La milicia iraquí ha abierto 23 frentes en 24 horas contra EEUU

Misil Foto de Vony Razom en Unsplash

La reivindicación de 23 ataques en 24 horas confirma que Irak ha dejado de ser un territorio de contención para convertirse en uno de los escenarios más expuestos de la guerra entre Washington, Teherán y sus aliados regionales.

Veintitrés operaciones en un solo día no son una cifra propagandística cualquiera. Son, sobre todo, la señal de que la guerra en Oriente Medio ha encontrado en Irak un campo de expansión especialmente útil: lo bastante frágil para absorber la presión, lo bastante estratégico para incomodar a Estados Unidos y lo bastante dependiente del equilibrio entre Irán y Washington como para no poder romper con ninguno de los dos. La autodenominada Resistencia Islámica en Irak aseguró haber lanzado esos ataques contra bases estadounidenses “en el país y la región”, mientras Bagdad vuelve a comprobar que la neutralidad formal ya no basta para proteger su soberanía. Lo más grave es que esta vez la escalada llega cuando la misión internacional contra Estado Islámico debía haber entrado en una fase de reducción y transición.

Un salto en la intensidad

La cifra de 23 ataques reivindicados en 24 horas coloca el episodio en una dimensión distinta. No se trata solo de hostigar instalaciones militares; se trata de saturar la defensa, elevar el coste político de la presencia estadounidense y transmitir la imagen de que ningún enclave está completamente a salvo. Al Jazeera situó esa reivindicación en el contexto del día 26 de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, una fase en la que Washington ya reconoce además un despliegue de más de 50.000 militares en la región y un deterioro acelerado de la seguridad regional.

Ese volumen de ataques, además, no aparece en el vacío. En los últimos días se han registrado explosiones cerca de instalaciones estadounidenses en Bagdad, ataques con drones en el entorno del aeropuerto de la capital y nuevas acciones en el Kurdistán iraquí. La consecuencia es clara: Irak ya no funciona como retaguardia de la arquitectura militar occidental en Oriente Medio, sino como uno de sus puntos más vulnerables. Cada dron interceptado reduce daño inmediato, pero no reduce el mensaje estratégico del atacante.

La marca de la ambigüedad

La Resistencia Islámica en Irak no es un actor institucional del Estado iraquí, pero tampoco es un grupo marginal fácil de aislar. Se trata de una marca operativa bajo la que actúan milicias proiraníes vinculadas al ecosistema de las Popular Mobilisation Forces (PMF), la estructura paramilitar que emergió en 2014 contra Estado Islámico y cuya legitimidad fue codificada por ley en 2017. El diagnóstico es inequívoco: Bagdad convive con fuerzas que forman parte del paisaje estatal y, al mismo tiempo, conservan márgenes de autonomía suficientes para empujar al país hacia una guerra que oficialmente no quiere librar.

Ese diseño ofrece ventajas a todos los implicados. A las milicias, porque les permite atacar sin comprometer formalmente al Gobierno. A Teherán, porque le da profundidad estratégica y negación plausible. Y a Bagdad, al menos en teoría, porque le permite fingir una separación entre Estado y facciones armadas que en la práctica resulta cada vez menos creíble. Sin embargo, cuando una organización de este entorno asegura haber lanzado docenas de drones contra bases de EEUU, lo que queda expuesto no es solo la amenaza militar, sino la incapacidad estructural del Estado iraquí para monopolizar la fuerza.

Bagdad atrapado entre dos alianzas

Irak comparte con Irán su frontera terrestre más importante y, al mismo tiempo, mantiene con Estados Unidos una relación estratégica en materia de seguridad. Esa dualidad, que durante años permitió a Bagdad maniobrar, hoy se ha convertido en una trampa. Al Jazeera resumía esta semana la situación con una idea demoledora: el país se ha transformado en un “campo de batalla de doble vía” entre las facciones armadas y Estados Unidos. No es una metáfora exagerada. En Bagdad ya han sido atacados centros logísticos próximos al aeropuerto, instalaciones diplomáticas y hasta la sede del servicio de inteligencia iraquí, donde murió un agente.

La reacción del Gobierno refleja ese encierro estratégico. Tras los últimos bombardeos y ataques cruzados, el Ejecutivo iraquí anunció que convocaría al encargado de negocios de EEUU y al embajador iraní, una decisión que revela hasta qué punto Bagdad se siente rehén de dos potencias de las que depende por razones distintas. No quiere ser plataforma de guerra de nadie, pero carece de capacidad real para impedir que su territorio lo sea. Esa es la fractura central del momento.

El precedente que lo explica

El repunte actual no surge de la nada. Desde el estallido de la guerra de Gaza en octubre de 2023, grupos respaldados por Irán habían atacado bases estadounidenses en Irak y Siria al menos 166 veces a comienzos de febrero de 2024. Poco después, un dron golpeó el puesto jordano-estadounidense de Tower 22 y causó la muerte de tres soldados estadounidenses, en el episodio más grave de esa primera oleada. Según Al Jazeera, el balance de aquella campaña incluía ya unos 170 ataques y 143 estadounidenses heridos.

La lección del pasado es relevante porque desmonta la idea de que estas acciones son puramente tácticas. La motivación de fondo, como explicaban analistas citados entonces, era forzar la retirada de EEUU de Irak y Siria. Ahora el contraste es aún más duro: Washington y Bagdad habían acordado en septiembre de 2024 poner fin a la misión militar de la coalición contra ISIS en Irak no más tarde de septiembre de 2025, para pasar a una relación bilateral de seguridad. Pero la transición no ha traído menos riesgo; ha dejado, más bien, una presencia más concentrada y simbólicamente más rentable como objetivo.

Bases, drones y ejecución escalonada

La secuencia de esta semana muestra una pauta cada vez más clara. Primero, ataques con drones y cohetes sobre infraestructuras de EEUU o vinculadas a su presencia. Después, represalias o bombardeos contra posiciones de las PMF. Y finalmente, una ampliación del perímetro de riesgo hacia instalaciones estrictamente iraquíes. El ejemplo más contundente llegó en Anbar: un ataque aéreo sobre la base de Habbaniyah dejó siete muertos y 13 heridos, un día después de otro golpe que había matado a 15 combatientes, entre ellos un comandante.

Lo más grave es que la frontera entre objetivo paramilitar y objetivo estatal empieza a desdibujarse. El propio reportaje de Al Jazeera subrayaba que las PMF comparten base con miembros del ejército regular y reciben financiación pública. El contraste con otras crisis regionales resulta demoledor: cuando el campo de batalla se incrusta dentro del aparato de seguridad nacional, la escalada deja de ser un choque periférico y pasa a cuestionar la integridad misma del Estado. Irak ya no solo sufre ataques sobre su suelo; empieza a sufrir ataques sobre su propia arquitectura institucional.

El petróleo entra en la ecuación

Para un país que obtiene alrededor del 90% de sus ingresos públicos del petróleo, el desbordamiento militar tiene una derivada económica inmediata. Al Jazeera informó de que el Ministerio de Petróleo iraquí declaró la fuerza mayor en yacimientos operados por compañías extranjeras por las disrupciones en el estrecho de Ormuz, lo que ha frenado la mayor parte de las exportaciones de crudo. Este hecho revela una vulnerabilidad crítica: Irak no solo teme el impacto de las bombas, sino el colapso de la cadena financiera que sostiene salarios, subsidios y gasto público.

El efecto dominó puede ser mucho mayor. En el día 26 de la guerra, Al Jazeera cifraba en 2.000 buques y 20.000 marinos el atasco o la disrupción operativa vinculada a Ormuz. Para Bagdad, eso significa menos exportaciones, más presión presupuestaria y un riesgo añadido de inestabilidad interna. La consecuencia es clara: cada ataque contra una base de EEUU ya no altera solo el tablero militar, también tensiona el precio de la energía, deteriora la confianza inversora y reduce el margen de maniobra de un Estado que vive del flujo constante de petróleo al exterior.