Netanyahu pone el cambio de régimen como objetivo del ataque a Irán
La madrugada de este 28 de febrero de 2026 ha abierto un nuevo capítulo —y uno de los más peligrosos— en Oriente Próximo. Estados Unidos e Israel han iniciado una ofensiva que Washington describe como “masiva y en curso”, con explosiones reportadas en Teherán y en otras ciudades iraníes. En paralelo, el propio aparato estatal iraní ha activado medidas de emergencia: la agencia IRNA informó del cierre del espacio aéreo durante seis horas, en un contexto en el que también Israel ha restringido su tráfico civil y ha elevado su preparación sanitaria y de protección civil. El dato que lo cambia todo, sin embargo, no es solo militar. Es político: Benjamin Netanyahu ha vinculado abiertamente el objetivo de la operación a la caída del régimen de los ayatolás, llevando la escalada a un terreno históricamente asociado a guerras largas, volatilidad energética y choques financieros.
El mensaje emitido desde Washington marca el tono. Donald Trump confirmó “major combat operations” y presentó el plan como una campaña para destruir la infraestructura de misiles de Irán y neutralizar “amenazas inminentes” del régimen. En Jerusalén, el relato encaja: Israel habla de acción preventiva y de la necesidad de reducir una amenaza “existencial”.
El terreno ofrece pistas sobre la dimensión. Según reportes oficiales iraníes citados por medios internacionales, las explosiones comenzaron alrededor de las 9:30 hora local en Teherán, y se extendieron a Qom, Lorestan, Kermanshah, Karaj y Tabriz. No es un golpe quirúrgico, sino una señal de alcance territorial.
En ese marco, el Wall Street Journal ha informado de que la planificación contempla “varios días” de ataques intensivos. Este detalle es clave: si la ventana se alarga, la economía global empieza a descontar no solo el riesgo bélico, sino el riesgo de disrupción comercial y de repunte inflacionario en energía y transporte.
El objetivo político: “terminar con el régimen”
Netanyahu ha elevado el listón con una formulación explícita: la operación busca “poner fin” a la amenaza del régimen iraní, y ha sugerido que el resultado debe abrir paso a un cambio de poder en Teherán. En términos de comunicación estratégica, es una declaración con dos destinatarios: el aparato militar iraní y la sociedad iraní.
La frase más reveladora no habla de misiles, sino de legitimidad: “Nuestra acción conjunta creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome su destino en sus manos”. El giro no es menor: cuando una potencia plantea “condiciones” para que un país cambie su gobierno, el conflicto deja de ser una disputa por capacidades militares y pasa a ser una pugna por el control del Estado.
Además, la logística del poder en Teherán ya refleja el shock. Según lo recogido por The Guardian a partir de fuentes oficiales, el líder supremo Ali Jamenei fue trasladado a una ubicación segura fuera de la capital. Ese movimiento refuerza la percepción de que la cúpula interpreta la ofensiva como algo más que una advertencia.
Misiles balísticos, disuasión y escalada
El componente militar que se exhibe es el programa de misiles. Trump ha insistido en “arrasar” la industria misilística iraní; Netanyahu, en destruir emplazamientos que amenazan a Israel y a Estados Unidos. El mensaje de disuasión pretende cortar dos vectores: la capacidad de golpeo directo y la proyección regional a través de aliados y milicias.
El problema es la simetría del riesgo. Cuanto más se golpee una infraestructura estratégica, más incentivos tiene el adversario para responder de forma asimétrica: ataques con drones, ciberoperaciones, sabotajes o presión sobre rutas marítimas. Y aquí aparece el punto más sensible para la economía mundial: el tránsito energético.
A la vez, Israel ha elevado su preparación interior. El Washington Post informó de que hospitales comenzaron a trasladar pacientes a zonas protegidas —incluso aparcamientos subterráneos— y a dar altas para liberar capacidad, en previsión de represalias. La consecuencia es clara: el Gobierno israelí descuenta que el intercambio no será de una sola noche.
El tablero interno iraní
Todo intento de “cambio de régimen” se enfrenta al mismo dilema: la caída política no se produce por declaración externa, sino por ruptura interna. En el corto plazo, el golpe puede reforzar la cohesión del aparato de seguridad y justificar una represión más dura. Pero también puede acelerar fracturas si el coste económico y social se dispara.
En este punto, el contexto doméstico importa. Informes de seguimiento sobre la situación interna iraní han señalado la existencia de protestas y tensión social sostenida en las últimas semanas, con focos particularmente visibles en entornos universitarios. Si la ofensiva se prolonga, el régimen podría optar por un doble movimiento: cierre informativo y endurecimiento; o concesiones selectivas para evitar una explosión social.
Sin embargo, lo más grave para Teherán suele ser la economía. La combinación de sanciones, presión cambiaria y deterioro de ingresos por exportaciones es el terreno donde la estabilidad se vuelve frágil. Por eso, más allá de las bombas, el objetivo real puede estar en asfixiar la capacidad del Estado para pagar lealtades y sostener su red regional.
Hormuz: el cuello de botella que manda en los precios
Si hay un indicador que sintetiza el riesgo global, es el estrecho de Ormuz. La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) estima que en 2024 circularon por esa vía unos 20 millones de barriles al día, aproximadamente el 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Además, alrededor de un 20% del comercio mundial de GNL transitó por el mismo punto.
Este hecho revela por qué una escalada sostenida se traduce en una prima de riesgo inmediata. La EIA ya documentó que, en episodios de tensión previos, el Brent subió de 69 a 74 dólares en un solo día (12 al 13 de junio, en un contexto regional inflamable). No hace falta que Ormuz se cierre: basta con que aumenten los seguros, la incertidumbre y el coste de escoltas y desvíos.
BloombergNEF ha puesto cifras al escenario extremo: si se eliminan exportaciones iraníes del mercado desde febrero, el Brent podría promediar 71 dólares en el segundo trimestre; si la disrupción se prolonga, podría escalar hasta 91 dólares a finales de 2026. El diagnóstico es inequívoco: el conflicto no solo se mide en misiles, sino en inflación.
Europa y España ante un shock energético
El contraste con otras regiones resulta demoledor: Europa llega a este choque con una sensibilidad especial a la energía, después de años de volatilidad y de reajustes de suministro. Un repunte sostenido del crudo y del gas licuado no se queda en los mercados; se filtra a transporte, fertilizantes, industria electrointensiva y, finalmente, al IPC.
Para España, el impacto puede ser doble. Por un lado, un encarecimiento del petróleo presiona combustibles y logística, y afecta a márgenes empresariales —desde distribución hasta turismo—. Por otro, la tensión sobre el GNL global, si se complica Ormuz, reordena flujos y precios en un mercado donde Europa compite con Asia.
En paralelo, el entorno financiero suele reaccionar con un guion conocido: refugio en dólar, oro y deuda de alta calidad, y castigo a activos cíclicos. La experiencia reciente demuestra que el impacto es tanto psicológico como real: en geopolítica, el precio se mueve antes de que falte el barril. La consecuencia es clara: aunque la oferta no se interrumpa, la economía paga la incertidumbre.