Un rabino explica por qué algunos judíos atacan a cristianos en Israel: “No lo justifico, lo condeno”

Bacari suelto en Israel

Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar hacia dentro. Y la que se le plantea al rabino Yosef Garmon es una de ellas: ¿por qué algunos judíos atacan a cristianos en Israel? ¿Por qué hay religiosos que escupen al paso de peregrinos, insultan a sacerdotes, dañan cruces o muestran desprecio hacia símbolos cristianos?

La respuesta del rabino no intenta esconder el problema. Tampoco lo suaviza. Al contrario, lo primero que hace es condenarlo de forma tajante. Dice que esos actos han ocurrido, que no deben ocultarse, que la policía debe investigarlos y que los responsables tienen que responder ante la justicia.

Pero después va más allá. Intenta explicar de dónde viene ese rechazo que aparece en ciertos sectores religiosos judíos. Y ahí el asunto deja de ser solo policial para convertirse en una cuestión histórica, religiosa y psicológica.

Garmon lo resume con una idea dura: hay judíos que todavía viven con una “mente diaspórica”, atrapados en el recuerdo de siglos de persecución, expulsiones, inquisiciones, conversiones forzadas y violencia cometida contra comunidades judías en nombre de la cruz.

Eso no justifica los ataques. Pero ayuda a entender por qué algunos reaccionan ante un símbolo cristiano como si no estuvieran viendo a un peregrino actual, sino a todos los enemigos históricos de su pueblo.

No son “los judíos”: son sectores radicales

Lo primero que conviene aclarar es algo fundamental: no se puede hablar de los judíos como si fueran un bloque único. Ni todos los judíos atacan a cristianos, ni el judaísmo oficial defiende ese comportamiento, ni la mayoría de la sociedad israelí aprueba esos actos.

El propio rabino lo dice de forma muy clara: hay judíos ignorantes, fanáticos y religiosos “tontos”, incluso con barba, kipá y apariencia piadosa. Su crítica no va dirigida contra los cristianos, sino contra los propios judíos que utilizan la religión para humillar, insultar o agredir.

Ese matiz es importante porque el problema existe, pero generalizarlo sería injusto y peligroso. En Israel viven comunidades cristianas, hay relaciones de cooperación entre líderes judíos y cristianos, y muchos rabinos han condenado públicamente los ataques.

La cuestión está en una minoría radicalizada que interpreta la presencia cristiana como una amenaza religiosa o histórica.

La cruz como trauma histórico

Una de las claves que ofrece Garmon está en la memoria colectiva. Durante casi dos mil años, el pueblo judío vivió en gran parte fuera de Israel. En ese tiempo sufrió persecuciones, expulsiones, matanzas, conversiones forzadas, guetos y campañas de odio en distintos territorios cristianos y musulmanes.

En el caso concreto del cristianismo europeo, la cruz fue muchas veces el símbolo bajo el que se justificaron abusos contra los judíos. Para muchos cristianos actuales, la cruz representa fe, amor, sacrificio y esperanza. Pero para algunos judíos marcados por una educación cerrada o por una memoria histórica transmitida desde el dolor, puede evocar persecución, miedo y amenaza.

Ahí aparece el choque. Un peregrino cristiano puede caminar por Jerusalén con una cruz pensando en su fe. Un extremista judío puede verla como un símbolo de siglos de humillación contra su pueblo. Esa reacción no es racional ni justa, pero ayuda a entender el origen emocional de ciertos ataques.

El miedo al proselitismo

Otro elemento que menciona el rabino es el miedo a que los cristianos intenten convertir a los judíos. En algunos sectores religiosos de Israel existe una desconfianza profunda hacia cualquier presencia misionera. La idea de que alguien quiera evangelizar o “cristianizar” a judíos despierta una alarma inmediata.

Esa desconfianza no nace de la nada. Durante siglos hubo intentos de convertir a judíos por la fuerza o mediante presión social. Y aunque hoy muchas comunidades cristianas no buscan eso, algunos grupos judíos ultraortodoxos siguen interpretando cualquier gesto cristiano como una amenaza.

El problema es que ese miedo puede degenerar en agresión. Una cosa es proteger la propia identidad religiosa y otra muy distinta es escupir a una monja, romper una cruz o insultar a peregrinos que simplemente están visitando un lugar santo.

El Talmud y las lecturas fuera de contexto

La conversación también entra en un terreno delicado: el Talmud y ciertos textos que algunos presentan como prueba de desprecio hacia los no judíos.

El rabino reconoce que existen pasajes duros, escritos en contextos históricos de persecución, destrucción del templo, rebeliones aplastadas y supervivencia de una comunidad amenazada. Pero insiste en que no se pueden leer esos textos como si hubieran sido redactados hoy en una sociedad democrática moderna.

Según su explicación, algunas frases nacen de una comunidad que se sentía perseguida y necesitaba protegerse. El error está en sacar esos fragmentos de contexto y convertirlos en una licencia para despreciar a otros pueblos o religiones.

Garmon recuerda también que la tradición judía contiene ideas universales muy potentes, como que todo ser humano fue creado a imagen de Dios. Esa visión, sostiene, impide considerar inferior al no judío.

La batalla, por tanto, no está solo entre judíos y cristianos, sino dentro del propio mundo judío: entre quienes leen su tradición como una llamada a la dignidad humana y quienes la usan como una frontera de desprecio.

La “mente diaspórica” en un Estado fuerte

Una de las ideas más interesantes del rabino es la de la mente diaspórica. Durante siglos, los judíos vivieron como minoría vulnerable en territorios ajenos. Tenían miedo porque muchas veces había razones para tenerlo. Eran perseguidos, acusados, expulsados o asesinados.

Pero Israel ya no es una comunidad indefensa escondida en la diáspora. Es un Estado con ejército, policía, instituciones, tecnología y poder político. Según Garmon, una parte del pueblo judío aún no ha hecho ese cambio mental. Sigue sintiéndose víctima incluso cuando vive en un país fuerte.

Ese desfase puede generar una reacción peligrosa: actuar como si cada símbolo ajeno fuera una amenaza existencial. Y cuando alguien se siente siempre atacado, puede terminar atacando primero.

El rabino lo plantea como un reto interno: Israel no puede vivir eternamente desde el trauma. Debe mirar al futuro, no solo al pasado.

Israel condena, pero el problema persiste

El rabino insiste en que Israel no oculta estos ataques. Afirma que la policía actúa, que se detiene a responsables y que se han dado pasos para proteger a las comunidades cristianas. También recuerda que líderes israelíes y religiosos han condenado públicamente los incidentes.

Pero que haya condenas no significa que el problema esté resuelto. Las imágenes de escupitajos, agresiones verbales o daños a símbolos religiosos golpean especialmente porque ocurren en Tierra Santa, un lugar central para judíos, cristianos y musulmanes.

Cada ataque contra un cristiano en Jerusalén no es solo un acto de mala educación o fanatismo local. Es un mensaje que daña la imagen de Israel, hiere a comunidades cristianas y alimenta la idea de que la convivencia religiosa está bajo presión.

Cristianos en Israel: entre crecimiento y tensión

Hay un dato que el rabino utiliza para defender que Israel no es un país hostil al cristianismo en su conjunto: la población cristiana en Israel ha crecido en los últimos años y, en comparación con otros lugares de Oriente Medio, las comunidades cristianas mantienen presencia institucional, educativa y religiosa.

Pero esa realidad convive con otra: los cristianos, especialmente en Jerusalén y en algunos puntos de Cisjordania, denuncian acoso, escupitajos, vandalismo y presión por parte de grupos extremistas.

Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Israel puede ofrecer más libertad religiosa que otros países de la región y, al mismo tiempo, tener un problema serio con grupos radicales que hostigan a cristianos.

Negar lo primero sería injusto. Negar lo segundo sería irresponsable.

El reto: pasar del trauma a la convivencia

La explicación del rabino no busca absolver a nadie. Busca entender para corregir. Los ataques contra cristianos no pueden justificarse por el pasado, por el Talmud, por la diáspora ni por el miedo al proselitismo. Un trauma histórico puede explicar una reacción, pero no la convierte en aceptable.

La clave está en algo que Garmon repite durante la conversación: mirar hacia adelante. Judíos y cristianos arrastran una historia larga, con momentos de cercanía, ruptura, persecución, recelo y reconciliación. Pero seguir atrapados en las heridas del pasado solo garantiza que esas heridas se reproduzcan.

El desafío para Israel es doble. Por un lado, proteger de verdad a las comunidades cristianas y castigar a quienes las atacan. Por otro, educar dentro del propio mundo religioso judío para que la cruz, el sacerdote o el peregrino no sean vistos automáticamente como enemigos.

Porque si Jerusalén significa algo para el mundo es precisamente esto: que demasiadas religiones se cruzan en el mismo metro cuadrado como para permitirse el lujo de vivir odiándose.

Una condena necesaria desde dentro

Lo más relevante de las palabras del rabino no es que intente explicar el problema. Es que lo condena desde dentro del judaísmo. Eso tiene valor porque rompe el silencio, evita la excusa fácil y obliga a reconocer que también dentro de una comunidad religiosa puede haber fanatismo, ignorancia y violencia.

Los ataques contra cristianos en Israel no representan a todos los judíos. Pero sí representan un problema que Israel no puede minimizar.

Y quizá la frase más importante no sea teológica ni histórica, sino moral: no se puede construir una convivencia real si cada comunidad sigue mirando al otro como una amenaza heredada.

Los cristianos de Israel no deberían vivir con miedo a ser escupidos, insultados o agredidos por llevar una cruz. Y los judíos no deberían vivir atrapados en la idea de que cada símbolo cristiano trae de vuelta todos los fantasmas del pasado.

La única salida está en reconocer la herida, condenar el fanatismo y entender que la fe, cuando se usa para humillar al otro, deja de parecerse a la fe y empieza a parecerse demasiado al miedo.