Kiev, otra vez a oscuras: ataque ruso deja sin agua ni luz a miles de vecinos
La capital de Ucrania vuelve a vivir cortes masivos de luz y agua en pleno invierno. Un ataque combinado de drones y misiles rusos contra la margen izquierda del río Dniéper ha dañado infraestructuras esenciales y dejado sin servicios básicos a amplias zonas de Kiev. El alcalde, Vitali Klitschko, confirmó que un edificio no residencial fue alcanzado y que al menos una persona resultó herida, mientras varios vehículos ardían en plena calle. La escena se repite: sirenas, explosiones, barrios enteros a oscuras y depósitos de agua vacíos cuando el termómetro se desploma por debajo de los –5 ºC. Pero esta vez la presión sobre el sistema es mayor: hospitales, colegios y empresas han tenido que reorganizarse a contrarreloj para sobrevivir a otro episodio de guerra energética. La ofensiva llega pocos días después de otros bombardeos sobre la red de suministro de la ciudad, que ya arrastraba daños severos. Las autoridades advierten de que los próximos meses serán decisivos para evitar un colapso prolongado de la infraestructura urbana.
Una ciudad que se queda sin servicios esenciales
El último ataque ruso se concentró en la orilla izquierda del Dniéper, en distritos como Dniprovskyi, donde las explosiones dañaron instalaciones no residenciales clave para la distribución de energía y agua. Klitschko informó de cortes generalizados en el suministro, acompañados de incendios en vehículos y almacenes, y confirmó al menos un herido en la zona afectada.
La pérdida simultánea de electricidad y agua tiene un efecto inmediato en la vida cotidiana: edificios que se quedan sin calefacción central, ascensores fuera de servicio, comercios obligados a cerrar y vecinos haciendo cola con garrafas en puntos de abastecimiento de emergencia. En muchos bloques, las bombas de agua dejan de funcionar a partir de la tercera planta, lo que convierte cada apagón en una carrera por llenar bañeras y cubos antes de que la presión desaparezca.
La situación es especialmente delicada para los hospitales de la margen izquierda, que dependen de generadores diésel para mantener operativas las unidades de cuidados intensivos y los quirófanos. Cada ataque obliga a consumir más combustible de reserva y adelanta el riesgo de desabastecimiento, en un momento en que las cadenas logísticas están bajo presión constante. La consecuencia es clara: cada día de cortes erosiona un poco más la resiliencia de la ciudad.
Apagones selectivos y escuelas cerradas: el nuevo protocolo de guerra
Para contener los daños y estabilizar la red, el Ayuntamiento ha activado un protocolo de emergencia que incluye apagones programados por barrios y el cierre de los colegios durante varias semanas. Las autoridades locales han decidido mantener la iluminación pública solo al 20 % de su capacidad, priorizando cruces críticos, accesos a hospitales y estaciones de metro, mientras el resto de la ciudad queda prácticamente a oscuras por la noche.
Esta estrategia persigue evitar un apagón total y repartir el impacto entre los distintos distritos. Sin embargo, tiene un coste social considerable. Las familias con niños ven cómo la educación vuelve a interrumpirse, esta vez no por los combates directos, sino por la imposibilidad de garantizar aulas mínimamente calientes y seguras. Muchas escuelas tratan de reconvertirse en “puntos de resiliencia”, ofreciendo refugio, comida caliente y conexión a internet cuando hay electricidad, pero no pueden operar a pleno rendimiento.
En paralelo, comercios, talleres y pequeñas empresas ajustan horarios para trabajar solo en las franjas con suministro. Al caer la noche, amplias zonas de Kiev quedan sumidas en una penumbra inquietante. “La ciudad parece otra, silenciosa y frágil”, resume un empresario local. Lo que antes era una metrópolis vibrante se ha convertido en una urbe que mide cada kilovatio consumido como si fuera oro.
El frente invisible de la guerra: energía y agua como armas
Los ataques sobre Kiev forman parte de una campaña sostenida de Moscú contra la infraestructura energética ucraniana. En los últimos meses, el patrón se ha repetido: oleadas de drones kamikaze y misiles de crucero que buscan subestaciones, depósitos de agua y centrales térmicas. En uno de los ataques masivos de finales de noviembre, Rusia llegó a lanzar casi 600 drones Shahed y más de 30 misiles contra el país, un volumen diseñado para saturar las defensas aéreas.
El objetivo no es solo militar. Al golpear la red eléctrica y de agua, el Kremlin busca romper la moral de la población civil, encarecer la reconstrucción y obligar al Gobierno ucraniano a destinar miles de millones de euros a reparar lo destruido, en lugar de invertir en desarrollo o en capacidades militares. Cada transformador destruido, cada estación de bombeo dañada, supone meses de trabajo y equipamiento que, en muchos casos, debe importarse.
Lo más grave es que esta guerra de desgaste se libra contra infraestructuras diseñadas para un uso civil intensivo, no para soportar explosiones repetidas. Ingenieros ucranianos hablan ya de un “agotamiento estructural” de partes de la red, obligadas a funcionar con soluciones provisionales y derivaciones de emergencia. Este hecho revela que, más allá de la línea del frente, la batalla por la energía es hoy uno de los frentes decisivos del conflicto.
Un invierno encadenado a los generadores
Las interrupciones de agua y electricidad no son un episodio aislado. A comienzos de enero, otro ataque masivo dejó sin suministro de agua a todo el distrito de Pechersk y a la mayor parte de la margen izquierda de Kiev, después de que la red eléctrica que alimenta las estaciones de bombeo quedara dañada. Pocos días después, las autoridades hablaban de cerca de medio millón de familias sin luz en la capital y su entorno tras nuevos impactos sobre la infraestructura.
En este contexto, los generadores se han convertido en pieza central de la vida urbana. Los grandes centros comerciales y edificios de oficinas disponen de equipos capaces de alimentar ascensores, iluminación mínima y sistemas de seguridad. Pero en los bloques de viviendas estándar, la situación es distinta: muchas comunidades de vecinos dependen de pequeños generadores compartidos para alimentar calderas o bombas de agua durante unas pocas horas al día.
El contraste con otros inviernos resulta demoledor. Antes de la guerra, los cortes de luz en Kiev eran un problema anecdótico, asociado a tormentas puntuales o trabajos de mantenimiento. Hoy, la ciudad hace planes pensando en cuántas horas podrá tener calefacción o internet, y no al revés. La vida cotidiana se adapta a un calendario dictado por los apagones: madrugar para aprovechar la franja con electricidad, cocinar por adelantado, cargar baterías y reservar combustible.
Escuelas, hospitales y comercios en modo supervivencia
Los primeros en notar el impacto sistémico de estos ataques son los servicios públicos. Con los colegios cerrados de manera preventiva, más de 200.000 alumnos de la capital se han visto obligados a volver temporalmente a la enseñanza a distancia o a modelos híbridos, muy condicionados por la disponibilidad de conexión y dispositivos. Para muchas familias, esta dinámica supone una nueva carga económica y psicológica.
En los hospitales, la prioridad es mantener operativos los quirófanos, las UCI y los laboratorios. Los generadores permiten sostener esos servicios, pero obligan a racionar el resto: se apaga iluminación no esencial, se cierran alas completas y se posponen intervenciones no urgentes. Médicos consultados por medios locales hablan de aumentos de hasta el 30 % en los tiempos de espera para ciertas pruebas diagnósticas durante las semanas de mayor tensión energética.
El tejido empresarial tampoco sale indemne. Pequeños comercios, cafeterías y talleres han tenido que invertir en generadores, depósitos de combustible y sistemas alternativos de cobro para poder operar sin internet. Muchos negocios admiten caídas de facturación superiores al 25 % en los días de cortes prolongados. “Sobrevivimos, pero sin poder hacer planes”, confiesa un restaurador del centro. Kiev se ha convertido en una economía urbana que vive al día, pendiente de cada alerta aérea.
Resiliencia ciudadana frente a una campaña de desgaste
A pesar de la dureza de los ataques, la respuesta social muestra un nivel de organización notable. Cada nuevo episodio de apagones activa una red de puntos de calor, espacios municipales o privados donde se ofrece electricidad, WiFi y bebida caliente. En los barrios más afectados, los vecinos se coordinan por chats para compartir enchufes, bombonas de gas y transporte para personas mayores o con movilidad reducida.
Lo que podría ser un escenario de caos se transforma, en muchos casos, en un ejercicio de resistencia colectiva. Los testimonios recogidos en medios ucranianos describen vecinos que improvisan cocinas comunitarias en parkings, comunidades que compran generadores entre varias familias y voluntarios que recorren escaleras oscuras para comprobar si hay mayores solos. El diagnóstico es inequívoco: la sociedad civil está absorbiendo parte del impacto de una guerra pensada para quebrarla.
Sin embargo, esta resiliencia tiene límites. Cada apagón prolongado erosiona el ahorro de las familias, que deben asumir el coste del combustible, de baterías adicionales o de pequeños equipos eléctricos. A medio plazo, el riesgo es que la fatiga social se traduzca en mayor presión sobre las autoridades locales y nacionales, obligadas a gestionar con recursos limitados una crisis que no cesa.
El papel de Europa: reconstrucción, ayuda energética y presión diplomática
Lo que ocurre en Kiev no es solo un drama local. Para la Unión Europea, la guerra contra la infraestructura ucraniana plantea retos económicos y políticos de primer orden. Por un lado, exige destinar miles de millones adicionales a la reconstrucción de redes eléctricas, plantas de generación y sistemas de agua y saneamiento. Por otro, obliga a reforzar el suministro de equipos críticos: transformadores, generadores de alta capacidad, sistemas de control y ciberseguridad.
Bruselas y varios Estados miembros han puesto en marcha paquetes específicos de ayuda energética, incluyendo el envío de centenares de generadores industriales y el cofinanciamiento de proyectos de reparación urgente. Pero sobre la mesa está ya la siguiente fase: un plan de reconstrucción estructural que podría movilizar más de 10.000 millones de euros solo en el ámbito energético en los próximos años, según estimaciones preliminares de expertos europeos.
Al mismo tiempo, la UE trata de aumentar la presión diplomática sobre Moscú por el uso sistemático de ataques contra infraestructuras civiles, que organismos internacionales consideran cada vez más difíciles de justificar bajo el derecho internacional humanitario. “No se trata solo de cables y tuberías, sino de un intento deliberado de dejar a una población sin medios básicos para vivir”, resumía recientemente un alto funcionario europeo. El debate ya no es si apoyar a Ucrania, sino cómo hacerlo lo bastante rápido como para que la red no colapse antes de poder reconstruirla.