Pezeshkian eleva el choque y acusa a Israel de terrorismo de Estado

Israel Foto de Aaron Ovadia en Unsplash

El presidente iraní endurece su discurso, señala también a Estados Unidos y sitúa la crisis en un umbral con potencial desestabilizador para toda la región.

La escalada verbal entre Irán e Israel ha entrado en una fase de máxima dureza. Masoud Pezeshkian ha acusado al Gobierno israelí de practicar “terrorismo de Estado”, una expresión de enorme carga política y diplomática que no solo eleva la tensión bilateral, sino que vuelve a colocar a Oriente Próximo ante un riesgo creciente de desbordamiento regional. Lo relevante no es únicamente la denuncia, sino el momento en que se produce: con varios frentes abiertos, con Washington bajo presión y con el marco jurídico internacional sometido a un desgaste cada vez más visible.

El mandatario iraní también dirigió sus críticas contra Estados Unidos, al que responsabilizó de alimentar la hostilidad contra Teherán.

Un lenguaje que endurece el conflicto

Las palabras utilizadas por Pezeshkian no son un detalle retórico. En diplomacia, el paso de la denuncia política a la acusación de “terrorismo de Estado” implica un salto cualitativo. Supone presentar al adversario no como un rival militar o geopolítico, sino como un actor que opera al margen de las normas mínimas del sistema internacional. Esa formulación tiene efectos inmediatos en la opinión pública interna, en la narrativa regional y en el margen de maniobra de terceros países.

Irán, además, no se ha limitado a censurar una acción concreta. Ha construido un relato de mayor alcance: Israel sería, según Teherán, la punta visible de una dinámica de desestabilización más amplia, tolerada o incluso respaldada por Washington. Lo más grave es que esa interpretación reduce los espacios de distensión. Cuando una parte entiende que el choque responde a un plan estructural y no a un incidente puntual, la respuesta deja de ser táctica y pasa a ser estratégica.

Este hecho revela una tendencia cada vez más peligrosa: la región ha normalizado un nivel de confrontación verbal que hace apenas unos años habría activado mecanismos de contención inmediatos. Hoy, sin embargo, el umbral de alarma parece mucho más alto.

La acusación contra Washington cambia la dimensión del choque

Pezeshkian no ha querido limitar el enfrentamiento al eje Teherán-Tel Aviv. Su decisión de incluir a Estados Unidos en el centro de la crítica amplía el foco y multiplica el riesgo político. Cuando Irán acusa a Washington de “agresión” y de escalar deliberadamente las hostilidades, está enviando un mensaje a tres audiencias al mismo tiempo: a su electorado interno, a sus aliados regionales y a las potencias que todavía aspiran a evitar una expansión del conflicto.

La consecuencia es clara. Si la crisis deja de leerse como una confrontación bilateral y pasa a interpretarse como un pulso entre Irán y el bloque occidental, el margen para una mediación técnica se reduce de forma drástica. Ya no se trataría de enfriar un intercambio de golpes o amenazas, sino de reconducir una lógica de bloques. Y ese escenario, históricamente, siempre ha sido más difícil de contener.

En términos estratégicos, la implicación estadounidense introduce un factor decisivo: el coste potencial de un error de cálculo se dispara. En una región donde operan bases, milicias aliadas, corredores energéticos y rutas comerciales críticas, una mala lectura puede tener repercusiones económicas inmediatas en cuestión de 48 a 72 horas.

El desgaste del derecho internacional

Uno de los elementos más relevantes del mensaje iraní es su apelación al derecho internacional. Pezeshkian sostiene que este tipo de acciones socavan las reglas que deberían limitar el uso de la fuerza. Aunque la denuncia forma parte de una batalla narrativa, toca un punto sensible. El orden jurídico internacional lleva años mostrando signos de erosión, especialmente cuando los conflictos implican a potencias regionales con capacidad militar, apoyo externo y escasa disposición a aceptar arbitrajes efectivos.

El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se debilitan las normas, más peso gana la lógica del hecho consumado. Y esa dinámica no afecta solo a Oriente Próximo. También impacta en la credibilidad de organismos multilaterales, en la eficacia de las sanciones diplomáticas y en la capacidad de la comunidad internacional para establecer líneas rojas reconocibles.

El problema es que esa erosión no se produce de golpe, sino por acumulación. Una operación no respondida, una condena simbólica, una investigación sin consecuencias y una nueva represalia. Así se vacía de contenido el marco legal. Irán explota ese desgaste para presentarse como víctima de un doble rasero. Y, aunque esa narrativa sea discutida por sus adversarios, encuentra eco en buena parte del Sur Global.

Un aviso con eco regional y económico

La advertencia de Pezeshkian —“si el mundo no se mantiene firme, las llamas alcanzarán a muchos”— tiene una dimensión que va más allá del plano militar. La frase resume el temor a un efecto dominó sobre energía, comercio, transporte y estabilidad financiera. Oriente Próximo sigue siendo un nodo central para el crudo, el gas y varias rutas marítimas esenciales. Por eso, incluso una escalada limitada puede traducirse en una prima de riesgo geopolítica casi inmediata.

Los precedentes son conocidos. Cada vez que la región entra en una fase de tensión aguda, los mercados reaccionan con rapidez: suben los seguros de transporte, se encarecen los fletes y aumenta la volatilidad en materias primas. Un repunte del 5% al 8% en los costes logísticos durante episodios breves de crisis no resulta extraño, y el impacto puede ser mayor si el conflicto afecta a corredores clave o amenaza infraestructuras energéticas.

El contraste con otras crisis resulta demoledor. En conflictos anteriores, el canal diplomático, aunque imperfecto, permitía aislar los episodios más graves. Ahora, sin embargo, conviven múltiples focos de fricción, actores no estatales y un lenguaje político cada vez más maximalista. Esa combinación hace que el riesgo ya no sea solo militar. Es también económico, reputacional e institucional.

Teherán busca cohesión interna y proyección exterior

El endurecimiento del discurso iraní responde también a una lógica doméstica. En momentos de tensión externa, el poder político suele recurrir a mensajes de alta intensidad para reforzar la cohesión interna, neutralizar críticas y presentar la disputa en términos existenciales. Pezeshkian necesita proyectar firmeza en un entorno donde cualquier matiz puede interpretarse como debilidad, tanto por el aparato del Estado como por los sectores más duros del sistema.

Sin embargo, reducir el mensaje a consumo interno sería un error. Irán busca además reposicionarse en el tablero regional. Al elevar el tono contra Israel y Estados Unidos, trata de consolidar su papel como actor central de la resistencia antioccidental en la zona. Este hecho revela una estrategia dual: reforzar la legitimidad hacia dentro y ganar capacidad de influencia hacia fuera.

En ese marco, la retórica cumple una función operativa. No siempre anticipa una respuesta militar inmediata, pero sí prepara el terreno político para justificarla si llega el caso. La experiencia regional muestra que entre la amenaza verbal y la represalia efectiva pueden pasar apenas unos días o varias semanas, dependiendo del cálculo de costes y de la presión de los aliados.

El riesgo de una escalada por acumulación

Lo más inquietante no es necesariamente un gran estallido instantáneo, sino la posibilidad de una escalada por capas. Es decir, una suma de episodios limitados que, por acumulación, termine generando un conflicto de mayor alcance. Esa lógica ya se ha visto antes en Oriente Próximo: ataques selectivos, respuestas calibradas, mensajes de disuasión, nuevas operaciones y, finalmente, una espiral difícil de contener.

La consecuencia es clara: cada actor intenta parecer firme sin provocar una guerra abierta, pero precisamente esa búsqueda de equilibrio incrementa el margen para el error. Un cálculo mal hecho, una respuesta desproporcionada o una presión política interna mal gestionada pueden convertir un choque controlado en una crisis regional de primer orden.

El contraste con escenarios más estables es evidente. En sistemas con canales de comunicación sólidos, los mensajes de advertencia sirven para contener. En entornos fragmentados, en cambio, pueden operar como catalizadores. La región convive hoy con al menos 3 niveles simultáneos de tensión: el militar, el diplomático y el narrativo. Cuando los tres se activan al mismo tiempo, la capacidad de corrección disminuye de forma drástica.