M Sophia, Olina, Merope, Min Hang, Thalia III

Petroleros “fantasma”, embargo y tutelaje de Washington: el nuevo juego del crudo venezolano

El regreso a casa de cuatro buques en modo oscuro revela el tránsito acelerado de Venezuela del contrabando petrolero a un esquema de exportación controlado por Estados Unidos

Al menos cuatro petroleros que habían zarpado de Venezuela en “modo oscuro” a comienzos de enero han regresado a sus aguas, la mayoría cargados hasta arriba de crudo. La escena, confirmada por PDVSA y por la plataforma independiente TankerTrackers, es mucho más que un movimiento portuario: se produce en plena transición entre el embargo total decretado por Donald Trump en diciembre y la puesta en marcha de un nuevo esquema de exportaciones bajo férreo control de Washington.
En paralelo, Estados Unidos ha capturado y trasladado a su territorio a Nicolás Maduro, en una operación que deja al país caribeño bajo una suerte de administración tutelada, pendiente ahora de un acuerdo petrolero de unos 2.000 millones de dólares con la Casa Blanca.
Los traders Vitol y Trafigura, dos gigantes del comercio global de materias primas, ya tienen las primeras licencias para canalizar esas ventas, mientras la flota venezolana tantea el terreno entre incautaciones, desviaciones de ruta y regresos apresurados.
La fotografía es elocuente: una PDVSA en mínimos operativos, una flota que apaga sus transpondedores para esquivar sanciones y un socio estadounidense que da el paso de la sanción a la gestión directa del negocio. La incógnita, ahora, es quién se quedará con la renta petrolera venezolana y en qué condiciones.

Petroleros en “modo oscuro”: la flotilla que desafió el embargo

Según los datos cruzados por PDVSA y TankerTrackers, una flotilla de cerca de una docena de buques cargados y al menos tres vacíos abandonó aguas venezolanas en diciembre y comienzos de enero con los transpondedores apagados, una práctica conocida como operar en “modo oscuro”.

Este tipo de maniobras —cambios de bandera, rutas opacas, transferencias de crudo barco a barco en alta mar— se había convertido en el modus operandi de un país sometido a sanciones desde hace años. Pero el embargo reforzado decretado por Trump a mediados de diciembre llevó la opacidad a un nuevo nivel, hundiendo las exportaciones a mínimos de varios años y obligando a PDVSA y a sus clientes a asumir riesgos crecientes.

Este hecho revela un punto de inflexión: la combinación de sanciones, vigilancia satelital y control sobre aseguradoras y puertos clave ha convertido cada viaje en una apuesta de alto riesgo. El regreso de varios de esos buques, ya bajo el foco de la inteligencia estadounidense, sugiere que el margen para operar al margen del radar se ha reducido al mínimo, y que armadores y navieras empiezan a ver el negocio venezolano como un terreno minado.

TankerTrackers

M Sophia, Olina, Merope, Min Hang, Thalia III: el mapa de un pulso naval

En esta nueva fase, los nombres de los barcos cuentan una historia propia. El supertanque M Sophia, con bandera de Panamá, fue interceptado y requisado por Estados Unidos cuando intentaba regresar, en un golpe de efecto que deja claro el alcance del embargo reforzado.

El Aframax Olina, abanderado en Santo Tomé y Príncipe y anteriormente conocido como Minerva M, también fue interceptado, pero finalmente liberado y autorizado a volver a Venezuela, según confirmó PDVSA. Tres buques más —Merope (Panamá), Min Hang (Islas Cook) y Thalia III (Panamá)— han sido detectados de nuevo en aguas venezolanas mediante imágenes satelitales, después de haber salido en esa misma flotilla “en modo oscuro”.

La secuencia dibuja un patrón: Estados Unidos exhibe fuerza con la incautación de un gran petrolero para marcar límites, pero abre al mismo tiempo una puerta de salida negociada para parte de la flota, coincidiendo con el diseño de un nuevo esquema de exportaciones. Castigo ejemplar y canalización ordenada se combinan para disuadir el contrabando y, a la vez, preparar el terreno al futuro acuerdo.

De la “economía sombra” al petróleo bajo tutela estadounidense

El regreso de los petroleros coincide con un giro geopolítico sin precedentes: la captura de Nicolás Maduro y su esposa en una operación relámpago, su traslado a Nueva York y el anuncio de Trump de que Estados Unidos “va a dirigir el país hasta garantizar una transición segura”.

Hasta ahora, buena parte del crudo venezolano circulaba en una suerte de economía sombra, con descuentos agresivos y una cadena de intermediarios dispuestos a asumir sanciones a cambio de acceso a barriles baratos. El nuevo marco apunta a algo distinto: un esquema de exportaciones “organizadas” bajo supervisión directa de la Casa Blanca, con licencias selectivas y compradores escogidos.

La consecuencia es clara: Venezuela pasa de esconder su petróleo en los márgenes del sistema a venderlo de nuevo en el circuito formal, pero a costa de ceder el timón de su política energética a Washington. Para los acreedores y potenciales nuevos socios, el movimiento reduce incertidumbres jurídicas; para una parte de la población venezolana, consagra la pérdida de soberanía sobre su principal recurso.

Vitol y Trafigura: los nuevos intermediarios del crudo venezolano

En este rediseño del tablero, los traders Vitol y Trafigura emergen como piezas clave. Ambas firmas han recibido ya las primeras licencias estadounidenses para negociar las importaciones y exportaciones de crudo venezolano, compitiendo con compañías norteamericanas por acuerdos que podrían implicar decenas de millones de barriles en los próximos meses.

En una reunión en la Casa Blanca, Trump se dirigió a ejecutivos de estas compañías y de petroleras estadounidenses con un mensaje de “seguridad total” para operar ahora en Venezuela, subrayando que los riesgos que antes desalentaban la inversión han desaparecido con la captura de Maduro y el control directo de PDVSA.

El diagnóstico es inequívoco: la vieja élite chavista es sustituida por un consorcio de poder integrado por la Casa Blanca, grandes traders y empresas de servicios petroleros. PDVSA queda relegada al papel de operador técnico supervisado, mientras la decisión final sobre a quién se vende, a qué precio y con qué logística se desplaza hacia centros financieros en Ginebra, Houston o Nueva York.

Para las navieras y las aseguradoras marítimas, la nueva etapa combina oportunidades y amenazas. Por un lado, la regularización parcial de las exportaciones reduce la necesidad de rutas clandestinas, cambios de bandera de última hora o transferencias opacas en alta mar. Por otro, el riesgo de verse vinculadas a un cargamento previo al acuerdo, o a operaciones todavía bajo sanciones, se dispara.

Los casos del M Sophia y del Olina funcionan como laboratorio. El primero demuestra que una única travesía puede terminar en la pérdida de un activo valorado en decenas de millones de dólares, además de potenciales reclamaciones por parte de fletadores y cargadores. El segundo ilustra que la negociación política puede salvar un buque in extremis, pero a costa de quedar bajo vigilancia permanente.

A partir de ahora, cláusulas de fuerza mayor, pólizas de seguro y contratos de fletamento incluirán previsiblemente referencias explícitas al riesgo Venezuela. Las navieras deberán elegir entre alinearse con el nuevo esquema bendecido por Washington o seguir jugando en los márgenes, con menos puertos dispuestos a recibirles y más ojos puestos en cada escala.

Impacto en el mercado: barriles baratos y nueva prima geopolítica

En términos de mercado, la reorganización del crudo venezolano introduce una variable relevante en un momento de elevada volatilidad. Si el acuerdo por 2.000 millones de dólares se traduce en un flujo estable de barriles hacia Estados Unidos y otros clientes autorizados, el resultado inmediato será un aumento de oferta de crudo pesado en el Atlántico, con impacto directo en diferenciales y en el negocio de refino.

Para refinerías estadounidenses diseñadas históricamente para procesar mezclas de crudo pesado latinoamericano, la reapertura de la válvula venezolana supone una alternativa frente a suministros de otros orígenes más caros o políticamente menos manejables. Pero el mercado incorporará una nueva prima: la dependencia del calendario político y judicial de Washington, desde el futuro de Maduro en los tribunales hasta el ciclo electoral en la Casa Blanca.

Para otros productores de crudo pesado —desde Canadá hasta México o países de Oriente Medio—, el regreso parcial de Venezuela al juego global puede presionar precios y obligar a ajustar descuentos. El contraste con el colapso exportador previo al embargo es demoledor: de vender en la sombra a China e intermediarios secundarios, a competir a la luz del día por cuota en el mayor mercado del mundo.

Venezuela, entre el respiro financiero y la pérdida de control

Dentro del país, el nuevo esquema abre una ventana de oxígeno financiero. Si se consolida un flujo ordenado de exportaciones, el Gobierno interino designado tras la captura de Maduro —bajo el paraguas de Estados Unidos— contará con una fuente de divisas que puede aliviar un desplome del PIB superior al 70 % en la última década y una inflación todavía elevada.

Sin embargo, el coste político es enorme. Amplios sectores de la sociedad perciben que el petróleo, símbolo histórico de soberanía, ha quedado hipotecado a una combinación de imposición militar y negociación corporativa internacional. La vuelta a casa de los petroleros en modo oscuro, esta vez bajo vigilancia de satélites y licencias estadounidenses, es la metáfora perfecta del momento: los barcos regresan, pero el timón ya no lo maneja Caracas.

Las próximas semanas serán decisivas. Si los acuerdos con Vitol, Trafigura y las grandes petroleras se traducen en mejoras tangibles para la población —electricidad más estable, abastecimiento básico, cierta recuperación del empleo—, el relato del “rescate” puede ganar terreno. Si, por el contrario, la sensación es que Venezuela ha cambiado de operador sin salir de la crisis, el nuevo modelo nacerá cuestionado y vulnerable a futuros sobresaltos políticos.