Netanyahu celebra la muerte del “jefe militar” de Hamás en Gaza

Israel y Hamás confirman la muerte de Izz al-Din al-Haddad, señalado como uno de los artífices del 7-O, mientras la tregua se erosiona y los mercados vuelven a poner precio al riesgo regional.

Benjamin Netanyahu
Benjamin Netanyahu

La muerte de Izz al-Din al-Haddad llega con el sello de las operaciones que Israel presenta como “decisivas” y Hamás denuncia como “asesinatos”. El Ejército israelí asegura que el ataque lo eliminó el viernes; Hamás, esta vez, lo confirmó. No es un nombre cualquiera: según Israel, era uno de los últimos mandos con peso real en Gaza y uno de los responsables de la planificación del 7 de octubre, que dejó alrededor de 1.200 muertos en Israel y más de 250 secuestrados.

La escenografía es igual de significativa que el objetivo. Mientras Netanyahu y su Gobierno exhiben el golpe como prueba de “control” militar, el alto el fuego vuelve a parecer una etiqueta sin contenido: Gaza acumula ya más de 850 fallecidos desde que la tregua entró en vigor en octubre, según el Ministerio de Sanidad del enclave citado por agencias. La consecuencia es clara: cada muerte reordena la negociación de rehenes, alimenta la escalada y encarece el riesgo.

Un anuncio con mensaje para dentro y fuera

La celebración pública no es un detalle menor: busca fijar una idea de eficacia en un conflicto enquistado y con múltiples frentes. Israel presenta a al-Haddad como un “objetivo mayor”, y lo coloca en el mismo plano político que los rehenes y la disuasión: demostrar que no hay santuario posible en Gaza. Al mismo tiempo, Hamás intenta convertir la pérdida en munición simbólica: mártir, funeral multitudinario y continuidad. Ese choque de narrativas no se mide solo en propaganda; también condiciona el margen de maniobra de los mediadores, porque endurece posiciones y eleva el coste de cualquier concesión.

Haddad, el relevo que concentraba poder en la Franja

Al-Haddad había ascendido tras la muerte de Mohammed Sinwar, según la versión israelí, y aparecía descrito como jefe del ala militar en Gaza y miembro de estructuras de mando clave. En el terreno, ese perfil importa: no es lo mismo eliminar a un portavoz que a un dirigente con capacidad operativa y autoridad sobre brigadas, logística y disciplina interna. La propia confirmación de Hamás —infrecuente cuando hay dudas— sugiere que el impacto interno era imposible de ocultar. Y el detalle del ataque, con víctimas en su entorno familiar, refuerza la lectura de “golpe de precisión” que Israel quiere proyectar y la de “castigo indiscriminado” que Hamás busca internacionalizar.

Decapitación y rehenes: presión, pero no solución automática

Israel lleva años apostando por la “decapitación” como atajo estratégico: eliminar mandos para erosionar capacidades y forzar una negociación en mejores términos. Sin embargo, el historial es ambiguo: las organizaciones se adaptan, fragmentan el mando y, a menudo, endurecen su postura en el corto plazo. Aquí, la variable decisiva sigue siendo el intercambio de rehenes y el dilema del desarme. La tregua, según fuentes diplomáticas, se atasca precisamente en ese punto: Israel exige garantías sobre la neutralización militar de Hamás; Hamás se resiste a entregar la última palanca que le queda. Entre medias, cada operación “exitosa” puede reducir capacidades… o hacer más difícil la salida política.

Norte caliente y treguas de papel: el riesgo de contagio

Lo más grave es el efecto dominó regional. En paralelo, Israel y Líbano han acordado extender una tregua 45 días para seguir negociando, pero las horas posteriores dejaron un recordatorio incómodo: ataques en el sur del Líbano con al menos seis muertos, incluidos sanitarios, según medios internacionales. La lectura es inmediata: si la frontera norte se recalienta, la presión sobre Washington aumenta y el margen para que la guerra quede “contenida” se reduce. En estas condiciones, cada muerte de alto perfil en Gaza no cierra un capítulo; abre la posibilidad de que otros actores —Hezbolá, milicias afines, patrocinadores— recalculen su respuesta.

Mercados en guardia: petróleo, divisa y seguros de guerra

La economía no espera a los comunicados militares: reacciona al riesgo. El petróleo es el termómetro más visible. Hace apenas unos días, el Brent llegó a repuntar casi un 6% hasta 114,44 dólares en un episodio de tensión en Ormuz, un precedente que explica por qué los inversores siguen pagando prima por cualquier chispa en Oriente Próximo. En paralelo, el transporte marítimo vive bajo la amenaza de interrupciones y pólizas cada vez más discutidas: las aseguradoras alertan de grietas en la cobertura de “guerra” y de cómo los conflictos están reescribiendo el coste de mover mercancías. Incluso el tipo de cambio acompaña el pulso: el USD/ILS cotizaba en el entorno de 2,90-2,92 por dólar, una estabilidad aparente que no elimina la volatilidad latente cuando sube la tensión.

El coste futuro: una reconstrucción sin carril político

Más allá del parte de guerra, el saldo acumulado es devastador. Gaza, según el recuento del Ministerio de Sanidad del enclave citado por agencias, supera los 72.700 muertos desde el inicio de la ofensiva israelí; Israel insiste en la distinción entre milicianos y civiles, pero el daño estructural —vivienda, sanidad, infraestructuras— ya es una losa económica de años. En ese contexto, la eliminación de al-Haddad puede alterar la cadena de mando, pero no resuelve el problema central: quién gobierna, quién garantiza seguridad y quién paga la reconstrucción. Y sin ese carril político, el conflicto seguirá produciendo lo mismo: escaladas, treguas frágiles y un mercado global obligado a poner precio, una y otra vez, al riesgo.

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