El primer ministro israelí endurece su discurso en plena reactivación de las negociaciones entre Washington y Teherán

Netanyahu exige desmantelar por completo el programa nuclear de Irán

Netanyahu

La advertencia llegó envuelta en una condición casi imposible de asumir para Teherán. Desde un foro de líderes judíos en Estados Unidos, Israel elevó el listón: cualquier acuerdo con Irán debe incluir el desmantelamiento total de su infraestructura nuclear, no solo una pausa en el enriquecimiento de uranio. En paralelo, recordó que el Ejército israelí solo ha destruido 150 de los 500 kilómetros de túneles de Hamás en Gaza, y que el “eje del terror” —Irán y sus milicias aliadas— debe ser “dismantelado” por completo. Todo ello mientras el Gobierno de Estados Unidos prepara una segunda ronda de conversaciones nucleares con Teherán en Ginebra y contempla, en paralelo, un escenario de guerra prolongada. El contraste entre la presión diplomática y la retórica maximalista de Jerusalén dibuja un tablero en el que un error de cálculo podría empujar a la región a un nuevo conflicto a gran escala.

Una exigencia máxima en plena cuenta atrás nuclear

El mensaje central de Netanyahu fue inequívoco: no basta con detener el enriquecimiento; hay que desmontar la máquina que lo hace posible. “Todo el enriquecimiento tiene que salir de Irán. No debe quedar capacidad de enriquecimiento”, resumió ante la Conferencia de Presidentes de las principales organizaciones judías estadounidenses.

La exigencia llega en un contexto particularmente delicado. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Irán ha enriquecido uranio hasta el 60 % de pureza, un paso corto respecto al 90 % considerado grado militar, y ha llegado a acumular material suficiente como para varios artefactos nucleares si se purifica aún más.
Teherán insiste en que su programa tiene fines civiles, pero su historial de incumplimientos y la opacidad en sitios clave como Natanz y Fordow alimentan la desconfianza de Israel y de las potencias occidentales.

La consecuencia es clara: mientras Washington explora una fórmula de contención —permitir cierto enriquecimiento bajo límites estrictos y verificación reforzada—, Jerusalén se atrinchera en la idea de cero centrifugadoras, cero uranio enriquecido, cero margen de duda.
Ese choque de posiciones convierte las negociaciones que se reanudan esta semana en Ginebra en una carrera contrarreloj, con la región armándose en paralelo por si la vía diplomática fracasa.

Un acuerdo casi imposible: entre la dilución y el desmantelamiento

Del lado iraní, la línea roja es igualmente tajante: renunciar por completo al enriquecimiento no está sobre la mesa. Teherán ha llegado a ofrecer diluir parte de su stock de uranio al 60 % a cambio del levantamiento total de las sanciones financieras, pero se niega a enviar ese material al extranjero o a cerrar sus principales instalaciones.

Estados Unidos, por su parte, llega a la cita con un doble objetivo: rebajar la tensión y arrancar concesiones verificables que reduzcan el riesgo de proliferación, sin repetir los errores del acuerdo de 2015 ni desencadenar otra guerra. La Administración Trump —que abandonó aquel pacto en 2018— ha señalado que podría tolerar un enriquecimiento limitado y fuertemente monitorizado, pero bajo un nuevo marco con cláusulas de inspección mucho más intrusivas y mecanismos de “snapback” de sanciones automáticos.

En ese tablero, la postura israelí complica cualquier compromiso. Si Washington se acerca a la demanda de “desmantelamiento total”, la probabilidad de que Irán abandone la mesa aumenta exponencialmente. Si, por el contrario, acepta un programa reducido y vigilado, Netanyahu puede presentar el resultado como un “mal acuerdo” que deja al régimen a un “paso del arma nuclear”. El diagnóstico es inequívoco: la brecha entre la posición negociadora estadounidense y el maximalismo israelí nunca ha sido tan visible.

Misiles, túneles y el “eje del terror”

Netanyahu no se limitó al expediente nuclear. Recalcó que cualquier acuerdo que deje intacto el programa de misiles balísticos de Irán sería, a su juicio, papel mojado. Ese arsenal, capaz de alcanzar objetivos en todo Oriente Medio y de transportar —en un escenario extremo— cabezas de alto potencial explosivo, es visto en Jerusalén como el verdadero multiplicador del riesgo estratégico.

El primer ministro encajó esa pieza en un marco más amplio: el del llamado “eje del terror”, que en la narrativa israelí conecta a Teherán con milicias como Hamás en Gaza, Hizbulá en Líbano o los hutíes en Yemen. El mensaje fue que ningún alivio sancionador debe aliviar en la práctica la capacidad de Irán para seguir financiando y armando a esos actores.

En Gaza, Netanyahu presumió de avances: Israel ha destruido 150 kilómetros de un entramado de túneles que estima en 500 kilómetros, es decir, apenas un 30 % de la red subterránea que utiliza Hamás para mover combatientes, armas y rehenes sin exposición aérea.
El contraste con la realidad sobre el terreno es incómodo: casi un año y medio de ofensiva, decenas de miles de muertos y una infraestructura civil devastada no han eliminado todavía la columna vertebral militar de la organización islamista. La lectura en Jerusalén, sin embargo, es que la campaña debe continuar “hasta el final”, incluso si la comunidad internacional reclama un alto el fuego.

El giro sobre la ayuda militar estadounidense

En medio de esta escalada retórica, Netanyahu introdujo un elemento disruptivo: Israel quiere prescindir de la ayuda militar estadounidense en el plazo de diez años. Hoy, el memorando vigente garantiza a Jerusalén 3.800 millones de dólares anuales en asistencia, casi toda destinada a la compra de armamento y sistemas de defensa fabricados en Estados Unidos, y que expira en 2028.

El primer ministro presentó la propuesta como una transición “de la ayuda a la asociación plena”, apoyándose en la fortaleza relativa de la economía israelí, cuyo PIB roza ya los 550.000 millones de dólares y destina en torno al 5 % a gasto en defensa. La idea seduce a los sectores más nacionalistas de su coalición y permitiría a Israel ganar margen para diversificar proveedores o impulsar aún más su propia industria militar.

Sin embargo, este hecho revela una paradoja: mientras Netanyahu reclama más presión, más garantías y más alineamiento frente a Irán, su plan a medio plazo pasa por reducir uno de los principales instrumentos de influencia de Washington sobre Israel. En términos prácticos, la ayuda estadounidense actúa hoy como un cordón umbilical político y tecnológico; cortarlo haría a Jerusalén algo más autónoma… y a la vez menos condicionada a la hora de decidir sobre operaciones de alto riesgo, como un ataque preventivo contra instalaciones iraníes.

Trump, los ataques preventivos y la sombra de una nueva guerra

La dimensión más inquietante del contexto actual no está solo en los discursos, sino en los planes de contingencia. Según reveló CBS News y han confirmado varias agencias, el presidente Donald Trump dijo a Netanyahu en una reunión en Florida, en diciembre de 2025, que respaldaría ataques israelíes contra el programa de misiles iraní si fracasan las negociaciones.

En paralelo, el Pentágono estudia cómo apoyar una hipotética segunda oleada de ataques contra infraestructuras nucleares y de misiles, tras la guerra de 12 días del pasado junio en la que Estados Unidos ya participó en bombardeos selectivos sobre instalaciones iraníes.
Sobre la mesa están opciones como el reabastecimiento aéreo, la guerra electrónica o la presión diplomática para obtener permisos de sobrevuelo de países como Jordania, Arabia Saudí o Emiratos, que hasta ahora se han resistido públicamente a implicarse.

El diagnóstico es claro: mientras se habla de un “buen acuerdo posible” en Ginebra, las capitales implicadas se preparan ya para el escenario contrario. El despliegue de un segundo portaaviones estadounidense en la región y el aumento de la presencia aérea y naval apuntan a una estrategia de “negociar con la pistola sobre la mesa”, con riesgos evidentes de escalada por accidente, error de inteligencia o cálculo político interno.