La monarquía avisa de que responderá contra las instalaciones petroleras de Irán si Teherán lanza una ofensiva coordinada sobre Aramco tras el golpe con drones a Ras Tanura

Riad amenaza al crudo iraní tras el ataque a Aramco

EPA/FAZRY ISMAIL

La mayor refinería de Arabia Saudí, Ras Tanura, ha vuelto a demostrar hasta qué punto la seguridad energética mundial depende de unos pocos puntos críticos en el Golfo. Un ataque con drones ha provocado un incendio y la parada parcial de la instalación operada por Saudi Aramco, sin víctimas y con daños calificados de “menores” por Riad, pero con un mensaje político inequívoco. Lo más delicado no es el fuego ya sofocado, sino la advertencia posterior: un alto cargo próximo al Gobierno saudí ha deslizado que cualquier ataque “concertado” de Irán contra la petrolera estatal desencadenará represalias directas contra las instalaciones petroleras iraníes. En plena escalada militar regional, con misiles y drones cruzando el cielo de Oriente Medio, el aviso equivale a poner en la diana una parte sustancial del suministro global de crudo. Los mercados lo han entendido al instante: el precio del Brent ha registrado subidas intradía cercanas al 10%, impulsado por el temor a que la guerra se desplace definitivamente al corazón del sistema energético mundial.

El relato oficial saudí intenta enviar una señal de calma. Según las autoridades, el ataque se saldó con dos drones interceptados, restos de metralla cayendo sobre la refinería y un incendio rápidamente controlado, sin víctimas y sin impacto sobre el suministro a los mercados locales. Todo bajo control.

Sin embargo, detrás de esa narrativa contenida se esconde un salto cualitativo. Ras Tanura no es una planta secundaria, sino una de las mayores refinerías del mundo y una pieza central de la logística de Aramco en la costa del Golfo Pérsico. El hecho de que haya sido alcanzada, aunque sea de forma limitada, confirma que la infraestructura energética del Golfo es vulnerable incluso en su máxima expresión de seguridad.

El mensaje político llega a través de un canal distinto: un interlocutor próximo al Gobierno ha advertido, citado por la agencia AFP, que “cualquier ataque concertado contra Aramco tendrá una respuesta contra el petróleo iraní”. No se trata de una amenaza retórica: implica que Riad está dispuesto a responder golpeando el principal recurso de su rival, sus campos y terminales de exportación.

Lo más grave de esta declaración es que dinamita la lógica de guerra por delegación que ha regido el conflicto entre Irán y Arabia Saudí durante la última década. Si hasta ahora los ataques se atribuían a milicias aliadas o grupos interpuestos, este aviso reconoce abiertamente la posibilidad de un choque directo entre los dos grandes productores rivales del Golfo.

Ras Tanura, el corazón de la maquinaria saudí

Para entender la magnitud del riesgo, hay que mirar las cifras. Ras Tanura tiene capacidad para procesar alrededor de 550.000 barriles diarios, lo que la convierte en una de las mayores refinerías de Oriente Medio y en la pieza clave del entramado de refino de Aramco en la costa oriental.

Arabia Saudí dispone de una capacidad doméstica de refino en torno a los 3,3 millones de barriles al día, de modo que Ras Tanura concentra cerca de un 17% de toda la capacidad del reino. A esto se añade su papel como nodo logístico y punto de salida de combustibles y derivados hacia Asia y Europa.

Si se mira un escalón más arriba, el cuadro es aún más delicado. El país aporta en torno al 12% de la producción mundial de crudo y alberga aproximadamente el 15% de las reservas probadas del planeta, según estimaciones recientes. Un incidente prolongado que afectara a varias de sus grandes instalaciones no sería un ajuste menor, sino una alteración estructural de la oferta global.

Por ahora, todo apunta a un daño limitado, con interrupciones parciales y carácter temporal. Pero la experiencia demuestra que los mercados reaccionan menos a la realidad inmediata que a la posibilidad de que el siguiente golpe sea más devastador. Ras Tanura es un recordatorio físico de que el sistema se sostiene sobre unos pocos “cuellos de botella” extremadamente expuestos.

El aviso a Irán: del juego de sombras al choque directo

Durante años, los ataques a la infraestructura energética del Golfo se han movido en una zona gris: milicias hutíes lanzando drones desde Yemen, grupos armados en Irak, “actores no estatales” que permitían a los grandes Estados negar formalmente su implicación. El aviso saudí cambia el tono: si Irán coordina una ofensiva contra Aramco, la respuesta será directamente contra sus instalaciones petroleras.

Irán depende también del crudo para financiar su economía y sostener un régimen sometido a sanciones crecientes. Golpear sus terminales de exportación o sus grandes campos significaría no solo una escalada militar, sino un intento de estrangular la capacidad de Teherán para seguir financiando la guerra.

Los centros de análisis llevan meses advirtiendo de este escenario: ataques directos o por actores alineados contra instalaciones de producción, terminales de exportación y centros de procesamiento en el Golfo, con un margen muy limitado para que otros productores compensen el golpe.

Hasta ahora, la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos se centraba en bases militares, centros de mando y, en el caso israelí, infraestructuras estratégicas iraníes. La ofensiva de drones sobre Ras Tanura y sobre otras refinerías en el Golfo, unida a la amenaza explícita de Riad, abre la puerta a que la energía deje de ser daño colateral y pase a ser objetivo principal.

El nuevo riesgo para los mercados del crudo

La reacción de los mercados ha sido inmediata. Tras conocerse el ataque y el cierre parcial de Ras Tanura, el Brent ha registrado subidas que rozan el 10% en cuestión de horas, impulsado por compras defensivas y por un repunte abrupto de la “prima de riesgo geopolítico” sobre el precio del barril.

La estructura del mercado venía ya tensionada: inventarios relativamente ajustados, recortes de producción coordinados en el seno de la OPEP+ y una demanda que, pese a la ralentización económica global, sigue estabilizada en torno a los 100 millones de barriles diarios. En este contexto, retirar del mercado de forma súbita uno o dos millones de barriles al día —por ataques, daños o simple prevención— puede empujar el precio por encima de los 110-120 dólares si la escalada se mantiene durante semanas.

A esto se suma un factor olvidado desde 2022: el transporte. El Golfo y, en particular, el Estrecho de Ormuz canalizan una parte sustancial del comercio mundial de crudo y gas. Basta con que las aseguradoras eleven las primas de riesgo o que algunos armadores reduzcan su exposición para que el coste efectivo de mover un barril se dispare.

En paralelo, la volatilidad vuelve a los derivados financieros ligados al crudo, desde las opciones de cobertura de aerolíneas hasta los futuros utilizados por refinerías europeas. No es solo un problema de precios altos, sino de imprevisibilidad: un entorno en el que planificar inversiones, fijar tarifas eléctricas o cerrar contratos de suministro se convierte en un ejercicio de cartomancia.

Vulnerabilidad de la infraestructura energética del Golfo

El ataque a Ras Tanura no es un episodio aislado, sino un eslabón más en una cadena que se remonta al golpe contra las instalaciones de Abqaiq y Khurais en 2019. Entonces, drones y misiles dejaron fuera de juego 5,7 millones de barriles diarios, la mitad de la producción saudí y cerca del 5% de la oferta global, provocando el mayor repunte intradía del precio del petróleo desde la invasión de Kuwait en 1990.

Tras aquel episodio, Riad aseguró haber reforzado sus defensas aéreas, invertido miles de millones en sistemas antimisiles y desplegado capas adicionales de protección en torno a sus instalaciones críticas. Sin embargo, el ataque actual demuestra que la combinación de drones relativamente baratos y munición guiada sigue siendo capaz de atravesar, saturar o bordear esos escudos.

El mapa de la vulnerabilidad no se limita a Arabia Saudí. Refinerías y terminales en Kuwait, Catar, Emiratos y Bahréin comparten patrones similares: alta concentración de capacidad de refino en la costa del Golfo, proximidad al Estrecho de Ormuz y dependencia de unas pocas rutas marítimas. Los incidentes registrados en otras instalaciones de la región en esta misma jornada confirman que la energía se ha convertido en blanco preferente.

El diagnóstico es inequívoco: la columna vertebral del suministro mundial de petróleo está al alcance de tecnología relativamente asequible y difícil de interceptar de forma perfecta. Cada nueva ola de ataques de este tipo presiona a los Estados y a las compañías a replantear su estrategia de seguridad, diversificación y redundancia.

Qué puede pasar ahora si la escalada continúa

A corto plazo, el escenario más benigno pasa por que el ataque a Ras Tanura quede como un episodio limitado, con reparaciones rápidas, capacidad restituida en días y sin nuevas ofensivas coordinadas. En ese caso, el mercado podría devolver parte de la prima de riesgo en las próximas semanas, manteniendo el Brent en un rango elevado pero manejable, por debajo de los 100 dólares.

El segundo escenario, cada vez menos improbable, es el de escalada controlada: ataques intermitentes a instalaciones saudíes y del Golfo, acompañados de amenazas recíprocas, sin llegar a un bombardeo directo de la capacidad de exportación iraní. Aquí, el mercado conviviría con sobresaltos de 10-15 dólares por barril y una volatilidad crónica que complicaría tanto la planificación presupuestaria de los Estados como las decisiones de inversión de las grandes petroleras.

El peor escenario es el que implícitamente ha dibujado la fuente saudí: represalia directa contra las instalaciones de Irán, posible respuesta de Teherán contra nuevos objetivos en el Golfo y riesgo real sobre el tráfico en el Estrecho de Ormuz. Una interrupción simultánea de 3 a 4 millones de barriles diarios durante varias semanas —sumando producción iraní y capacidad dañada en el Golfo— podría llevar el Brent muy por encima de los 130 dólares, obligando a Estados Unidos, Europa y China a coordinar liberaciones masivas de reservas estratégicas y a activar medidas de emergencia de ahorro energético.

En cualquiera de estos escenarios, la factura política de un nuevo shock energético global sería considerable, especialmente en economías avanzadas donde la inflación sigue siendo una herida abierta.

El espejo de 2019 y las lecciones ignoradas

El ataque actual reabre una pregunta incómoda: ¿qué aprendió realmente el sistema energético global del golpe de 2019 a Abqaiq y Khurais? Entonces, las imágenes de columnas de fuego y el recorte súbito de 5,7 millones de barriles diarios desencadenaron un terremoto en los mercados, pero también una avalancha de compromisos de inversión en seguridad, diversificación y capacidades de respuesta.

Seis años después, los patrones de vulnerabilidad son sorprendentemente similares. Las grandes plantas de procesamiento y refino siguen concentrando capacidad crítica, los sistemas de defensa siguen siendo vulnerables a enjambres de drones y misiles de bajo coste, y las rutas marítimas clave continúan dependiendo de la estabilidad de unos pocos países en el Golfo.

Los informes de organismos internacionales subrayan que la región seguirá concentrando una parte desproporcionada de la inversión mundial en petróleo y gas —alrededor de 130.000 millones de dólares solo en 2025, con unos 40.000 millones en Arabia Saudí—, lo que implica más activos físicos que proteger en un entorno estratégico cada vez más volátil.

Este hecho revela una paradoja difícil de resolver: mientras el mundo habla de transición energética, el peso efectivo del Golfo en el suministro de hidrocarburos y productos refinados aumenta en términos relativos para Europa y Asia tras la ruptura con Rusia. Cada ataque que se salda “solo” con daños materiales refuerza la sensación de que el próximo podría no ser tan limitado.

Europa, España y la factura energética que viene

Desde la perspectiva europea, el episodio de Ras Tanura llega en el peor momento posible. La UE alcanzó en 2022 una dependencia de importaciones de petróleo y derivados del 97,7%, tras desplomarse las compras a Rusia y redirigirse parte de la demanda hacia proveedores del Golfo y Estados Unidos.

En ese contexto, un repunte sostenido del Brent por encima de los 100 dólares se trasladaría con rapidez a los precios de diésel, gasolina y queroseno, con impacto directo sobre el transporte por carretera, la logística y el turismo. Para países como España, octavo importador mundial de crudo por valor, el golpe sería doble: mayor factura de importación y presión al alza sobre la inflación.

España importó en 2024 más de 2.000 millones de dólares en crudo saudí, según datos de comercio exterior, consolidando a Riad como uno de sus proveedores relevantes. La exposición directa quizás no sea tan alta como la de otras economías europeas, pero la indirecta —a través de los precios internacionales y del coste del refino— sí lo es.

Cualquier nueva ola de ataques contra la infraestructura energética del Golfo se traducirá, con pocas semanas de desfase, en un aumento tangible de la factura energética de hogares y empresas españolas. Los bancos centrales, que apenas habían empezado a respirar tras el último ciclo inflacionista, podrían verse obligados a mantener tipos altos durante más tiempo, lastrando el crecimiento.