La ONU rebaja la amenaza de fuerza en Ormuz para esquivar vetos

Buque petrolero Foto de Scott Tobin en Unsplash

Baréin suaviza el nuevo borrador del Consejo de Seguridad sobre el estrecho de Ormuz tras la oposición de Rusia, China y Francia, en un giro que reduce el riesgo inmediato de una escalada militar formal pero no resuelve el bloqueo que ya está contaminando precios, inflación y crecimiento.

Más de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y productos petrolíferos depende del estrecho de Ormuz, junto a alrededor del 20% del comercio global de gas natural licuado. Ese dato explica por qué cada palabra del nuevo borrador del Consejo de Seguridad importa tanto. La revisión impulsada por Baréin rebaja el lenguaje sobre el uso de la fuerza y se centra en medidas defensivas para garantizar la navegación. Sin embargo, lo más grave es que el cambio revela hasta qué punto la diplomacia internacional ha pasado de discutir cómo reabrir el paso a debatir cómo evitar una fractura mayor dentro del propio Consejo.

Del lenguaje de choque al lenguaje de contención

El núcleo del giro está en la redacción. El primer texto patrocinado por Baréin abría la puerta a “todos los medios necesarios”, la fórmula clásica de Naciones Unidas cuando quiere dejar margen a una actuación coercitiva. El borrador posterior elimina esa arquitectura y la sustituye por una habilitación mucho más limitada: medios defensivos, proporcionados y comunicados por adelantado al Consejo de Seguridad, además con un horizonte temporal de al menos seis meses. No es un simple matiz técnico. Es una rebaja política de primer nivel.

Este hecho revela algo más profundo: las potencias occidentales y los Estados del Golfo querían preservar una herramienta de presión creíble sobre Irán, pero se toparon con una resistencia frontal de miembros permanentes con derecho de veto. La consecuencia es clara. El nuevo texto intenta mantener la cobertura política para escoltas navales o respuestas de autoprotección, pero evita bendecir de forma explícita una campaña ofensiva para abrir el corredor por la fuerza. En otras palabras, el Consejo gana margen para no romperse, pero pierde capacidad de intimidación directa.

La aritmética del veto se impone a la geopolítica

La rectificación no nace de la prudencia, sino de la correlación de fuerzas. Rusia, China y Francia habían manifestado reservas ante un texto que podía interpretarse como un aval a una intervención más amplia. Moscú insistía en que la prioridad debía ser detener las hostilidades; Pekín advertía del riesgo de una escalada “ilegal” y “sin control”; París se inclinaba por fórmulas estrictamente defensivas. El diagnóstico es inequívoco: Baréin rebajó el borrador porque mantener la versión inicial acercaba el fracaso diplomático.

Ese cálculo no es menor. El Consejo ya aprobó el 11 de marzo una resolución patrocinada por Baréin que condenaba los ataques iraníes y exigía el cese de las acciones contra la navegación, con un resultado de 13 votos a favor y las abstenciones de Rusia y China. Ahora el margen es más estrecho porque el debate ya no gira solo en torno a condenar, sino a delimitar qué tipo de respuesta puede legitimarse. Y ahí es donde el equilibrio se vuelve explosivo: cualquier término mal medido puede convertirse en pretexto militar o en motivo de veto.

El coste económico de cada palabra ya está sobre la mesa

Lo que ocurre en Nueva York no se queda en Nueva York. El estrecho de Ormuz mueve más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de crudo y cerca de una quinta parte del consumo global de petróleo y derivados. Arabia Saudí por sí sola concentró en 2024 el 38% de los flujos de crudo y condensados que cruzaron esa ruta, mientras que solo una fracción del suministro puede desviarse por tuberías alternativas. La EIA estima que la capacidad disponible de desvío de Arabia Saudí y Emiratos ronda 2,6 millones de barriles diarios, una cifra claramente insuficiente para absorber un shock prolongado.

Por eso la moderación del borrador no desactiva el problema de fondo. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido de que el impacto final sobre el petróleo, el gas y la economía dependerá, sobre todo, de la duración de las disrupciones en Ormuz. UNCTAD va más allá y sostiene que el estrecho permanece prácticamente cerrado, con efectos ya visibles sobre comercio, financiación y coste de vida. El contraste con otras crisis energéticas resulta demoledor: aquí no se discute solo un encarecimiento del crudo, sino la fragilidad de una arteria por la que pasa una parte esencial del metabolismo económico global.

Europa ya siente la onda expansiva

La primera derivada política en Europa ya está a la vista. Cinco ministros de Economía —entre ellos el español Carlos Cuerpo— han pedido a Bruselas una tasa extraordinaria sobre los beneficios energéticos para compensar el golpe que el encarecimiento del petróleo y el gas está trasladando a hogares y empresas. No es un debate retórico. Según AP, la inflación de la eurozona subió al 2,5% en marzo, frente al 1,9% de febrero, en buena medida por el repunte energético vinculado a la crisis de Ormuz.

Lo más grave es que la Comisión Europea ya asume que los precios no volverán a la normalidad a corto plazo, incluso aunque la guerra terminara de inmediato. Esa es la verdadera dimensión del problema: el mercado no solo teme una escasez física, también descuenta primas de riesgo, seguros más caros, rutas más largas y menor previsibilidad. La experiencia de 2022 tras la invasión rusa de Ucrania sirve como antecedente incómodo. Entonces la energía disparó la inflación a doble dígito en varias economías europeas; ahora Bruselas intenta evitar que el mismo patrón se reproduzca con otro foco geopolítico y con menos margen fiscal.

El daño ya se filtra al crecimiento y a las divisas

La perturbación no se limita a la factura energética. UNCTAD prevé que el crecimiento mundial se desacelere hasta el 2,6% en 2026, con las economías desarrolladas avanzando apenas un 1,5% y las economías en desarrollo un 4,1%. Son cifras que, aisladas, pueden parecer manejables, pero adquieren otra lectura cuando se combinan con deterioro financiero y presión sobre deuda externa. El mensaje del organismo es claro: si la escalada militar se prolonga, el daño se trasladará mucho más allá de Oriente Medio.

Los mercados emergentes ya ofrecen una señal preocupante. Tras el inicio de la escalada militar, las monedas de África pasaron de una ligera apreciación del 0,7% a una depreciación del -2,9%; en América Latina y el Caribe el movimiento fue del 4,5% al -2,3%; y en Asia y Oceanía en desarrollo, del 1,2% al -1,0%. El dato no es decorativo. Significa importaciones más caras, mayor coste de refinanciación y menos margen para sostener subsidios energéticos o políticas anticrisis. La consecuencia es clara: la discusión diplomática sobre Ormuz ya ha entrado en la contabilidad diaria de medio planeta.

Un texto más suave no equivale a una solución

Sería un error interpretar el nuevo borrador como una desescalada real. Lo que hay es una desescalada semántica para facilitar una votación y evitar vetos, no una salida material al bloqueo. El estrecho sigue siendo el cuello de botella decisivo del sistema energético mundial, y las alternativas logísticas son limitadas. Además, el debate en Londres con 35 países y las conversaciones multilaterales posteriores muestran que la comunidad internacional ya trabaja en escenarios paralelos al Consejo: presión diplomática, corredores humanitarios, escoltas navales y medidas de coordinación económica.

El problema es que esa arquitectura corre el riesgo de fragmentarse. Si la ONU no consigue una fórmula robusta, los Estados más afectados pueden avanzar por fuera del Consejo con coaliciones ad hoc. Y ahí reaparece el riesgo que el nuevo texto quería precisamente contener: una respuesta más dispersa, menos supervisada y potencialmente más volátil. En ese sentido, el borrador suavizado compra tiempo, pero no compra estabilidad. Solo aplaza la pregunta incómoda: quién garantiza la libertad de navegación cuando el principal órgano de seguridad del mundo apenas logra ponerse de acuerdo sobre los adjetivos.