Medios de EEUU hablan de incursión masiva, pero Teherán y la oposición kurda lo niegan y denuncian “operaciones psicológicas” en plena guerra regional

Ofensiva kurda fantasma en Irán desata guerra de relatos

En plena escalada bélica entre Irán, Estados Unidos e Israel, un supuesto ataque terrestre de guerrillas kurdas en el oeste iraní ha durado apenas unas horas en los titulares antes de desinflarse. Medios estadounidenses como Fox News y Axios apuntaron a una incursión desde Irak protagonizada por militantes kurdos iraníes, con versiones que hablaban incluso de miles de combatientes cruzando la frontera. Poco después, la propia oposición kurda, varios medios iraníes y la agencia Rudaw desmintieron la operación.

EPA/GAILAN HAJ
EPA/GAILAN HAJ

El episodio arranca con una serie de informaciones de medios estadounidenses que apuntan a una “ofensiva terrestre kurda” en el oeste de Irán, procedente del Kurdistán iraquí. Según esas versiones, combatientes de un grupo opositor iraní habrían cruzado la frontera en dirección a la provincia de Ilam, aprovechando el deterioro de las capacidades militares de Teherán tras semanas de ataques de EEUU e Israel. Algunas cabeceras llegaron a hablar de “miles de guerrilleros” implicados en la incursión.

Sin embargo, la historia empezó a resquebrajarse con rapidez. La cadena kurda Rudaw, citando a una fuente de Komala de los Trabajadores del Kurdistán, negó que el grupo hubiese lanzado ninguna operación terrestre y subrayó que “no es parte de la guerra” actual. Otras plataformas kurdas con base en Irak difundieron mensajes similares. A la vez, varios medios iraníes, incluidos canales próximos al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, descartaron cualquier enfrentamiento en Ilam y mostraron imágenes de aparente normalidad en la zona.
El resultado es una ofensiva fantasma: un ataque que solo existe en algunos relatos mediáticos y que nadie sobre el terreno –ni los supuestos protagonistas, ni Teherán, ni las propias fuentes kurdas– está dispuesto a confirmar.

Fox, Axios y la versión de Washington

La combinación de filtraciones anónimas y titulares contundentes encaja con una narrativa que lleva días tomando forma en parte de la prensa estadounidense: la idea de que Washington y sus aliados estarían activando a los grupos kurdos iraníes como nuevo frente contra Teherán. Algunos medios han descrito ya operaciones de “miles de combatientes” kurdos cruzando la frontera desde Irak, presentadas como complemento terrestre a la campaña aérea de EEUU e Israel.

Informaciones del Financial Times y otras cabeceras apuntan a contactos entre responsables estadounidenses y líderes de varias facciones kurdas iraníes, que habrían pedido inteligencia, entrenamiento y armamento a cambio de abrir un frente interno contra el régimen. Ese contexto alimenta la tentación de leer cualquier movimiento en el Kurdistán iraní como parte de una gran estrategia encubierta.
El problema es que, en este caso concreto, falta el hecho verificable. No hay imágenes, ni partes militares, ni testimonios independientes que respalden la supuesta ofensiva. Y cuando los propios grupos kurdos y las autoridades iraníes coinciden en negar el episodio, el foco se desplaza inevitablemente a otro terreno: el de la credibilidad de la información en tiempos de guerra.

La respuesta kurda: neutralidad en una guerra ajena

El matiz clave en el desmentido de Komala es político: el grupo insiste en que no es parte de la guerra entre Irán y el eje EEUU-Israel. Para unas organizaciones que llevan décadas reclamando más derechos para la población kurda dentro de Irán, ser percibidas como un mero instrumento de potencias extranjeras es un riesgo existencial.

En las últimas semanas, cinco grandes facciones –entre ellas el PDKI, PJAK, PAK y una rama de Komala– han anunciado la creación de una coalición política común para coordinar su agenda contra el régimen iraní. El mensaje oficial de ese frente ha sido doble: apoyo a las protestas internas y disposición a intensificar su actividad, pero sin abrazar abiertamente la agenda de Washington o Tel Aviv.
En paralelo, líderes kurdos en Irak se mueven con extrema cautela. Bagdad se ha comprometido con Teherán a contener las operaciones de grupos armados iraníes desde su territorio, y el recuerdo de los bombardeos con misiles y drones contra bases kurdas en 2022 y 2023 sigue fresco en el Kurdistán iraquí. En ese contexto, negar una incursión que nadie ha visto es también una forma de evitar una nueva ola de represalias sobre una región ya castigada.

Teherán habla de “operaciones psicológicas”

Desde el lado iraní, la lectura es aún más explícita. Un responsable de seguridad citado por la agencia Tasnim sostiene que, “después de que Estados Unidos e Israel hayan fracasado en alcanzar sus objetivos sobre el terreno, intentan ahora quebrar el espíritu de resistencia de nuestro pueblo con operaciones psicológicas”. La misma fuente insiste en que las fronteras de la provincia de Ilam están seguras y bajo control.
El concepto de jang-e ravani –guerra psicológica– es recurrente en el discurso oficial iraní. Sirve para etiquetar tanto campañas de desinformación como protestas internas o llamamientos desde el exilio. Pero en este caso el encaje es evidente: un supuesto ataque atribuido a un grupo concreto, desmentido por ese mismo grupo y amplificado por medios percibidos como hostiles a Teherán.
Para el régimen, presentar el episodio como una maniobra mediática de sus enemigos externos tiene varias ventajas. Refuerza la narrativa de que Irán se enfrenta a una vasta conspiración extranjera, apunta a la falta de rigor de parte de la prensa occidental y envía un mensaje interno de control: nada importante ocurre en la frontera sin que el Estado lo detecte. El riesgo, sin embargo, es claro: en un entorno de alta tensión y censura informativa, la desconfianza hacia todas las versiones aumenta, también dentro del propio país.

El tablero kurdo: facciones armadas y apoyo exterior

Detrás del ruido de este ataque fantasma late una realidad mucho más sólida: la cuestión kurda sigue siendo uno de los puntos más vulnerables del Estado iraní. Desde la revolución de 1979, grupos como el PDKI o las distintas ramas de Komala han mantenido una insurgencia intermitente, con bases en el norte de Irak y redes de apoyo en la diáspora.

En los últimos meses, varios informes señalan que Estados Unidos ha explorado con estas facciones la posibilidad de coordinar ataques contra fuerzas de la Guardia Revolucionaria, a cambio de apoyo político y militar. Para las organizaciones kurdas, desgastadas por décadas de exilio y represión, la tentación de aprovechar la debilidad del régimen es evidente. Pero también lo es el riesgo de ser absorbidas por una guerra cuyo objetivo principal no es la autodeterminación kurda, sino el cambio de régimen en Teherán.
Al mismo tiempo, el régimen iraní ha respondido con dureza cada vez que ha percibido una aproximación entre grupos kurdos e intereses occidentales, lanzando ataques con misiles y drones contra sus bases en Irak y presionando a Bagdad para que los desarme o los reubique lejos de la frontera. En ese equilibrio frágil, los kurdos tratan de mantener margen de maniobra propio, y el desmentido de la ofensiva encaja con esa lógica de distancia calculada.

Ilam, una frontera estratégica y sensible

La elección de Ilam como escenario de la supuesta incursión no es casual. Esta provincia montañosa, con unos 550.000 habitantes y 22.500 kilómetros cuadrados, se extiende a lo largo de la frontera con Irak y combina tres elementos explosivos: memoria de guerra, recursos energéticos y un intenso tráfico de personas y mercancías.

El paso internacional de Mehran, en Ilam, es uno de los principales puntos de conexión terrestre entre Irán e Irak. Cada año, durante la peregrinación chií de Arbaín, puede llegar a canalizar hasta el 70% de los millones de fieles que cruzan hacia Kerbala; en algunos ejercicios se han contabilizado 3,5 millones de peregrinos solo en ese corredor. Además, por esa frontera salen más de 200.000 toneladas de productos iraníes al mes, por un valor cercano a los 100 millones de dólares, y se registran más de 360.000 pasajeros en ese mismo periodo, según datos recientes de la aduana provincial.
Un ataque real en esta zona no sería un episodio más en la guerra: afectaría al principal pulmón comercial y religioso entre Irán e Irak, pondría en riesgo infraestructuras energéticas y multiplicaría la presión sobre Bagdad y el Gobierno Regional del Kurdistán. Por eso, la insistencia tanto de Teherán como de las facciones kurdas en negar la ofensiva tiene también una dimensión económica y diplomática: nadie quiere desatar un incendio en el punto más inflamable del mapa.

La batalla por el relato en plena guerra regional

La confusión sobre la supuesta ofensiva kurda llega en un momento en que la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha roto varios tabúes: ataques directos a territorio iraní, muerte de altos mandos militares y bloqueo de facto del estrecho de Ormuz. En este contexto, cada titular sobre un nuevo frente interno –sea en Kurdistán, Baluchistán o las grandes ciudades persas– tiene capacidad para mover mercados, aliados y opinión pública.
El episodio revela hasta qué punto el conflicto se libra también en el terreno de la información. Los actores implicados –gobiernos, grupos armados, servicios de inteligencia, medios globales y regionales– compiten por definir qué es “realidad” y qué es “propaganda”. Una ofensiva kurda confirmada podría presentar la guerra como una insurrección generalizada contra el régimen. Una ofensiva desmentida, en cambio, refuerza el relato iraní de que sus enemigos fabrican victorias imaginarias para disimular sus fracasos militares.
Para los kurdos iraníes, atrapados entre ambas narrativas, la estrategia parece clara: mantener la iniciativa política y militar sin convertirse en peones visibles de una partida en la que, si todo sale mal, volverán a ser los primeros en pagar el precio.

Comentarios