Putin se alinea con Teherán tras la muerte de Larijani

El pésame remitido a Mojtaba Jamenei revela mucho más que una cortesía diplomática: Moscú mueve ficha mientras la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos entra en una fase que ya golpea a la energía, al comercio y a los mercados.

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Vladímir Putin ha enviado sus condolencias a Mojtaba Jamenei por la muerte de Ali Larijani, según la televisión estatal iraní y la agencia rusa TASS. El gesto llega en el peor momento posible para la región: la cúpula iraní vuelve a ser descabezada, Teherán promete represalias y el conflicto ha saltado ya desde los objetivos militares hacia las infraestructuras energéticas.
Lo relevante no es solo el mensaje. Lo verdaderamente decisivo es el contexto. Larijani no era un dirigente menor, sino uno de los hombres con más peso en el sistema iraní. Y su eliminación acelera un vacío de poder que Rusia no puede permitirse ignorar. 

Un pésame con lectura estratégica

La carta atribuida a Putin no fue un trámite burocrático. TASS difundió que el presidente ruso trasladó a Mojtaba Jamenei sus condolencias por la muerte del secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní y definió a Larijani como un dirigente “sabio y con visión de futuro”. “Tuve la oportunidad de reunirme con él muchas veces. Era un político sabio y con visión de futuro”, señaló el mensaje reproducido por la televisión estatal iraní. Esa formulación importa porque sitúa a Larijani no solo como un aliado táctico, sino como una pieza central en la asociación estratégica integral entre Moscú y Teherán. También importa el destinatario: AP informó hace días de que Mojtaba Jamenei fue designado nuevo líder supremo tras la muerte de su padre, Ali Jamenei, lo que convierte el gesto ruso en un reconocimiento político de facto del nuevo equilibrio interno iraní.

El vacío que deja Larijani

La relevancia de la muerte de Larijani se entiende mejor mirando su perfil. Tenía 67 años, había vuelto a ocupar la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional en 2025 y, según AP, se había convertido en una de las figuras que más peso acumulaban en la gestión del conflicto tras la muerte de Ali Jamenei. No era clérigo y, por tanto, no encajaba en la jefatura espiritual del régimen, pero sí ejercía como nexo entre aparato político, seguridad nacional y negociación exterior. Ahí reside la gravedad del golpe. TASS, citando a la televisión iraní, habla de un ataque estadounidense-israelí; AP y otros medios internacionales lo sitúan en un bombardeo israelí. Esa diferencia no es menor: revela que la batalla por el relato ya está en marcha. Pero en ambos casos el diagnóstico coincide. La eliminación de Larijani priva a Teherán de un operador con experiencia institucional, contacto internacional y legitimidad dentro del sistema.

Moscú protege mucho más que una relación bilateral

Rusia no está actuando por sentimentalismo ni por mera proximidad política. El Kremlin ya había expresado oficialmente a comienzos de marzo su condena por el asesinato de Ali Jamenei y, en una conversación posterior con el presidente iraní Masoud Pezeshkian, reiteró su apoyo a un “cese inmediato de las hostilidades” y a una salida diplomática, al tiempo que mantenía contactos con los países del Golfo. Ese patrón se repite ahora: Moscú intenta preservar la relación con Irán sin romper del todo su margen de interlocución regional. Lo más grave para Rusia no sería solo perder un socio, sino perder capacidad de influencia en un corredor que afecta al petróleo, al gas, al comercio marítimo y a su propia proyección frente a Occidente. Larijani era útil precisamente porque combinaba dureza ideológica y capacidad operativa. Su desaparición deja a Moscú ante un interlocutor nuevo, más opaco y potencialmente más dependiente de la Guardia Revolucionaria.

La guerra ya ha entrado en la fase energética

La secuencia posterior confirma que el conflicto ha dado un salto cualitativo. Tras la muerte de Larijani y del jefe de la milicia Basij, Gholamreza Soleimani, Irán lanzó misiles y drones contra Israel y varios países del Golfo; AP informó de dos muertos en Ramat Gan y de ataques dirigidos también contra Arabia Saudí, Kuwait, Irak y Emiratos Árabes Unidos. Horas después, la tensión se desplazó a los activos energéticos. Diversos medios reportaron impactos sobre South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo compartido por Irán y Qatar, mientras el Brent superaba los 111-112 dólares por barril. La consecuencia es clara: el mercado ya no descuenta un choque localizado, sino una guerra capaz de desordenar los flujos de hidrocarburos del Golfo. Cuando el fuego alcanza esa clase de instalaciones, la amenaza deja de ser regional y se convierte en una variable global de inflación, suministro y crecimiento.

Ormuz vuelve a ser el punto de fractura

El contraste con otros episodios recientes resulta demoledor. Antes el riesgo era el de sanciones, hostigamiento naval o ataques indirectos. Ahora el foco vuelve a ser el estrecho de Ormuz, la arteria por la que, según la EIA, pasaron en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. La IEA añade otra cifra todavía más elocuente: en 2025 transitaron por allí casi 15 millones de barriles diarios de crudo, alrededor del 34% del comercio mundial de crudo. Y la UNCTAD eleva la perspectiva al conjunto marítimo: Ormuz mueve aproximadamente una cuarta parte del comercio mundial de petróleo transportado por mar, además de volúmenes decisivos de gas natural licuado y fertilizantes. Este hecho revela que cualquier deterioro adicional no solo encarecería la energía, sino también seguros, fletes, alimentos e insumos industriales.

Europa vuelve a mirar al Golfo con inquietud

En Bruselas nadie necesita que el barril se dispare a 150 dólares para entender el peligro. ACER recuerda que la UE compró en 2024 30 bcm de GNL en el mercado spot, más que cualquier otro gran importador, y que el 73% de esas operaciones utilizó como referencia el índice TTF neerlandés. Traducción: Europa ha reducido parte de su dependencia del gas ruso, sí, pero sigue muy expuesta a la volatilidad del GNL global. Además, el propio regulador europeo admite que esa alta dependencia del spot puede prolongarse hasta 2030 si no avanza con mayor rapidez la descarbonización y la contratación flexible de suministro. El diagnóstico es inequívoco: una escalada en el Golfo no golpea a Europa de forma abstracta. Le pega en el precio del gas, en la competitividad industrial y en la inflación. Y eso, para una economía todavía frágil, vuelve a abrir un frente que se creía parcialmente amortiguado.

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