El pacto secreto entre Trump y Netanyahu: ¿qué impulsa al alza el precio del petróleo?

El pacto secreto entre Trump y Netanyahu: ¿qué impulsa al alza el precio del petróleo?

Alberto Iturralde revela las causas políticas y técnicas detrás de la rápida subida del precio del petróleo, vinculada al conflicto en Oriente Medio y un supuesto pacto secreto entre Trump y Netanyahu, con implicaciones para la economía mundial.

La subida del petróleo ha dejado de ser un simple movimiento de mercado para convertirse en un síntoma de algo mayor. En cuestión de días, el crudo ha encadenado una escalada casi vertical que ha desbordado los modelos habituales de análisis. Según Alberto Iturralde, analista de referencia en los mercados, detrás de este rally habría mucho más que miedo a una guerra: un supuesto pacto secreto entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu que convertiría el petróleo en pieza central de un tablero geopolítico explosivo. El foco está en Oriente Medio, en particular en la tensión creciente en torno a Irán, y en cómo esa inestabilidad se traduce en precios, inflación y riesgo financiero global. La gran cuestión ya no es si el crudo puede subir algo más, sino qué pasa si este movimiento se consolida y durante cuánto tiempo podrá soportarlo una economía mundial que aún camina sobre terreno frágil.

Un tablero geopolítico en llamas

La lectura de Iturralde parte de una idea clave: esta subida del petróleo no se parece a las anteriores. No responde al patrón clásico de repunte gradual por recuperación de la demanda o por recortes coordinados de oferta, sino a un shock súbito que en pocos días ha llevado al crudo a rebotar del entorno de soporte hasta zonas de resistencia crítica. Un movimiento de este tipo suele implicar un incremento de entre el 12% y el 18% en un tramo muy corto de tiempo, algo difícil de explicar sólo con fundamentos.

El epicentro vuelve a ser Oriente Medio. Las fricciones en torno a Irán, los riesgos de extensión del conflicto y la percepción de que cualquier incidente puede afectar a rutas estratégicas de suministro convierten cada titular en un catalizador de volatilidad. “Es como si el tablero se hubiera cambiado en mitad de la partida”, resume el enfoque: las piezas son las mismas —productores, consumidores, grandes fondos—, pero la lógica que guía sus movimientos ya no es estrictamente económica.

Este contexto convierte al crudo en un activo político por excelencia. Los mensajes públicos, los gestos diplomáticos y las tensiones militares se integran en la cotización casi en tiempo real. El resultado es un mercado donde el miedo a quedarse fuera del movimiento pesa más que los modelos de valoración tradicionales.

El supuesto pacto que lo cambia todo

En este escenario inflamable, Iturralde introduce un elemento que eleva aún más el nivel de riesgo: un supuesto pacto secreto entre Trump y Netanyahu que utilizaría la tensión en Oriente Medio y el precio del crudo como palanca política. No se trata de un hecho probado ni documentado, sino de una hipótesis de trabajo que intenta explicar la violencia y la velocidad del movimiento actual.

Según esta lectura, la escalada de la tensión favorecería a determinados actores políticos y estratégicos, tanto en Washington como en Jerusalén, en un momento en que el control del relato y la percepción de fuerza son clave. Un petróleo caro genera miedo, condiciona la conversación pública y presiona a gobiernos de todo el mundo, especialmente a aquellos con economías más dependientes de la energía.

La idea es demoledora: el mercado del crudo dejaría de ser principalmente un reflejo de oferta y demanda para convertirse en un instrumento más de la política de poder. “El inversor cree que está analizando gráficos, cuando en realidad está descifrando movimientos de líderes políticos”, podría resumirse. La consecuencia es clara: cualquier estrategia basada únicamente en históricos y patrones técnicos corre el riesgo de quedarse ciega ante decisiones que se toman en despachos, no en pantallas de trading.

Por qué las reglas del mercado se rompen

Desde el punto de vista estrictamente financiero, la clave de esta fase reside en la fuerza y velocidad del impulso alcista. Iturralde subraya que ha entrado un volumen muy importante de capital en muy poco tiempo, empujando las cotizaciones y obligando a muchos especuladores a cerrar posiciones a la baja con pérdidas. El efecto es conocido: short squeeze, cierres forzados que a su vez aceleran las subidas.

A esto se suma otro factor decisivo: el aumento de los márgenes en los futuros. Cuando las cámaras de compensación elevan las garantías exigidas —por ejemplo, un 20% o un 25% adicional—, parte de los operadores más apalancados quedan expulsados del mercado. Se reduce la liquidez disponible y cada orden de compra o venta mueve más el precio, lo que multiplica la volatilidad.

Este contexto explica por qué los modelos estadísticos tradicionales fallan. Lo que antes era un rango de fluctuación razonable, ahora se supera en cuestión de horas. “Los mercados están reaccionando de forma visceral, más a titulares y filtraciones que a datos de inventarios o crecimiento”, es la idea que se desprende del análisis. El diagnóstico es inequívoco: intentar “cazar el techo” en medio de esta tormenta es poco menos que suicida para el inversor que no controle el riesgo al milímetro.

Resistencias técnicas que marcarán el ritmo

Pese al ruido geopolítico, la mirada técnica sigue siendo imprescindible para entender las próximas fases. Iturralde identifica niveles muy claros en el gráfico del crudo. En el caso del WTI, el primer gran obstáculo se sitúa en torno a los 87,90 dólares, un punto que actúa como resistencia inmediata y que puede frenar, al menos temporalmente, la verticalidad del movimiento.

Por encima, la referencia decisiva está cerca de los 93,80 dólares, zona que históricamente ha funcionado como gran punto de inflexión, tanto en tramos de subidas eufóricas como en correcciones profundas. Si el precio llega a esa cota con el mercado ya muy cargado de optimismo, aumentará la probabilidad de giros bruscos.

En paralelo, el Brent —referencia clave para Europa— se enfrenta a un techo en torno a los 97,50 dólares. Superar ese umbral abriría la puerta a un escenario de estrés mucho mayor para las economías importadoras, especialmente en países con elevada dependencia energética. Estas resistencias no son sólo líneas en un gráfico: del modo en que el precio reaccione ahí dependerá el tono de los mercados en las próximas semanas, desde las bolsas hasta la renta fija.

Riesgos para la inflación y el crecimiento

La escalada del crudo llega en un momento especialmente delicado para la economía mundial. El repunte de los precios energéticos actúa como un impuesto encubierto sobre familias y empresas. Un incremento sostenido del petróleo por encima de un 10%–15% respecto a niveles previos se traduce, tarde o temprano, en mayores costes de transporte, encarecimiento de materias primas y presión sobre la cadena de suministro.

Lo más grave es que este movimiento aterriza cuando muchas economías aún tratan de consolidar la desinflación. Un petróleo desbocado puede reavivar las tensiones inflacionistas justo cuando bancos centrales y gobiernos confiaban en una normalización progresiva. El resultado probable sería un entorno de tipos de interés más altos durante más tiempo, con impacto directo en crédito, inversión y empleo.

Para los gobiernos, la ecuación es igual de incómoda: o se asume el golpe presupuestario de nuevas ayudas y subvenciones energéticas, o se soporta el desgaste político de una factura creciente para hogares y empresas. En ambos casos, el petróleo pasa de ser una variable más a convertirse en un factor político central, capaz de condicionar agendas y elecciones.

Lo que esto implica para el inversor minorista

En este contexto, la posición del inversor tradicional es especialmente frágil. Iturralde lanza un mensaje claro: abrir posiciones bajistas en plena escalada, sin señales claras de agotamiento, es una temeridad. El mercado, empujado por la geopolítica y por el cierre de cortos, puede seguir subiendo más tiempo del que la lógica sugiere.

La consecuencia es evidente: la gestión del riesgo pesa más que nunca. Operar con apalancamiento alto, sin márgenes de seguridad, puede derivar en pérdidas súbitas si se producen nuevos titulares o movimientos inesperados de los grandes actores. “La negociación se ha convertido en un arte delicado, más fino que nunca”, sintetiza el espíritu del análisis.

Para los perfiles más conservadores, la prioridad debería ser evitar quedar atrapados en el peor punto del ciclo. Eso implica asumir que, en determinados momentos, la mejor decisión es no operar o reducir exposición, incluso a costa de renunciar a parte del potencial de revalorización. En un mercado dominado por fuerzas que no se ven en los gráficos, sobrevivir es tan importante como acertar en la dirección.