La OTAN al borde del abismo en un mundo fracturado
La entrevista con Javier Villamayor dibuja una alianza en retroceso mientras se consolida un orden de bloques enfrentados y altamente inestable
a OTAN sigue concentrando más del 55% del gasto militar mundial, pero su capacidad para ordenar el tablero geopolítico es cada vez más limitada.
El diagnóstico que traza el analista Javier Villamayor en conversación con Negocios TV es inequívoco: el mundo que nació de Bretton Woods en 1944 y se consolidó tras 1991 está dejando paso a una arquitectura mucho más dura, fragmentada y abiertamente competitiva.
La emergencia del eje sino-ruso sobre Asia y África, el giro realista de Estados Unidos —acelerado con Donald Trump y mantenido, con matices, por sus sucesores— y la creciente disputa por recursos críticos dibujan un escenario de bloques en colisión.
Europa, atrapada entre la dependencia estratégica y la incapacidad de construir poder propio, llega a esta fase con vulnerabilidades profundas.
En este contexto, Villamayor lanza una advertencia que resuena como un disparo de salida: «la OTAN no ha tocado fondo, pero ha dejado de ser el centro de gravedad del sistema».
Del Bretton Woods estable al desorden acelerado
El punto de partida es un dato histórico: el sistema nacido de Bretton Woods, pensado para asegurar estabilidad financiera y liderazgo norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial, funcionó durante décadas como esqueleto del orden global. El dólar como moneda de reserva, las instituciones multilaterales y, en el plano militar, la OTAN como paraguas de seguridad, consolidaron un mundo relativamente previsible.
Ese diseño se mantuvo incluso tras la caída de la URSS. Durante casi 30 años de unipolaridad, Washington operó como árbitro casi exclusivo. Sin embargo, como subraya Villamayor, la “resaca” de Bretton Woods ha llegado: el modelo que garantizaba estabilidad se ha convertido en fuente de tensión, porque ya no refleja el peso real de nuevos actores.
China concentra hoy cerca del 18% del PIB mundial y Rusia ha logrado transformar poder energético en influencia geopolítica. Ambas potencias han entendido que, si el tablero está amañado a favor de Occidente, la respuesta pasa por construir estructuras alternativas: bancos de desarrollo paralelos, acuerdos energéticos en monedas distintas al dólar, foros políticos propios. La consecuencia es clara: el centro de gravedad se desplaza, pero la arquitectura formal sigue anclada en 1944.
Trump y el fin de la inocencia multilateral
En este contexto, la figura de Donald Trump actúa como acelerador. Su llegada a la Casa Blanca cristaliza una tendencia de fondo: el cansancio de Estados Unidos con el papel de “policía global” que paga más de lo que recibe. Trump verbaliza, con crudeza, lo que ya aparecía en debates estratégicos desde hace años: si los aliados no pagan, la protección no está garantizada.
El mensaje ha tenido dos efectos simultáneos. Dentro de la OTAN, ha obligado a los socios europeos a comprometerse con el famoso 2% del PIB en gasto militar, objetivo que en 2023 solo alcanzaba una minoría de países. Fuera de la alianza, ha proyectado la imagen de un Estados Unidos menos predecible, dispuesto a sacrificar el ideal multilateral en favor de intereses estrictamente nacionales.
Villamayor sintetiza esta transición como el paso de un “multilateralismo ingenuo” a un realismo descarnado, en el que cada movimiento se mide en términos de coste-beneficio y de retorno inmediato. «Trump no inventa el giro, lo desnuda», apunta el analista. El resultado es un sistema en el que las reglas cuentan cada vez menos y el poder duro —militar, tecnológico, energético— pesa más que cualquier declaración conjunta.
Europa entre la dependencia y la ruptura
Si hay un actor descolocado en este nuevo tablero, es Europa. El viejo continente depende de la OTAN para su seguridad, del dólar para gran parte de su arquitectura financiera y de importaciones masivas para energía y materias primas críticas. Sin embargo, al mismo tiempo, aspira a una “autonomía estratégica” que rara vez consigue traducir en decisiones concretas.
La guerra en Ucrania ha evidenciado esta contradicción: más del 60% del gas ruso que llegaba a la UE en 2021 ha tenido que ser sustituido a toda prisa por GNL estadounidense y suministros alternativos, con un coste elevadísimo para la industria europea. Mientras, el aumento del gasto militar se ha disparado por encima del 20% en algunos Estados miembros, sin que exista aún una verdadera política de defensa común.
Este hecho revela una fragilidad de fondo: Europa invierte más, pero no gana poder decisorio. La dependencia de la OTAN se refuerza, al tiempo que la capacidad de negociar de tú a tú con Washington o Pekín se reduce. El contraste con otras regiones resulta demoledor: Asia construye alianzas flexibles, África diversifica socios y América Latina explora equilibrios propios, mientras la UE sigue atrapada en debates internos.
Groenlandia y el Ártico como nuevo frente estratégico
Uno de los puntos más inquietantes del análisis de Villamayor es la importancia creciente de Groenlandia y del Ártico en su conjunto. Lo que hace apenas dos décadas era percibido como un espacio remoto se ha convertido en un corredor estratégico de primer orden, por tres razones: recursos, rutas y posición militar.
El deshielo abre paso a nuevas rutas marítimas que pueden acortar hasta en un 40% el tiempo de transporte entre Asia y Europa. Bajo el suelo, los estudios estiman reservas significativas de hidrocarburos y minerales críticos, desde tierras raras hasta potenciales depósitos de uranio. Controlar ese territorio significa, en la práctica, influir sobre la futura geoeconomía del siglo XXI.
La OTAN lo sabe, pero también Rusia y China. Moscú ha multiplicado por dos el número de instalaciones militares en su fachada ártica en apenas una década, mientras Pekín se define ya como “Estado cercano al Ártico” y entra en proyectos de infraestructuras clave. En este contexto, la tentación de forzar cambios de soberanía o de estatus en territorios como Groenlandia deja de ser ciencia ficción. La frontera fría se ha convertido en uno de los puntos más calientes del tablero.
Oriente Medio en ebullición permanente
El otro gran foco de riesgo sigue siendo Oriente Medio. La posibilidad de un choque abierto con Irán, que Villamayor describe como “conflicto siempre aplazado pero nunca desactivado”, pende como una espada de Damocles sobre los mercados energéticos. Un incidente mal gestionado en el Estrecho de Ormuz podría poner en riesgo cerca del 20% del comercio mundial de petróleo, con efectos inmediatos en precios y en la estabilidad macroeconómica global.
La región acumula frentes abiertos: rivalidad saudí-iraní, presencia rusa, influencia creciente de China como mediador y un Estados Unidos que oscila entre la retirada y el compromiso selectivo. Cada escalada local tiene ya consecuencias globales: basta un repunte de 10 o 15 dólares por barril para tensionar la inflación en economías importadoras y obligar a bancos centrales a reaccionar.
En este esquema, la OTAN aparece más como actor de contención puntual que como arquitecto de soluciones. Lo más grave es que el margen para la diplomacia preventiva se reduce cada año, sustituido por coaliciones ad hoc, operaciones discretas y amenazas cruzadas. La alianza atlántica, que durante décadas marcó el paso, se ve ahora obligada a responder a un entorno que ya no controla.
La guerra por las materias primas críticas
Detrás de los movimientos militares y diplomáticos late una carrera silenciosa por las materias primas que sostendrán la transición energética y la nueva industria tecnológica. Litio, níquel, cobalto, grafito, tierras raras: la lista de recursos cuya demanda puede multiplicarse por entre un 200% y un 400% de aquí a 2040 es larga, y su producción está extraordinariamente concentrada.
China refina más del 60% de muchas de estas materias, y África alberga una parte sustancial de las reservas todavía por explotar. No es casual que Pekín y Moscú refuercen su influencia en el continente, ni que Estados Unidos busque cerrar acuerdos bilaterales con países clave de América Latina. La OTAN, centrada tradicionalmente en la dimensión militar, llega tarde a esta batalla económica.
«Un país puede tener el mejor ejército del mundo y, sin embargo, quedarse paralizado si otro le cierra el grifo de un mineral clave»
Villamayor insiste en que el verdadero poder del siglo XXI se medirá en control de cadenas de suministro, no sólo en número de tanques o cazas de quinta generación. «Un país puede tener el mejor ejército del mundo y, sin embargo, quedarse paralizado si otro le cierra el grifo de un mineral clave», resume. La consecuencia es un mundo más propenso a sanciones, embargos cruzados y “bloqueos silenciosos” que apenas aparecen en los titulares, pero condicionan la inversión.
Todo este giro geopolítico tiene traducción inmediata en los mercados. La fragmentación del orden global implica costes más altos, mayor volatilidad y un retorno de la prima de riesgo geopolítica que muchos inversores daban por amortizada tras el fin de la Guerra Fría. Las cadenas globales de valor, diseñadas para maximizar eficiencia, se están reconfigurando hacia modelos de “friendshoring” y regionalización, aunque ello suponga asumir costes adicionales de entre un 5% y un 10% en algunas industrias.
Las grandes potencias, por su parte, refuerzan políticas industriales y estrategias de seguridad económica que se prolongarán durante años. Para Europa, la disyuntiva es especialmente incómoda: o avanza hacia una mayor integración estratégica —en defensa, energía, tecnología— o corre el riesgo de convertirse en el espacio donde otros dirimen sus rivalidades.
El diagnóstico de Villamayor es contundente: «no asistimos al colapso inmediato de la OTAN, sino a algo más sutil y quizá más peligroso: la pérdida gradual de centralidad en un sistema que ya no gira en torno a ella». Para empresas, inversores y gobiernos, ignorar este cambio de fase no es una opción. El tablero se ha roto en bloques, y las reglas del juego han cambiado para todos.