Moscú y Budapest elevan la presión sobre Kiev con el parón del oleoducto, mientras Hungría bloquea un macrocrédito europeo y Eslovaquia recorta la ayuda energética a Ucrania

Putin y Szijjarto usan el Druzhba para vetar 90.000 millones

EPA/MAXIM SHIPENKOV / POOL (L) / EPA/YURI KOCHETKOV (R)

La cita de este miércoles en el Kremlin va mucho más allá de un encuentro protocolario. Vladímir Putin recibe en Moscú al ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, para hablar de petróleo, sanciones y Ucrania, en pleno pulso por el corte del oleoducto Druzhba que alimenta a Hungría y Eslovaquia. El portavoz Dmitri Peskov ya ha marcado el tono: acusa a Kiev de “chantaje” por el bloqueo del crudo y presenta a Budapest y Bratislava como “compradores de nuestro petróleo sometidos a presiones del régimen de Kiev”.

Un encuentro en Moscú con el Druzhba de rehén

El Kremlin ha enmarcado la visita de Szijjártó como una conversación “amplia” sobre relaciones bilaterales, energía y la guerra en Ucrania. Pero Peskov no ha dejado dudas sobre el tema estrella: “la situación actual de los suministros de petróleo”, con especial atención a unos socios a los que Moscú presenta como víctimas de una supuesta “extorsión” ucraniana.

En la práctica, Putin recibe al ministro de Exteriores del país de la UE más dependiente del crudo ruso y más dispuesto a defender públicamente esa relación. En 2024, Hungría importó cerca de 4,8 millones de toneladas de petróleo ruso a través del Druzhba, y planeaba llegar a 5 millones de toneladas anuales antes del último corte. Mientras la mayoría de socios comunitarios han reducido a mínimos sus compras a Moscú, Budapest ha aprovechado al máximo la exención que le permite seguir recibiendo crudo por oleoducto.

Szijjártó llega a Moscú con un discurso que encaja casi al milímetro con el del Kremlin: acusa a Ucrania de bloquear deliberadamente el tránsito, denuncia un “ataque” a la soberanía energética húngara y coloca el conflicto en el centro de la campaña electoral de Viktor Orbán. “No renunciaremos a los suministros rusos, porque sin su gas y su petróleo los precios se triplicarían”, repite el ministro.

La consecuencia es clara: la reunión de hoy no es solo un intercambio de quejas técnicas, sino un acto político cuidadosamente escenificado en el que Moscú intenta demostrar que aún tiene clientes fieles dentro de la UE y éstos, a su vez, utilizan ese vínculo para presionar a Bruselas y a Kiev.

Dependencia extrema de Hungría y Eslovaquia del crudo ruso

El parón del Druzhba golpea a toda la cadena, pero no a todos por igual. Hungría y Eslovaquia son las dos economías de la UE que más han aprovechado la exención al embargo de petróleo ruso, incrementando incluso sus importaciones por oleoducto en torno a un 2% en 2024 respecto a niveles previos a la invasión de 2022.

En el caso húngaro, el grueso del crudo ruso alimenta las refinerías de MOL, mientras que en Eslovaquia la situación es aún más delicada: el país depende casi por completo de la refinería de Slovnaft, en Bratislava, configurada para procesar petróleo ruso, lo que limita las alternativas técnicas a corto plazo. Esa vulnerabilidad ha obligado a ambos gobiernos a liberar reservas estratégicas y a buscar rutas alternativas a contrarreloj, como el oleoducto Adria desde Croacia, con capacidad limitada y costes más altos.

Paradójicamente, mientras estos dos países siguen atados al Druzhba, el peso de Rusia en el suministro energético global de la UE se ha desplomado: de representar el 27% del petróleo y el 45% del gas en 2021, ha pasado a rondar el 3% del crudo y el 19% del gas en 2024, según los últimos datos publicados. El contraste es demoledor: donde la mayor parte de Europa ha asumido el coste de la desconexión, Budapest y Bratislava han optado por estirar al máximo la cuerda de la dependencia.

Esa elección tiene ahora un precio político. Al presentar la interrupción del Druzhba como un ataque de Kiev —y no como la consecuencia directa de los bombardeos rusos y de los riesgos de seguridad en la zona—, los gobiernos húngaro y eslovaco se colocan en un flanco que Bruselas ve cada vez más alineado con la narrativa del Kremlin.

El relato del “chantaje” y la guerra de versiones

Moscú, Budapest y Bratislava han lanzado prácticamente el mismo eslogan: “Ucrania nos está chantajeando con el petróleo”. Peskov habla de “bloqueo deliberado”, Orbán de “sabotaje”, y Fico de una decisión “política” para presionar a los vecinos. La otra versión, sin embargo, dibuja un cuadro muy diferente.

Según Kiev, el flujo se interrumpió después de que un ataque ruso con drones dañara gravemente la infraestructura del Druzhba cerca del nudo de Brody, en el oeste de Ucrania, el pasado 27 de enero. Las imágenes difundidas por el ministro de Exteriores ucraniano muestran incendios y depósitos incendiados, y Naftogaz invoca cláusulas de force majeure por imposibilidad técnica de seguir bombeando crudo en condiciones de seguridad.

La Comisión Europea ha tomado partido por la explicación técnica. Tras una reunión urgente del Grupo de Coordinación de Petróleo, Bruselas ha concluido que “no hay riesgo inmediato para la seguridad de suministro de Hungría y Eslovaquia”, gracias a sus reservas de al menos 90 días de importaciones, y que la interrupción responde a daños físicos derivados de los ataques rusos, no a una decisión política de Kiev.

Desde Ucrania, el Ministerio de Exteriores ha calificado las amenazas de Hungría y Eslovaquia como “ultimátums y chantajes que deberían dirigirse al Kremlin, no a Kiev”. El choque de narrativas es evidente: para unos, se trata de un bloqueo calculado; para otros, de un país bombardeado al que se le exige que mantenga intactas las arterias energéticas de sus socios mientras sus propias infraestructuras saltan por los aires.

Orbán en campaña y la palanca de los 90.000 millones

La dimensión energética se mezcla en Hungría con una batalla política interna de alto voltaje. Con unas elecciones en abril y las encuestas situando al partido Fidesz 20 puntos por detrás de la nueva formación Tisza, Viktor Orbán ha convertido el conflicto con Ucrania en eje de su campaña.

La jugada más agresiva ha sido el anuncio de que Hungría vetará un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Ucrania hasta que se restablezca el flujo de crudo por el Druzhba. “No firmaremos nada mientras no llegue petróleo”, ha advertido Szijjártó, que también ha bloqueado junto a Eslovaquia el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia.

Bruselas y varias capitales han respondido con una dureza inusual. El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha acusado a Budapest de “sabotaje político”, mientras la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, insiste en que la UE encontrará la forma de entregar el dinero “con o sin Hungría”, incluso explorando vías para sortear el veto.

En este contexto, el encuentro de Szijjártó con Putin sirve también como mensaje hacia dentro. Orbán necesita demostrar a su electorado que puede garantizar energía barata desafiando a Bruselas y tejiendo acuerdos directos con Moscú, incluso si eso implica dinamitar temporalmente la unidad europea frente a la guerra. El riesgo es que, en el intento, termine aislando a Hungría dentro de la propia UE.

Fico, energía de emergencia y la invitación de Zelenski

La otra pata del eje eslovaco-húngaro la representa Robert Fico. El primer ministro eslovaco ha ido escalando su respuesta al parón del Druzhba: primero denunció un daño económico de 500 millones de euros anuales, después ordenó liberar 250.000 toneladas de crudo de las reservas estratégicas para alimentar Slovnaft y, finalmente, anunció la suspensión de todas las exportaciones de diésel a Ucrania y de la electricidad de emergencia que Bratislava enviaba a su vecino.

Kiev ha minimizado el impacto técnico —tanto los flujos de diésel como la ayuda eléctrica eran limitados y han sido compensados por otros proveedores—, pero ha denunciado el gesto como “un uso inaceptable de la energía como herramienta de presión”. La oposición interna eslovaca habla ya de “vergüenza nacional” y varias fuerzas han llevado la decisión ante la justicia por considerarla contraria a los principios humanitarios básicos.

En paralelo, Zelenski ha invitado a Fico a visitar Ucrania del 6 al 9 de marzo para buscar una salida. No será un diálogo sencillo: el líder eslovaco ha amenazado con retirar su apoyo a la adhesión de Ucrania a la UE si no se restablece el petróleo, un giro notable respecto a sus posiciones anteriores. La escena de un primer ministro europeo negociando con un país en guerra mientras mantiene contactos fluidos con Moscú ilustra hasta qué punto la guerra energética ha fracturado el mapa político del centro de Europa.

Bruselas entre el pragmatismo y la fatiga de guerra

La Comisión se esfuerza en transmitir calma. Tras su análisis, el Grupo de Coordinación de Petróleo insiste en que Hungría y Eslovaquia disponen de reservas equivalentes a al menos 90 días de importaciones, tal y como exige la normativa comunitaria, y que el parón del Druzhba “no pone en peligro inmediato” su suministro.

Al mismo tiempo, Bruselas recuerda que la hoja de ruta pasa por eliminar todas las importaciones de gas ruso en 2028 y de GNL ruso en 2027, mientras los flujos de crudo por oleoducto a Hungría y Eslovaquia se mantienen gracias a exenciones indefinidas. Es esa asimetría la que empieza a resultar políticamente tóxica: mientras el conjunto de la UE ha reducido a un 3% su dependencia del petróleo ruso, dos Estados miembros siguen incrementando sus compras y utilizan esa vulnerabilidad como palanca de negociación frente a Kiev y frente a sus propios socios.

La fatiga de guerra hace el resto. Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala, la solidaridad con Ucrania convive con un cansancio creciente en parte de las opiniones públicas. Es en ese terreno donde los argumentos de “primero nuestros recibos de la luz, luego la geopolítica” encuentran terreno fértil, y donde el Kremlin intenta plantar la semilla de un frente prorruso dentro de la UE.

Lo que se juega España en esta nueva brecha energética

España no recibe ni una gota de petróleo por el Druzhba, ni depende del gas ruso para mantener su industria. Su matriz energética está apoyada en renovables, refinerías costeras diversificadas y una red de plantas de GNL que la han convertido en gran puerta de entrada de gas licuado hacia el resto de la UE. Pero la crisis actual no es ajena a los intereses españoles.

En primer lugar, porque cada fisura en la unidad europea complica la construcción de un mercado energético verdaderamente integrado, condición necesaria para aprovechar de forma plena la posición de España como hub de gas y, en el futuro, de hidrógeno. Si Hungría y Eslovaquia logran mantener excepciones permanentes y utilizar su vulnerabilidad como moneda de cambio política, otros países podrían reclamar tratos especiales, erosionando el nivel de ambición en materia de seguridad de suministro y transición verde.

En segundo lugar, porque las decisiones sobre sanciones, préstamos y ayudas a Ucrania afectan directamente al entorno macroeconómico europeo. Un bloqueo prolongado del paquete de 90.000 millones de euros para Kiev o del vigésimo paquete de sanciones puede alargar la guerra, mantener la volatilidad de precios energéticos y lastrar el crecimiento en la eurozona, con impacto directo sobre exportaciones e inversión en España.

Por último, porque la eventual respuesta de la Comisión —por ejemplo, creando mecanismos para neutralizar vetos recurrentes— marcará hasta dónde está dispuesta la UE a llegar para defender su propia coherencia frente a gobiernos díscolos. De esa decisión depende en buena medida el tipo de Unión en la que España deberá moverse en la próxima década.

En ese contexto, la reunión de hoy en Moscú no es un simple encuentro bilateral. Es una pieza más en una partida en la que se cruzan petróleo, elecciones, sanciones y el futuro de la seguridad europea. Y en la que el precio final no se medirá solo en barriles, sino en la cantidad de cohesión política que la UE esté dispuesta a sacrificar.