Nóminas no agrícolas al límite: incertidumbre, Trump y el fin del empleo federal sacuden el mercado laboral estadounidense
La tasa de paro baja al 4,4%, pero la U6 sube al 8,4% y la población activa se encoge mientras la Casa Blanca fuerza el tablero energético y presiona a la Reserva Federal
El primer informe de empleo de 2026 en Estados Unidos ha dejado una estampa tan paradójica como inquietante. La economía apenas creó 50.000 nóminas no agrícolas, por debajo de las previsiones y de cualquier ritmo de crecimiento sólido, pero la tasa de paro bajó al 4,4%.
Lejos de ser un signo de fortaleza incuestionable, los detalles del informe muestran un mercado laboral que se sostiene en la cuerda floja, con una población activa menguante y una tasa U6 —la que mide la infrautilización del trabajo— repuntando al 8,4%.
Sobre este terreno inestable, el factor político añade gasolina: recortes en el empleo federal tras el cierre del Gobierno, la presión directa de Donald Trump sobre el petróleo venezolano y una Reserva Federal atrapada entre las cifras y la interferencia.
La narrativa oficial habla de solidez y resiliencia; los datos, en cambio, dibujan un país que corre el riesgo de entrar en una zona gris de estancamiento disfrazado de aparente normalidad estadística.
Un dato que desconcierta a mercados y analistas
El titular es engañoso: paro a la baja, empleo que crece. Sobre el papel, el informe podría leerse como una confirmación de que Estados Unidos esquiva, una vez más, el fantasma de la recesión. Pero el mercado ha aprendido a mirar más allá del titular.
La creación de 50.000 empleos está por debajo de las expectativas y muy lejos de los ritmos de 150.000-200.000 que se asociaban a una economía robusta hace apenas dos años. Detrás del dato hay revisiones a la baja en meses anteriores, un patrón que revela que la desaceleración no es un accidente puntual, sino una tendencia.
Que el paro caiga al 4,4% en este contexto no es tanto una señal de vigor como un síntoma de que parte de la población abandona la búsqueda de empleo o acepta trabajos de menor calidad y jornada. La aparente fortaleza del indicador U3 —la tasa de paro oficial— convive con grietas cada vez más visibles en los márgenes del mercado laboral.
El resultado es un informe que deja a la Fed y a Wall Street en una posición incómoda: demasiada debilidad para cantar victoria, pero no tanta como para justificar aún un giro drástico de política monetaria.
Una creación de empleo que ya no basta
La cifra de 50.000 nóminas no es dramática en sí misma, pero sí lo es la trayectoria que refleja. Después de varios meses encadenando datos débiles y revisiones a la baja, el mercado laboral se aleja del relato de “desaceleración suave” y se acerca a una realidad menos amable: una economía que sigue creando empleo, pero a un ritmo insuficiente para absorber a nuevos entrantes y retornados.
La composición sectorial refuerza esta lectura. Mientras algunos servicios —como ocio u hostelería— logran mantener cierto pulso, otros segmentos más sensibles al ciclo, como el comercio minorista o parte de la industria, muestran señales de ajuste. La ausencia de un motor claro de creación de empleo deja al conjunto del mercado en una fase de transición con más dudas que certezas.
En otras épocas, este tipo de datos habría disparado las apuestas por recortes agresivos de tipos. Hoy, con una inflación aún por encima del objetivo y una Fed bajo presión política, el margen de maniobra es menor. La tensión entre lo que exigiría el empleo y lo que tolera la inflación se hace cada vez más evidente.
U6 al alza: la cara oculta del paro
La estadística que más inquieta a los economistas no es la U3, sino la U6, que integra a quienes han dejado de buscar trabajo desanimados, a los trabajadores a tiempo parcial involuntarios y a otras categorías de subempleo. Su repunte al 8,4% envía un mensaje inequívoco: crece el malestar silencioso en la base del mercado laboral.
Detrás de ese número hay millones de personas que quisieran trabajar más horas, mejorar sus salarios o regresar plenamente al mercado, pero que no lo consiguen. Este aumento de la infrautilización refleja una mezcla de desánimo y precariedad que no se captura en los discursos oficiales sobre “paro históricamente bajo”.
Al mismo tiempo, la tasa de participación se retrae, señal de que una parte de la población en edad de trabajar se retira temporal o permanentemente de la búsqueda activa. El descenso aparente del paro, en estas condiciones, es estadístico más que real: menos gente se cuenta como desempleada porque, sencillamente, ha abandonado el radar de las encuestas.
Este hecho revela una economía que empieza a convivir con un núcleo duro de trabajadores desenganchados del sistema, un fenómeno que tiene no solo implicaciones económicas, sino también políticas y sociales de calado.
Empleo federal en retroceso y mapa político en ebullición
A este cuadro se suman los efectos del cierre del Gobierno federal, que ha derivado en recortes y congelaciones en el empleo público. El ajuste en las nóminas federales no solo resta puntos al total, sino que envía una señal de inseguridad institucional en áreas que tradicionalmente actuaban como amortiguador en épocas de desaceleración.
Históricamente, un sector público estable y expansivo ha suavizado los vaivenes del ciclo en Estados Unidos. Hoy, en cambio, la contracción del empleo federal añade una capa de incertidumbre a un mercado laboral ya tensionado. Los trabajadores perciben que ni siquiera el Estado garantiza una trayectoria previsible, y eso afecta tanto a decisiones de consumo como de inversión en capital humano.
El protagonismo de Trump en este contexto no es menor. Sus pulsos presupuestarios, el uso recurrente del cierre gubernamental como herramienta de presión y el énfasis en recortes selectivos introducen ruido político en un ámbito que debería funcionar como ancla de estabilidad. La consecuencia es un entorno en el que la política y la macroeconomía se entrelazan hasta hacer indistinguible quién empuja a quién.
Trump, petróleo venezolano y el tablero de los tipos
En paralelo, la Casa Blanca mueve piezas en el frente energético. La inyección inesperada de 50 millones de barriles de petróleo venezolano en el mercado, en el marco del acuerdo tras la intervención militar en Caracas, se presenta como un gesto de “normalización” y alivio de precios. Pero su lectura va mucho más allá.
Al aumentar la oferta de crudo, Trump busca contener el precio internacional del petróleo y, con ello, moderar presiones inflacionistas que obligarían a la Fed a mantener o incluso endurecer los tipos. Es un juego de ajedrez económico en el que la energía se usa como palanca para condicionar la política monetaria y, por extensión, el coste de la financiación para empresas y hogares.
Si el movimiento tiene éxito y el precio del crudo se estabiliza o retrocede, se restará presión sobre la inflación general y se abrirá algo más de espacio para que la Fed contemple uno o dos recortes de tipos en la segunda mitad del año. Pero el coste geopolítico —desde la tutela de facto sobre la industria venezolana hasta la reacción de otros productores— puede pasar factura en otros frentes.
En todo caso, el mensaje es transparente: la administración no solo lee los datos, intenta moldearlos a través de decisiones de política exterior de alto impacto.
La Reserva Federal ante la barra del 5%
En el corazón del sistema, la Reserva Federal debe decidir entre seguir el guion de los modelos o adaptarse a un tablero cada vez más politizado. Con una inflación algo más contenida pero aún lejos del objetivo, y un mercado laboral que lanza señales mixtas, el consenso de mercado descuenta al menos dos bajadas de tipos a lo largo de 2026.
El relevo en la presidencia de la Fed añade una capa adicional de incertidumbre. La independencia formal de la institución convive con presiones explícitas desde la Casa Blanca, que busca abaratar el coste de la deuda pública y estimular el crédito de cara al ciclo electoral. El riesgo es que la Fed acabe percibida como un actor subordinado, lo que dañaría su credibilidad y, a medio plazo, su capacidad para anclar expectativas.
En este contexto, el rendimiento del bono a 30 años en torno al 5% se ha convertido en algo más que una referencia técnica: es una barrera psicológica para inversores, hipotecados y empresas. Superarla de forma sostenida implicaría un endurecimiento de las condiciones financieras difícil de conciliar con un mercado laboral ya debilitado; mantenerla controlada, en cambio, depende en parte del éxito de la narrativa de una Fed que “sabe lo que hace”.
El consumo privado, la verdadera línea roja
Más allá de gráficos y discursos, la variable que decidirá el próximo capítulo es el consumo privado, que representa en torno al 65% del PIB estadounidense. Sin un impulso claro del gasto de los hogares, cualquier expectativa de recuperación vigorosa se diluye. Y el informe de empleo es, en última instancia, un termómetro indirecto de esa capacidad de consumo.
Si los trabajadores perciben que sus empleos son más frágiles, sus horas más volátiles y sus salarios más inciertos, el reflejo natural será ahorrar más y gastar menos. Esa reacción defensiva, racional a escala individual, puede convertirse en un freno colectivo que empuje a la economía hacia una fase de crecimiento anémico, difícil de revertir solo con recortes de tipos.
La combinación de paro oficial bajo, U6 al alza y participación a la baja dibuja un escenario en el que el titular tranquilo convive con una realidad subterránea mucho más preocupante. La pregunta no es solo cuántos tienen trabajo, sino cuántos sienten que su empleo es suficiente, estable y bien remunerado como para sostener el consumo en el tiempo.
Sin respuestas sólidas a esa pregunta, ni la Fed ni la Casa Blanca podrán asegurar que Estados Unidos transita hacia una recuperación robusta y no hacia un estancamiento maquillado de normalidad estadística.