Omán exige frenar la guerra antes de un shock energético global

Omán Foto de ahmed nasser en Unsplash

La sultanía eleva el tono ante la ONU tras los ataques contra instalaciones en Qatar, Emiratos y Arabia Saudí, en una escalada que ya amenaza el gas, el petróleo y la estabilidad de los mercados.

Omán ha dejado de hablar solo de contención y ha empezado a hablar de responsabilidad internacional. Ese matiz no es menor. El Ministerio de Exteriores omaní pidió este jueves al Consejo de Seguridad de la ONU que “cumpla con sus responsabilidades” y haga lo necesario para “detener esta guerra”, después de los ataques contra instalaciones energéticas en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y otros objetivos en Arabia Saudí. La advertencia llega cuando el conflicto ha dejado de ser un episodio militar regional para convertirse en un riesgo directo para el suministro global de energía.

Lo más grave no es solo el lenguaje diplomático. Lo realmente inquietante es que los ataques han alcanzado el corazón logístico del Golfo en el peor momento posible: con el estrecho de Ormuz bajo máxima tensión, con el Brent disparado y con el mercado del gas asumiendo que una interrupción prolongada ya no es un escenario remoto. 

El giro de Omán

Durante años, Omán ha cultivado una posición singular en Oriente Próximo: menos estridente que sus vecinos, más inclinada a la mediación y con una diplomacia construida sobre la prudencia. Por eso su último mensaje importa. Muscat no solo condenó los ataques a infraestructuras energéticas y civiles, sino que reclamó abiertamente una intervención más firme del Consejo de Seguridad y apeló al respeto del derecho internacional y a la vía diplomática como única salida sostenible.

Ese cambio de tono revela dos cosas. La primera, que incluso un actor tradicionalmente moderado considera que la escalada ha cruzado una línea roja. La segunda, que el Golfo empieza a percibir que el problema ya no es únicamente militar, sino sistémico. Cuando un país como Omán abandona la ambigüedad y habla de frenar la guerra, lo que está diciendo en realidad es que el coste de no hacerlo ha dejado de ser asumible. La consecuencia es clara: la región teme que la siguiente oleada no afecte solo a refinerías o terminales, sino a la arquitectura entera de seguridad y comercio sobre la que se sostiene su prosperidad.

Un Consejo de Seguridad que llega tarde

El llamamiento omaní no se produce en el vacío. El 11 de marzo de 2026, el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 2817, impulsada por Bahréin en nombre del Consejo de Cooperación del Golfo, que condena los ataques iraníes contra países vecinos y exige el cese inmediato de las hostilidades. El texto salió adelante con 13 votos a favor, ninguno en contra y dos abstenciones —China y Rusia—, un dato que, sobre el papel, refleja una mayoría muy amplia.

Sin embargo, el contraste entre la resolución y los hechos posteriores resulta demoledor. Pese a esa condena formal, los ataques contra activos energéticos han continuado y el conflicto ha seguido escalando. Este hecho revela la debilidad del sistema multilateral cuando una guerra se acelera más rápido que la capacidad de coerción diplomática. El Consejo ha producido una señal política, sí, pero no un mecanismo eficaz de disuasión. Y ahí reside la preocupación de Omán: no basta con votar; hace falta imponer costes, abrir una vía de desescalada real y evitar que la región entre en una lógica de represalias sucesivas. Si eso no ocurre, la ONU corre el riesgo de quedar reducida a un actor testimonial en el momento de mayor tensión energética en años.

El gas como línea roja

La escalada ha tocado un punto especialmente sensible: el gas natural licuado. Los ataques sobre Ras Laffan, en Qatar, afectan a una infraestructura que está vinculada a alrededor del 20% del suministro mundial de LNG, según datos recogidos por AP y Financial Times. No se trata de una instalación periférica. Es uno de los nodos críticos del comercio energético global y una pieza central para Asia y Europa, dos mercados que aún dependen del gas licuado para contener tensiones de oferta.

El impacto va más allá del presente. La Agencia Internacional de la Energía subraya que Estados Unidos y Qatar concentrarán el 70% de la nueva capacidad mundial de licuefacción prevista hasta 2030. Es decir, Qatar no solo es decisivo hoy; también es uno de los pilares de la seguridad energética futura. Por eso el ataque cambia de escala: ya no golpea una instalación, sino una expectativa estratégica del mercado. Atacar el gas del Golfo equivale a atacar la previsibilidad de los próximos cinco años. Y cuando desaparece la previsibilidad, lo primero que suben no son solo los precios, sino las primas de riesgo, los costes industriales y la presión política sobre los importadores.

Ormuz, el cuello de botella

Si Ras Laffan es el corazón del gas, el estrecho de Ormuz sigue siendo la yugular del sistema. La IEA recuerda que por ese paso transitaron en 2025 casi 15 millones de barriles diarios de crudo, equivalentes a casi el 34% del comercio mundial de crudo, además de cerca de 20 millones de barriles diarios entre crudo y productos. En el caso del gas, el 93% de las exportaciones de LNG de Qatar y el 96% de las de Emiratos atraviesan Ormuz, lo que representa el 19% del comercio global de LNG.

Lo más delicado es que las alternativas son limitadas. La capacidad de desvío mediante oleoductos fuera del estrecho apenas se sitúa entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, muy por debajo del volumen habitual que pasa por ese corredor. El contraste con otras crisis resulta revelador: en episodios anteriores, el mercado confiaba en rutas secundarias o en colchones logísticos. Hoy esa confianza es menor. La consecuencia es inmediata: cualquier interrupción, incluso corta, se transmite con violencia a precios, fletes, seguros y balances empresariales. Dicho de otro modo, la guerra no necesita cerrar completamente Ormuz para causar daño. Le basta con hacer creíble la amenaza.

El mercado ya ha emitido su veredicto

Los precios han reaccionado con rapidez porque el mercado entiende que la infraestructura energética ha dejado de ser un daño colateral y se ha convertido en objetivo. AP informó este jueves de un Brent en 113,77 dólares por barril, casi un 6% más en una sola jornada y muy por encima de los niveles previos al conflicto. Al mismo tiempo, el TTF europeo avanzó un 17% y acumuló una duplicación en apenas un mes, una señal inequívoca de nerviosismo en la referencia gasista continental.

No es un sobresalto técnico. Es una repricing del riesgo geopolítico. Cada dólar añadido al barril encarece transporte, petroquímica, fertilizantes y generación. Cada salto del gas vuelve a poner presión sobre la industria europea, justo cuando el continente daba por estabilizada su vulnerabilidad energética tras la crisis de 2022. Lo más grave es que esta vez el shock no nace de sanciones o restricciones comerciales, sino de ataques directos a activos físicos. Eso endurece el escenario. Porque una tubería dañada, una terminal cerrada o una naviera reacia a cruzar una zona caliente no se resuelven con un comunicado diplomático. Se resuelven con tiempo, seguridad y capital. Y hoy faltan las tres cosas.

El cálculo político de Teherán y el miedo del Golfo

El trasfondo estratégico también importa. La resolución de la ONU dejó fuera la cadena completa de hechos que desembocó en esta fase del conflicto, pero sí fijó una idea: las monarquías del Golfo consideran que sus infraestructuras civiles y energéticas han pasado a ser un instrumento de presión regional. Esa percepción altera todo. Porque cuando los vecinos de Irán entienden que refinerías, puertos o centros gasistas son moneda de represalia, la respuesta ya no es solo defensiva; pasa a ser diplomática, militar y financiera al mismo tiempo.

Ahí es donde Omán introduce una diferencia relevante. Mientras otros actores del Golfo han apostado por la condena frontal, Muscat intenta todavía preservar una ventana de negociación. Pero incluso esa ventana se estrecha. El mensaje omaní pidiendo que se deje de atacar “instalaciones civiles y suministros energéticos globales” demuestra que el margen para la mediación se reduce a medida que el coste internacional aumenta. El Golfo teme una guerra larga, pero teme aún más una guerra que normalice el sabotaje energético como herramienta política. Ese sería el verdadero punto de no retorno.