global.
La señal que llega desde el Pentágono
La fotografía militar desmiente cualquier relato de contención. El mando central de EEUU sostiene oficialmente que la Operation Epic Fury comenzó el 28 de febrero de 2026 y, en su parte del 18 de marzo, ya contabilizaba 7.800 objetivos alcanzados, 8.000 vuelos de combate y 120 embarcaciones iraníes dañadas o destruidas. A esa campaña aérea y naval se suma ahora un refuerzo terrestre que incluye al menos 1.000 efectivos de la 82ª División Aerotransportada, además de unidades de Marines y marinería ya desplazadas hacia la zona. La consecuencia es clara: Washington no está construyendo una postura de salida, sino una arquitectura de persistencia operativa. Y cuando una potencia despliega fuerza de protección, capacidad anfibia y cobertura aérea simultáneamente, el mensaje estratégico no es la prudencia, sino la preparación para un conflicto más largo, más ancho y más costoso.
Ormuz, el verdadero frente económico
El frente decisivo no está solo en el cielo de Teherán ni en las bases del Golfo. Está en el agua. El estrecho de Ormuz movió en la primera mitad de 2025 alrededor de 23,2 millones de barriles diarios, equivalentes al 29% de los flujos marítimos mundiales de crudo, y representa además cerca de una quinta parte del consumo global de petróleo y del comercio mundial de gas natural licuado. El FMI admite que el tráfico por ese paso ha caído un 90%, mientras la AIE señala que los volúmenes exportados están en menos del 10% de los niveles previos al conflicto. Este hecho revela una fragilidad estructural: las rutas alternativas de Arabia Saudí y Emiratos solo podrían desviar entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, muy lejos de compensar una interrupción prolongada. El diagnóstico es inequívoco: la guerra ya no amenaza el mercado energético; ya lo está reescribiendo.
El salto de las milicias y de los aliados
La ampliación del conflicto tampoco se mide solo por los ataques directos entre Washington, Israel y Teherán. Se mide por la entrada de actores que convierten una guerra entre Estados en una red de frentes superpuestos. La irrupción de los hutíes respaldados por Irán añade presión sobre Bab el-Mandeb, un paso por el que transita alrededor del 12% del comercio marítimo de petróleo y que ya había sufrido ataques contra más de 100 buques mercantes desde finales de 2023. A la vez, el conflicto se desborda hacia Líbano, Iraq y las bases estadounidenses del Golfo. Lo relevante aquí no es solo el mapa, sino la lógica: cuando proliferan milicias, drones, misiles y amenazas sobre rutas comerciales, el coste de asegurar cada milla náutica y cada instalación energética se multiplica. El contraste con otras crisis es demoledor porque ya no se trata de contener un frente, sino de blindar una región entera.
Un petróleo que ya contagia a toda la economía
Los mercados han entendido antes que muchos gobiernos la gravedad del giro. El Banco Mundial ha confirmado que entre febrero y marzo el precio del crudo subió casi un 40%, mientras el GNL enviado a Asia se encareció casi dos tercios y los fertilizantes nitrogenados repuntaron cerca del 50%. AP sitúa además el barril en torno a 115 dólares en plena tensión. Es decir, el shock ya no afecta solo a los combustibles, sino también a la electricidad, al transporte, a la cadena alimentaria y a la industria química. La respuesta de la AIE —la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas, la mayor de su historia— da una idea de la magnitud del problema, pero también de sus límites. “Estamos viendo disrupciones del comercio, alzas energéticas y volatilidad financiera”, resumió el FMI. La consecuencia es clara: Europa y Asia afrontan no solo un riesgo de inflación importada, sino también un deterioro visible de competitividad industrial.
Por qué Washington endurece el despliegue
La pregunta clave no es por qué EEUU pega más, sino por qué considera que todavía no ha pegado lo suficiente. Según AP, un mes después del inicio de la guerra varios de los objetivos proclamados por Donald Trump siguen incumplidos o abiertos: degradar la capacidad misilística iraní, destruir parte de su base industrial militar, garantizar la seguridad de sus aliados y neutralizar el riesgo nuclear. A eso se añade un dato político incómodo: más de 300 militares estadounidenses han resultado heridos y al menos 13 han muerto. Con ese balance, la Casa Blanca necesita reforzar la protección de sus bases y, al mismo tiempo, sostener una posición negociadora sin aparentar debilidad. Sin embargo, el problema de fondo persiste: la Administración alterna mensajes sobre paz, planes de alto el fuego y negativas a una invasión terrestre con movimientos que sugieren exactamente lo contrario. Ese doble lenguaje es, precisamente, el combustible perfecto para la escalada.
El riesgo de una guerra larga y asimétrica
Irán ha demostrado que, incluso bajo una campaña aérea masiva, conserva capacidad para infligir daño estratégico. El ataque del 27 de marzo contra la base aérea de Prince Sultan, en Arabia Saudí, dejó al menos 10 militares estadounidenses heridos y dañó aeronaves de reabastecimiento; un día después, AP hablaba ya de más de 300 heridos acumulados en la guerra. Lo más grave no es el número aislado, sino el patrón: bases, aeródromos, infraestructuras de agua y energía, navegación comercial y socios regionales forman parte de un menú de represalias diseñado para elevar el coste de cada nuevo paso estadounidense. Eso convierte cualquier hipótesis de presencia terrestre limitada en una apuesta de enorme exposición. Si se atiende al perfil del despliegue y a la dependencia global de Ormuz, el escenario más probable no es una victoria rápida, sino una fase prolongada de desgaste, interrupciones logísticas y presión inflacionaria. Y esa combinación suele castigar más a los importadores y a los mercados que a los estrategas.