Meloni tropieza con su primera gran derrota hacia 2027

Meloni

El rechazo al referéndum judicial rompe la imagen de invulnerabilidad de la primera ministra italiana y abre una fase más incierta en plena preparación de su camino hacia la reelección.

La política italiana ha dejado de ser un trayecto despejado para Giorgia Meloni. La primera ministra, que había convertido la reforma judicial en una prueba de autoridad antes de encarar la larga precampaña de las generales de 2027, sufrió este 23 de marzo su primer revés serio en las urnas desde que llegó al poder en 2022. El 53,7%-54% de los votantes rechazó la reforma, frente a un 46%-46,3% favorable, con una participación cercana al 59%, muy por encima de lo que muchos analistas anticipaban para una consulta técnica y compleja.

Una consulta convertida en plebiscito

Formalmente, el referéndum giraba en torno a la reorganización de la magistratura, con cambios en el equilibrio entre jueces y fiscales y en los mecanismos de gobierno interno del poder judicial. Políticamente, sin embargo, la votación terminó funcionando como un plebiscito sobre Meloni. Ese fue el error de fondo de Palazzo Chigi: presentar una reforma institucional de alto voltaje como demostración de músculo cuando la fatiga social ya empezaba a aflorar.

Lo más grave para la jefa del Ejecutivo no es solo la derrota, sino el modo en que se produjo. La oposición consiguió simplificar el mensaje y convertir una discusión técnica en una advertencia democrática: el “no” se presentó como freno a una eventual concentración de poder en el Ejecutivo. Meloni, por el contrario, no logró convencer de que su plan resolviera de verdad los problemas estructurales de la justicia italiana, tradicionalmente lenta e imprevisible. Ese desajuste entre diagnóstico y solución ha sido decisivo.

El dato que cambia el tablero

En cualquier derrota electoral importa el margen. En esta, además, importa la participación. Que casi seis de cada diez italianos acudieran a votar en una consulta compleja revela dos cosas. La primera, que la oposición encontró por fin un terreno compartido. La segunda, que el electorado quiso enviar un mensaje que va más allá del expediente técnico. La derrota de Meloni no fue una abstención silenciosa; fue una movilización explícita.

Ese dato erosiona el principal activo político de la primera ministra: la percepción de control. Hasta ahora, Meloni había conseguido combinar disciplina interna, centralidad internacional y liderazgo electoral. Pero el resultado de marzo introduce una grieta. El diagnóstico es inequívoco: sigue siendo la líder más fuerte del sistema italiano, pero ya no parece inexpugnable. Y en una política como la italiana, donde la autoridad se sostiene tanto en los números como en la sensación de fortaleza, esa diferencia resulta crucial.

Una mayoría aún sólida, pero menos compacta

Meloni conserva, a día de hoy, una ventaja relevante en las encuestas. Fratelli d’Italia sigue como primer partido con alrededor del 29,4%, mientras el Partido Democrático ronda el 21,6%-21,8%. Sobre el papel, la distancia sigue siendo cómoda. Sin embargo, el contraste con meses anteriores empieza a ser menos amable: su partido se frena, la oposición crece y la derrota en el referéndum ofrece un punto de apoyo emocional y estratégico a sus adversarios.

La consecuencia es clara. La coalición de centroderecha mantiene capacidad de gobierno, pero entra en una fase en la que cada socio empezará a calcular su propia supervivencia. Matteo Salvini y Antonio Tajani han sostenido a Meloni mientras su liderazgo parecía incontestable. Ahora, aunque no haya una ruptura inmediata, aumentará la tentación de marcar perfil propio. En Italia, las mayorías no suelen romperse de golpe; se desgastan por acumulación. Y este revés acelera esa dinámica.

El problema económico de fondo

La primera ministra afronta este tropiezo en un contexto económico que no admite triunfalismo. Italia crecerá apenas un 0,8% en 2026, tras un 0,5% en 2025, según Istat, mientras la Comisión Europea prevé un déficit del 2,8% del PIB y una trayectoria fiscal aún vigilada por Bruselas. A ello se suma una inflación que repuntó al 1,5%-1,6% interanual en febrero, una cifra contenida en términos europeos pero suficiente para mantener viva la presión sobre los hogares, especialmente en salarios y cesta básica.

Este hecho revela un límite político evidente. Meloni había construido buena parte de su legitimidad reciente sobre una combinación de firmeza ideológica y pragmatismo económico. Pero con un crecimiento débil, salarios tensionados y un margen presupuestario estrecho, cualquier error político pesa más. Italia sigue siendo, además, uno de los países con mayor deuda pública de la eurozona, con un ratio del 137,9% del PIB ya en el primer trimestre de 2025. El contraste con otras economías europeas resulta demoledor: gobernar con semejante mochila deja poco espacio para aventuras institucionales fallidas.

La reforma que no convenció

La gran debilidad del proyecto de Meloni fue su dificultad para parecer una solución concreta a un problema real. Italia necesita una justicia más rápida, más predecible y menos expuesta a la guerra permanente entre política y magistratura. Sobre eso existe un consenso amplio. Pero la reforma sometida a voto fue percibida por muchos sectores como un rediseño de poder, no como una mejora funcional del sistema.

La crítica central de juristas y oposición consistía en que el plan alteraba equilibrios delicados sin tocar el corazón de la ineficiencia: tiempos procesales, digitalización, gestión de recursos y organización de tribunales. Ahí reside el núcleo del fracaso. Meloni pidió confianza sobre una arquitectura institucional sofisticada cuando buena parte del país esperaba respuestas más tangibles. En política, una reforma pierde fuerza cuando parece escrita para el poder antes que para el ciudadano.

La oposición encuentra por fin un lenguaje común

Durante más de un año, la gran ventaja de Meloni no fue solo su fortaleza, sino la fragmentación ajena. El Partido Democrático, el Movimiento 5 Estrellas y otras fuerzas opositoras llevaban tiempo sin hallar una narrativa compartida. El referéndum, sin embargo, les ha permitido ensayar algo parecido a una coalición emocional: defensa institucional, rechazo a la concentración de poder y apelación al votante moderado.

No significa que la alternativa esté construida. Ni mucho menos. Pero sí que existe, por primera vez en meses, una prueba de coordinación útil. El resultado fortalece a Elly Schlein, da oxígeno a Giuseppe Conte y abre la puerta a pactos más amplios de aquí a 2027. Ese escenario no garantiza un cambio de mayoría, aunque sí complica el plan de Meloni de llegar a las próximas generales con el terreno despejado y, eventualmente, con una reforma electoral más favorable a su bloque.