Las milicias iraquíes elevan a 19 los ataques contra EEUU
La nueva ofensiva atribuida a la llamada Resistencia Islámica en Irak confirma que Bagdad ha dejado de ser retaguardia: ahora es un frente activo de la guerra regional, con drones, bases estadounidenses bajo presión y un impacto económico que ya se traslada al petróleo.
La llamada Resistencia Islámica en Irak aseguró en la madrugada del martes que lanzó 19 ataques contra bases de Estados Unidos en Irak y otros puntos de la región mediante decenas de drones. La cifra, difundida por medios árabes próximos al eje proiraní, no ha sido confirmada de forma independiente. Pero llega después de una secuencia verificable de hechos: ataques sobre Camp Victory, golpes contra Erbil, una protesta formal de Bagdad por un bombardeo atribuido a Washington y la orden del Departamento de Estado para evacuar al personal no esencial de Irak.
Una cifra sin verificación, pero con una lógica clara
La reclamación de 19 golpes en una sola noche encaja con la dinámica que se viene observando desde marzo: acumulación de ataques, multiplicación de siglas milicianas y uso intensivo del dron como herramienta de presión política. Al Jazeera ya describía el 23 de marzo a Irak como un “campo de batalla a dos bandas”, atrapado entre los ataques de Washington a grupos alineados con Irán y la respuesta de esas milicias contra instalaciones estadounidenses. En ese mismo patrón, Saraya Awliya al-Dam aseguró recientemente haber ejecutado seis operaciones contra bases de EEUU en 24 horas, mientras otras facciones reivindicaban acciones sobre Erbil y Camp Victory sin que se conociera un balance público concluyente de daños o víctimas. La consecuencia es clara: incluso cuando las cifras concretas no pueden certificarse, el volumen de reclamaciones y la frecuencia de los ataques revelan una escalada real, organizada y sostenida.
Bagdad ya no puede fingir neutralidad
El problema para el Gobierno iraquí es que esta guerra ya no se libra en la periferia. El 25 de marzo, Bagdad acusó a Estados Unidos de haber atacado una clínica militar en Habbaniyah, en la provincia de Anbar, con un balance de siete soldados muertos y 13 heridos. Washington negó haber bombardeado una instalación médica, pero el choque diplomático fue inmediato y expuso hasta qué punto la relación bilateral se está deteriorando. Aquí está el núcleo del problema: Irak necesita a EEUU para sostener parte de su arquitectura de seguridad y, al mismo tiempo, convive con grupos armados integrados en el ecosistema político y militar del país que convierten cualquier represalia estadounidense en una crisis de soberanía. No permitiremos que nadie arrastre a Irak al horno de las guerras, vino a advertir Mohamed Shia al Sudani al defender que la paz y la guerra deben quedar en manos del Estado. El diagnóstico, sin embargo, hoy parece bastante menos sólido que el discurso oficial.
La retirada pactada se está convirtiendo en una ficción
Lo más revelador de esta fase es que coincide con el calendario de repliegue que Washington y Bagdad habían presentado como una transición ordenada. El acuerdo bilateral contemplaba concluir la misión militar de la coalición en Irak no más tarde de septiembre de 2025 y pasar a una fase final de reconfiguración que, según explicó Al Sudani a Reuters, debía cerrarse en septiembre de 2026. Sobre el papel, la hoja de ruta buscaba transformar una presencia militar heredada de la lucha contra Estado Islámico en una relación de seguridad más limitada y bilateral. Sobre el terreno, la realidad es otra: la propia Resistencia Islámica en Irak ha llegado a afirmar que fuerzas estadounidenses y de la OTAN ya han completado su retirada de Camp Victory, cerca del aeropuerto de Bagdad, y amenaza con impedir cualquier regreso. El contraste con la narrativa oficial resulta demoledor. Lo que iba a ser una transición negociada corre el riesgo de convertirse en una retirada forzada por saturación.
La guerra del dron barato cambia toda la ecuación
Esta fase del conflicto no se entiende sin la mutación táctica. El dron ofrece bajo coste, capacidad de saturación, negación plausible y una enorme rentabilidad política. No hace falta destruir una base para alterar la percepción del riesgo; basta con demostrar que puede ser alcanzada repetidamente. El propio Departamento de Estado lo resume de manera casi burocrática, pero el mensaje es devastador: el 2 de marzo de 2026 ordenó la salida del personal no esencial de Irak y advirtió de que las milicias antiestadounidenses amenazan a ciudadanos y empresas internacionales, mientras ataques con explosivos improvisados, fuego indirecto y vehículos aéreos no tripulados se producen incluso en grandes ciudades. Este hecho revela algo más profundo: la ofensiva no solo busca castigar a Washington, sino encarecer toda la presencia occidental en Irak, desde la diplomacia hasta la logística, los seguros, los contratistas y la inversión privada. El dron no gana guerras por sí solo, pero puede volverlas demasiado costosas para sostenerlas.
El petróleo vuelve al centro del tablero
La dimensión económica es todavía más sensible. Irak había logrado reanudar el 18 de marzo las exportaciones de crudo del norte a través de Ceyhan, reabriendo el flujo desde Kirkuk tras casi tres años de suspensión. Era una señal de normalización en un país que intentaba vender estabilidad y atraer capital. De hecho, Al Sudani presumía en noviembre de estar preparando con GE un proyecto de 24.000 megavatios y de negociar con Chevron y ExxonMobil nuevas inversiones energéticas. Pero el tablero regional ha girado con violencia: AP señala que la guerra ha alterado los viajes aéreos, perturbado las exportaciones petroleras y disparado los precios del combustible, mientras The Guardian cifra en 51% el alza del Brent en marzo, desde 72,48 dólares el 27 de febrero hasta 112,57 dólares al cierre del 29 de marzo, con un pico intradía de 119,50 dólares. El contraste es brutal: Bagdad intenta atraer inversión de largo plazo mientras el mercado vuelve a valorar Oriente Próximo en clave de interrupción, riesgo y escasez.