La OTAN teme por el 20% del petróleo mundial

Irán en llamas: 65 muertos, mezquitas incendiadas y pulso a Occidente

La Alianza Atlántica alerta de que una escalada entre Irán y Estados Unidos en el Golfo Pérsico puede golpear de lleno a Oriente Medio, a la seguridad global y al mercado energético

La alarma ha dejado de ser retórica. La OTAN ha expresado una “preocupación extrema” por la escalada militar en el Golfo Pérsico, con Irán como epicentro y el Estrecho de Ormuz como posible punto de ruptura. Mark Rutte, secretario general de la Alianza, ha señalado que el despliegue naval estadounidense y las maniobras iraníes “han cruzado varias líneas rojas de estabilidad regional”.
En juego no está solo la seguridad de Oriente Medio: por el Estrecho de Ormuz pasa cerca del 20% del petróleo consumido en el mundo, unos 20–21 millones de barriles diarios que mantienen en pie economías enteras. Un cierre parcial, aunque fuera de 48 o 72 horas, bastaría para disparar los precios del crudo y tensionar unos mercados ya fatigados por conflictos y tipos altos.
En Washington, la administración de Donald Trump se ve obligada a combinar presión militar, sanciones y cálculo electoral, mientras Moscú y Pekín se mueven con discreción para convertir cualquier vacüo de poder en oportunidad.
 

Una chispa en el Estrecho de Ormuz

El Estrecho de Ormuz es un cuello de botella de apenas 40 kilómetros en su punto más estrecho, pero su importancia geoestratégica es desproporcionada. Por sus aguas transitan a diario superpetroleros que conectan los productores del Golfo con los grandes consumidores de Asia, Europa y Estados Unidos. Cualquier incidente, incluso menor, adquiere un efecto amplificado en los radares militares y en las pantallas de los operadores de materias primas.

En las últimas semanas, Irán ha intensificado maniobras navales, pruebas de misiles y exhibiciones de fuerza en torno al Estrecho. La respuesta de Estados Unidos ha sido un incremento palpable de presencia: grupos de portaaviones, destructores con sistemas Aegis y refuerzo de capacidades de vigilancia aérea. Rutte ha verbalizado lo que muchos gobiernos barruntaban en privado: la combinación de fuerzas hostiles en un espacio tan reducido convierte cualquier error de cálculo en una amenaza sistémica.

Este hecho revela un problema de fondo: el Golfo no es solo un escenario militar, sino la arteria por la que respira el mercado global de energía. A diferencia de crisis anteriores, el margen de absorción es hoy menor, con inventarios ajustados y una transición energética todavía incompleta.

El papel desestabilizador de Teherán

La preocupación de la OTAN no se limita al despliegue visible de buques y misiles. Irán mantiene desde hace años una red de alianzas y apoyos a actores no estatales que le permite proyectar poder más allá de sus fronteras: milicias en Irak y Siria, apoyo logístico y financiero a grupos armados en el Líbano o Yemen, y una capacidad creciente para golpear infraestructuras energéticas con medios convencionales y drones.

Rutte ha subrayado que la reciente intensificación de maniobras iraníes “no puede analizarse aislada del patrón de desestabilización regional”. A ello se suma el impacto de las sanciones internacionales, que han empujado a Teherán a buscar vías alternativas de financiación y a utilizar el tablero energético como palanca de presión. Más del 60% de sus ingresos por exportación siguen vinculados directa o indirectamente a hidrocarburos, pese a los vetos formales.

La consecuencia es clara: cuanto más cercado se siente el régimen, mayor es el incentivo para demostrar que puede infligir daño significativo a sus adversarios sin entrar en una guerra convencional abierta. El Estrecho de Ormuz, en este contexto, funciona como un recordatorio permanente de que Teherán posee una capacidad de veto parcial sobre el flujo de crudo mundial.

El 20% del crudo mundial como rehén

La cifra se repite en todos los informes: por Ormuz transita aproximadamente el 20% del petróleo que consume el planeta y cerca de un 25–30% del comercio marítimo de gas natural licuado (GNL). No es un porcentaje marginal: un shock de suministro en ese corredor se traduciría, casi de inmediato, en subidas de 10–20 dólares por barril en cuestión de días, según estimaciones de casas de análisis.

Lo más grave es que el margen de maniobra del sistema es limitado. Las reservas estratégicas de los países de la OCDE cubren en promedio unos 90 días de importaciones netas, pero liberarlas tiene un coste político y financiero y no compensa la incertidumbre a largo plazo. Además, otros cuellos de botella –como el de Bab el-Mandeb o el canal de Suez– no están exentos de riesgo, lo que reduce las opciones reales de desvío masivo de rutas.

El mercado lo sabe. Cada comunicado de la OTAN, cada declaración de Teherán y cada movimiento de la Armada estadounidense se reflejan en microfluctuaciones del precio del crudo y del GNL. “El petróleo se ha convertido en un termómetro en tiempo real de la tensión geopolítica”, apuntan en el sector. Y cuando el termómetro marca fiebre, la inflación y el crecimiento global toman nota.

Trump, entre la presión militar y el cálculo interno

La crisis llega en un momento especialmente delicado para la administración Trump, ya sometida a escrutinio por su política hacia la Reserva Federal y por la escalada de tensiones con aliados europeos. En el Golfo, la Casa Blanca intenta cuadrar un triángulo complicado: disuasión creíble, contención del precio de la energía y gestión de su propia base electoral de cara a las próximas citas en las urnas.

La línea oficial combina sanciones adicionales, advertencias verbales y demostraciones de fuerza en forma de despliegues navales y ejercicios conjuntos. Pero cada paso conlleva riesgos. Si la respuesta se percibe como débil, se refuerza la narrativa de Irán y de sus socios; si se considera excesiva, se corre el peligro de forzar una escalada que arrastre a la región a un conflicto abierto.

La OTAN, por su parte, camina sobre una cuerda igualmente fina. Por un lado, la presión de Washington para mostrar unidad frente a Teherán; por otro, la preocupación de varios aliados europeos, conscientes de que un repunte duradero del crudo podría restar hasta medio punto de PIB anual a economías ya frágiles. El contraste entre las necesidades de la política interior estadounidense y las vulnerabilidades energéticas europeas resulta, de nuevo, demoledor.

Los límites de la OTAN en un conflicto asimétrico

Mark Rutte ha insistido en que la OTAN “no busca involucrarse en un conflicto directo con Irán”, pero ha dejado claro que la Alianza no puede desentenderse de la seguridad de las rutas energéticas. El problema es que el tipo de guerra que se vislumbra en el Golfo no responde al esquema clásico de la defensa colectiva prevista en el artículo 5.

Irán no necesita hundir grandes buques de guerra para causar daño. Le basta con drones, minas navales, ataques a infraestructuras portuarias o sabotajes cibernéticos sobre sistemas logísticos y de tráfico marítimo. Es un conflicto asimétrico, de baja intensidad pero alto impacto, en el que cada operación es difícil de atribuir y más difícil aún de responder de forma proporcionada.

La OTAN, diseñada para disuadir a grandes potencias y responder a ataques claros, se enfrenta a un escenario en el que las líneas rojas son difusas y el espacio gris se ensancha. De ahí el énfasis de Rutte en reforzar la vigilancia, el intercambio de inteligencia y la protección de activos críticos, más que en anunciar grandes despliegues formales que podrían interpretarse como preparativos de guerra.

Si la crisis se enquista, el primer termómetro será el mercado energético. Un encarecimiento sostenido del crudo por encima de los 80–90 dólares y del GNL en Asia podría alimentar una nueva ola inflacionista justo cuando bancos centrales como la Fed o el BCE intentan normalizar sus políticas tras años de tipos extremos.

El impacto no sería homogéneo. Economías importadoras netas, como la zona euro, Japón o buena parte de América Latina, sufrirían un doble golpe: pérdida de poder adquisitivo de los hogares y aumento de los costes empresariales. Por el contrario, algunos productores podrían beneficiarse a corto plazo, pero con el riesgo de agravar la fragmentación geopolítica.