El primer ministro húngaro acusa a Zelenski de un “bloqueo político” del crudo ruso y cita a Fico para coordinar una respuesta mientras la UE intenta salvar el apoyo financiero a Ucrania

Orbán eleva el pulso con Kiev por el oleoducto Druzhba

EPA/OLIVIER HOSLET

Viktor Orbán ha vuelto a elegir la energía como campo de batalla política en plena guerra de Ucrania. El primer ministro húngaro anunció este viernes que hablará “hoy mismo” con el eslovaco Robert Fico sobre la situación del oleoducto Druzhba, asegurando que la infraestructura “está operativa” pero que el flujo de petróleo hacia Hungría no se ha reanudado por una “decisión política” del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. En un mensaje en X, Orbán denuncia que el líder ucraniano recorre Bruselas explicando que el oleoducto no puede ponerse en marcha, mientras Budapest advierte de que un bloqueo prolongado podría poner en riesgo su sector energético. El choque llega después de semanas de tensión: la tubería quedó fuera de servicio tras un ataque ruso a finales de enero y Hungría ha respondido bloqueando un préstamo de 90.000 millones de euros de la UE a Kiev y amenazando con cortar exportaciones de electricidad y diésel a Ucrania

 

En su mensaje público, Orbán sostiene que “el oleoducto está operativo” y que, por tanto, la ausencia de petróleo ruso en las refinerías húngaras se debe exclusivamente a una decisión política de Kiev. Según su relato, Zelenski estaría diciendo en Bruselas que la infraestructura no puede reactivarse, mientras Hungría insiste en que los flujos podrían reanudarse “de inmediato” si Ucrania quisiera.

El primer ministro sube así un escalón más en una escalada verbal que ya incluye acusaciones de “chantaje” por parte de Ucrania y advertencias de posibles represalias energéticas. En las últimas semanas, Orbán ha ordenado reforzar la seguridad militar y policial en infraestructuras críticas, ha hablado abiertamente de “bloqueo petrolero” y ha vinculado la crisis del Druzhba con la campaña para las elecciones de abril, en las que su partido Fidesz se juega 16 años de poder casi ininterrumpido.

La conversación con Fico apunta a una coordinación explícita entre Budapest y Bratislava, que comparten dependencia del mismo tubo y un discurso muy crítico con Kiev. Ambos Gobiernos han amenazado ya con cortar exportaciones energéticas a Ucrania —diésel y electricidad— si el flujo de crudo ruso no se restablece, trasladando la presión a un país que sufre cortes masivos de luz por los bombardeos rusos.

Un oleoducto soviético que sigue marcando la geopolítica

El Druzhba —“amistad”, en ruso— es uno de los símbolos más potentes de la interdependencia energética europea. Construido en los años sesenta, llegó a transportar hasta 1,2 millones de barriles diarios de crudo ruso hacia el centro del continente antes de la guerra. Aunque los Veintisiete han vetado casi todo el petróleo ruso por mar, Hungría y Eslovaquia obtuvieron una excepción para seguir recibiendo crudo por esta vía, alegando que sus refinerías no podían adaptarse a corto plazo a otras mezclas.

Esa excepción ha consolidado una dependencia extrema: en 2024, Hungría y Eslovaquia seguían obteniendo en torno al 87% de su crudo ruso a través de un único tubo que atraviesa una zona de guerra, según un análisis de CREA y el Centro para el Estudio de la Democracia. En el caso húngaro, los datos de consumo muestran que el país utiliza unos 7,2 millones de toneladas de petróleo al año, de las que 5,8 millones se importan; hasta 3,7 millones de toneladas llegaban por Druzhba y el resto por el corredor alternativo de la tubería Adria, desde Croacia.

El golpe actual se desencadenó el 27 de enero, cuando un ataque ruso dañó instalaciones cerca de Brody, en la región ucraniana de Leópolis, interrumpiendo los flujos hacia Hungría y Eslovaquia. Desde entonces, ambos países han tenido que recurrir a reservas estratégicas y a importaciones marítimas a través de Adria, encareciendo los costes de suministro.

Guerra de relatos: ataque ruso o bloqueo político

Más allá de los datos técnicos, el conflicto se libra en el terreno del relato. Kiev sostiene que el Druzhba sigue fuera de servicio por daños causados por ataques rusos, que han dejado la infraestructura en una situación de riesgo y obligan a extremar las precauciones para reparar el tramo que cruza territorio ucraniano. El Ministerio de Exteriores ucraniano ha recordado que los húngaros fueron informados del impacto el mismo día del ataque y que las reparaciones avanzan según lo permite la situación militar.

Budapest y Bratislava, en cambio, afirman que las reparaciones ya permitirían técnicamente reanudar el tránsito, y que la negativa de Kiev responde a una decisión política para presionar a dos gobiernos percibidos como demasiado próximos a Moscú. El ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha llegado a asegurar que el bloqueo es “deliberado” y que Ucrania está utilizando el oleoducto como arma para crear “caos económico” en Hungría.

La Comisión Europea se ha visto obligada a intervenir. Bruselas ha confirmado que mantiene contactos estrechos con Kiev para conocer un calendario de reparación y reanudación del suministro, pero al mismo tiempo ha subrayado que la seguridad energética de Hungría y Eslovaquia “no está en peligro inmediato” gracias a las reservas y a las alternativas por mar. La consecuencia es clara: las capitales del este plantean la crisis como un chantaje ucraniano; Ucrania y buena parte de la UE la describen como un problema de seguridad en plena ofensiva rusa.

La palanca europea: veto al préstamo de 90.000 millones

Orbán no se ha limitado a la retórica. Hungría ha bloqueado un préstamo de 90.000 millones de euros de la UE a Ucrania alegando que, mientras no se restablezca el tránsito por el Druzhba, Budapest no puede seguir aprobando paquetes de ayuda a un socio que “pone en riesgo” su seguridad energética. En paralelo, el Gobierno húngaro mantiene congelado el visto bueno al 20º paquete de sanciones contra Rusia, que debía aprobarse en torno al cuarto aniversario de la invasión.

La respuesta del resto de la UE ha sido inusualmente dura. Varios líderes han acusado a Hungría de “sabotaje político” y de instrumentalizar el malestar por la guerra para fortalecer a Orbán en campaña, después de años de tensiones con Bruselas por el Estado de derecho y la cercanía de Budapest al Kremlin. El contraste con la línea general del bloque resulta demoledor: desde 2022, la UE ha movilizado casi 195.000 millones de euros en ayuda a Ucrania, al tiempo que ha reducido drásticamente su exposición a la energía rusa; los únicos que se aferran al crudo de Moscú por oleoducto son precisamente Hungría y Eslovaquia.

En este contexto, la reunión anunciada entre Orbán y Fico no es solo técnica: es un gesto político hacia una minoría de socios que buscan condicionar la agenda europea a través de la energía, consciente de que el consenso sobre Ucrania se vuelve más costoso a medida que la guerra se prolonga.

¿Realmente está en riesgo la energía húngara?

El argumento central de Orbán es que un “bloqueo petrolero” prolongado puede desestabilizar la economía húngara. Es cierto que el país sigue siendo altamente dependiente del crudo ruso a través de Druzhba, que llega a representar alrededor del 65% de sus importaciones de petróleo en algunos ejercicios, según cálculos recientes. Pero los datos energéticos matizan el dramatismo del mensaje.

Por un lado, la propia MOL, la mayor compañía húngara de refino, ha reconocido que puede sustituir la mayor parte del crudo ruso si el oleoducto se seca, recurriendo a suministros alternativos por mar y mediante el oleoducto Adria desde Croacia. De hecho, en los últimos días el grupo ha contratado cargamentos desde Arabia Saudí, Noruega, Kazajistán, Libia e incluso Rusia, ajustando mezclas para abastecer sus refinerías en Hungría y Eslovaquia.

Por otro lado, el país dispone de reservas estratégicas suficientes para cubrir varias semanas de consumo, que Budapest ya ha empezado a utilizar de forma preventiva. Expertos independientes recuerdan que al menos un 30% de las importaciones húngaras ya llega hoy por la ruta croata, lo que demuestra que existe margen técnico para reducir la dependencia del Druzhba sin provocar una crisis de suministro. Lo que falta, concluyen, es voluntad política para asumir costes a corto plazo y acelerar la transición.

Orbán, Fico y la batalla interna por el relato

La pugna por el Druzhba no puede desligarse de la política doméstica. Orbán afronta unas elecciones en abril con encuestas que sitúan por primera vez por delante al partido proeuropeo Tisza, mientras acumula críticas por corrupción, estancamiento económico y aislamiento internacional. Varios analistas consideran que la narrativa del “bloqueo ucraniano” y las alusiones a posibles “sabotajes” forman parte de una estrategia para crear sensación de amenaza externa y legitimar un endurecimiento del discurso.

Algo similar ocurre en Eslovaquia, donde Robert Fico ha amenazado abiertamente con cortar las exportaciones de electricidad a Ucrania si no se restablece el tránsito de crudo hacia Bratislava antes de una fecha límite. Kiev ha respondido con dureza, recordando que “los ultimátums deberían enviarse al Kremlin, no a Ucrania” y subrayando que el país está reparando infraestructuras bajo bombardeos.

El diagnóstico de muchas capitales europeas es inequívoco: Budapest y Bratislava están utilizando un problema real —la vulnerabilidad de sus suministros— como palanca en una batalla política más amplia, tanto hacia dentro como hacia Bruselas. El riesgo es que, en ese juego, la línea entre la legítima defensa de intereses nacionales y el boicot a la respuesta europea frente a Rusia se vuelva cada vez más difusa.

La respuesta de Kiev y el papel incómodo de Bruselas

Para Ucrania, la acusación de “bloqueo político” llega en el peor momento posible. El país sufre una crisis energética severa tras una nueva ola de ataques rusos contra su red eléctrica y de transporte de hidrocarburos, y depende en parte de las importaciones de electricidad y combustibles de los propios Hungría y Eslovaquia.

Kiev insiste en que el oleoducto no se ha reactivado por razones de seguridad, no políticas, y que cualquier reparación debe coordinarse con el mando militar y con los equipos de desminado. Al mismo tiempo, ha ofrecido soluciones intermedias: utilización más intensiva de la ruta Adria, acuerdos tripartitos con Croacia y la UE e incluso proyectos a medio plazo para redirigir parte de los flujos a través de otras infraestructuras.

La Comisión Europea intenta equilibrarse sobre una cuerda floja. Bruselas pregunta a Ucrania por plazos de reparación para calmar a Budapest y Bratislava, pero evita respaldar la tesis del “bloqueo deliberado” y ha recordado que las obligaciones de Ucrania como país en guerra no pueden equipararse a las de un Estado miembro en tiempos normales. Mientras tanto, los socios más duros contra Moscú —Polonia, los bálticos, los nórdicos— ven con creciente irritación cómo un conflicto sobre un oleoducto heredado de la URSS amenaza con descarrilar la política común hacia Rusia.