Trump exige $1 billion para entrar 3 años al Board of Peace, ¿rival de la ONU?

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Trump exige 1.000 millones por asiento en su ‘Board of Peace’. El presidente plantea una organización paralela a la ONU con una cuota mínima millonaria y ya ha invitado a Milei y Carney a un club diplomático de pago

El último movimiento geopolítico de Donald Trump ha encendido todas las alarmas en las cancillerías del mundo. El presidente estadounidense plantea la creación de un “Board of Peace” en el que solo podrán sentarse los países dispuestos a pagar al menos 1.000 millones de dólares por una membresía de tres años. Según diversas filtraciones, Trump ya habría cursado invitaciones a varios líderes, entre ellos Javier Milei (Argentina) y Mark Carney (Canadá), en un gesto que mezcla afinidad ideológica y cálculo estratégico. La idea, difundida con entusiasmo en foros como r/InBitcoinWeTrust, se interpreta como un posible rival directo de las Naciones Unidas, pero con una diferencia crucial: aquí la silla se compra al contado. El debate que se abre es evidente: ¿estamos ante una ocurrencia más o ante el primer paso hacia un orden internacional “pay-to-play” que ponga precio a la paz y a la influencia?

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Una cuota de entrada sin precedentes

La arquitectura financiera del proyecto es tan simple como agresiva. Cada país que quiera formar parte del “Board of Peace” debería aportar un mínimo de 1.000 millones de dólares, lo que le otorgaría tres años de membresía. Traducido en términos anuales, se trata de unos 333 millones al año, una cifra que supera la contribución que muchos Estados realizan hoy al presupuesto de la ONU y de sus agencias.

Si tan solo 30 países aceptaran el “buy-in” propuesto, el nuevo organismo podría arrancar con una bolsa de 30.000 millones de dólares para financiar operaciones diplomáticas, proyectos de reconstrucción o, en el límite, presencia militar conjunta. La comparación con las estructuras actuales es inevitable: mientras el sistema de Naciones Unidas se basa en cuotas proporcionales al tamaño de la economía y al ingreso per cápita, el modelo de Trump parte de un umbral fijo que deja automáticamente fuera a buena parte del mundo en desarrollo.

Este hecho revela la naturaleza del experimento: no se trata de una organización universal, sino de un club restringido de Estados dispuestos —y capaces— de pagar un peaje multimillonario a cambio de influencia directa sobre Washington y su agenda internacional.

De la ONU al ‘club de los que pagan’

Las especulaciones sobre el “Board of Peace” como posible rival de la ONU han crecido al ritmo de las filtraciones. Trump nunca ha escondido su desdén hacia el edificio de cristal de Nueva York, al que ha acusado reiteradamente de ser «caro, lento e ineficaz». Frente a ese modelo de multilateralismo clásico, el presidente propone una lógica más cercana a un fondo soberano con vocación geopolítica: quien pone dinero, se sienta en la mesa y participa en las decisiones.

La diferencia no es menor. En Naciones Unidas, la representación es casi universal —193 Estados miembros— y, aunque el Consejo de Seguridad concentra el poder, existe una estructura de legitimidad formal que trasciende la capacidad de pago. En el esquema de Trump, el criterio de entrada es puramente financiero. La consecuencia es clara: los países con menos músculo fiscal quedarían relegados a espectadores de un espacio donde se discuten sanciones, reconocimientos, intervenciones y acuerdos comerciales.

El contraste con foros como el G7 o el G20 también es significativo. Allí el acceso se basa en el tamaño de la economía, el peso político y las redes de alianzas, no en el pago directo de una cuota cerrada. El “Board of Peace” introduce un elemento nuevo: la posibilidad de que Estados con ambición regional, pero sin asiento en los grandes clubes, “compren” relevancia internacional a golpe de cheque.

Milei, Carney y el guiño a los ‘outsiders’ del sistema

Las primeras invitaciones filtradas aportan pistas sobre el diseño político del proyecto. Que Trump haya llamado a Javier Milei y Mark Carney no es casual. Milei se ha erigido en abanderado de la desregulación, el ajuste fiscal radical y la simpatía abierta hacia Washington, además de ser un icono para parte del mundo cripto. Carney, por su parte, encarna un perfil distinto: exgobernador del Banco de Inglaterra y hoy primer ministro canadiense, es percibido como un tecnócrata con credenciales en los mercados y cierto margen para distanciarse de la línea europea tradicional.

La combinación envía un mensaje: el “Board of Peace” no aspira solo a agrupar aliados tradicionales de Estados Unidos, sino también a reclutar a líderes con discurso antiestablishment que cuestionan el multilateralismo clásico, ya sea por motivos ideológicos o por pura frustración con el statu quo. «Si la ONU es un club de burócratas, esto será un club de líderes que quieren decidir rápido y sin pedir permiso», resumen quienes aplauden la idea en los foros más afines a Trump.

Al mismo tiempo, la invitación plantea dilemas internos. Para un país como Argentina, aportar 1.000 millones de dólares —cerca del 0,2% de su PIB y una porción significativa de sus reservas netas— en pleno programa de ajuste supondría un coste político enorme. En el caso de Canadá, la decisión implicaría tensionar aún más la relación con un ecosistema multilateral en el que Ottawa ha buscado históricamente un papel moderador.

El entusiasmo del mundo cripto: menos ONU, más ‘skin in the game’

No es casual que la noticia haya prendido en comunidades como r/InBitcoinWeTrust. Una parte del universo cripto ve el “Board of Peace” como un paso más en la erosión de las viejas instituciones del siglo XX. La lógica es familiar: así como Bitcoin nació como reacción a los rescates bancarios y a la política monetaria discrecional, un club internacional “de pago” se presenta como una alternativa cruda pero transparente a la financiación opaca y a las cuotas diluidas de la ONU.

En esos foros, se repite una idea: «si un país quiere influir, que lo haga con su propio balance, no con deuda o promesas vacías». La exigencia de un “buy-in” de 1.000 millones se interpreta como una forma de “skin in the game”: aportar capital real y asumir un compromiso tangible durante al menos tres años. La paradoja es evidente: un proyecto que seduce a defensores de sistemas descentralizados precisamente porque concentra poder político y financiero en un núcleo reducido.

Al mismo tiempo, no faltan voces críticas dentro del propio ecosistema cripto, que advierten de que el “Board of Peace” podría convertirse en “un club de plutocracias estatales”, donde se blanquean intereses geoestratégicos bajo el barniz de la eficiencia y la rapidez. Para estos analistas, la coexistencia entre un sistema monetario más descentralizado y una gobernanza internacional más oligárquica no solo es posible, sino coherente con la deriva actual.

El coste económico: 1.000 millones a cambio de influencia

Desde el ángulo estrictamente económico, la cuestión central es si 1.000 millones de dólares por tres años de asiento pueden justificarse como inversión en influencia para un país medio. Para una economía del tamaño de España o Canadá, la cifra equivale a alrededor del 0,07%-0,08% del PIB, una magnitud que, aunque relevante, es gestionable dentro de un presupuesto público de cientos de miles de millones.

Para países emergentes de menor tamaño, el esfuerzo es mayor: en una economía de 250.000 millones de dólares de PIB, la cuota representa el 0,4%, un porcentaje similar a programas enteros de educación o sanidad. En términos comparativos, muchas capitales ya pagan hoy centenares de millones anuales en contribuciones a organismos internacionales, operaciones de paz o programas de ayuda al desarrollo.

El atractivo del “Board of Peace” dependerá de la percepción de retorno: acceso preferente a la Casa Blanca, capacidad de influir en sanciones y acuerdos comerciales, visibilidad diplomática y, en el extremo, apoyo financiero o militar en crisis internas. Si el club logra resolver conflictos, desbloquear inversiones y coordinar respuestas rápidas, el cheque puede verse como un coste asumible. Si se percibe como una foto cara sin resultados tangibles, la presión interna para salir será inmediata.

Un desafío directo al orden multilateral tradicional

Más allá de las cifras, lo que inquieta a diplomáticos y analistas es la implicación sistémica del proyecto. Un “Board of Peace” con un núcleo inicial de 15-20 países de peso podría convertirse en foro alternativo para decisiones clave sobre sanciones, reconocimiento de gobiernos, diseño de coaliciones militares y coordinación de políticas energéticas. Aunque la ONU seguiría existiendo, correría el riesgo de convertirse en un escenario secundario para discursos y resoluciones simbólicas.

El impacto sería especialmente sensible en Europa. Una parte de los Estados miembros, alineados con la tradición multilateralista, vería con recelo cualquier estructura paralela que debilite el papel de Naciones Unidas. Otros, más próximos a la agenda de Washington, podrían coquetear con la idea de sumar un asiento al “Board of Peace” como garantía adicional de protección y relevancia.

El diagnóstico es inequívoco: si el proyecto de Trump prospera, acelerará la transición desde un multilateralismo universal hacia un sistema de bloques y clubes de pago, donde el peso económico y la disposición a arriesgar recursos definan el grado de influencia real.

¿Proyecto serio, globo sonda o herramienta de presión?

Queda una incógnita central: hasta qué punto el “Board of Peace” es un proyecto estructurado o un globo sonda negociador. No sería la primera vez que Trump lanza una propuesta maximalista para recalibrar la posición de sus interlocutores y, más tarde, reconducirla hacia fórmulas menos disruptivas. Una amenaza creíble de crear un club paralelo puede servir para presionar a la ONU en materia de financiación, reformas de gobernanza o alineamiento con determinados intereses estadounidenses.

Los escenarios posibles van desde un organismo operativo, con estatutos, sede e instrumentos financieros propios, hasta un simple foro político informal, similar a un G20 ampliado con cuota de entrada. En el extremo opuesto, también cabe la posibilidad de que el proyecto se disuelva si no logra atraer suficientes compromisos iniciales.

Mientras tanto, el mero anuncio ya ha tenido efectos: ha reabierto el debate sobre quién paga la paz, quién la gestiona y qué modelo de gobernanza internacional queremos en un mundo donde la confianza en las instituciones heredadas de la posguerra se erosiona a gran velocidad. Que el debate haya prendido con fuerza en espacios como r/InBitcoinWeTrust es, en sí mismo, un síntoma: la discusión sobre el futuro del dinero y la del futuro del orden internacional han dejado de ser debates separados.