Riad reabre sus bases y Trump reactiva Ormuz en 36 horas

Riad Foto de Datingscout en Unsplash

Arabia Saudí y Kuwait levantan el veto militar a EE UU y despejan el camino para retomar la escolta de buques en el estrecho más sensible del petróleo.

La Casa Blanca vuelve a tensar la cuerda en el Golfo. Arabia Saudí y Kuwait han levantado las restricciones que impedían a las fuerzas estadounidenses utilizar bases y espacio aéreo para la misión de escolta de buques comerciales en el estrecho de Ormuz, tras el choque diplomático que llevó a Washington a congelar la operación apenas 36 horas después de arrancarla.

Lo más grave no es el giro, sino el precedente: el mayor desencuentro militar entre Riad y Washington en años deja al descubierto la fragilidad de una alianza que sostiene, en buena medida, la estabilidad energética global. Con el desbloqueo saudí y kuwaití, la Administración Trump se prepara para reactivar la operación —bautizada como Project Freedom— y recuperar el control narrativo sobre la seguridad marítima.

Según relatan fuentes estadounidenses y saudíes, la discusión no fue táctica, sino política: los aliados del Golfo exigían garantías claras ante cualquier represalia iraní y reprochaban a Washington haber minimizado ataques previos en plena escalada regional.

El veto que paralizó a Washington

La restricción saudí y kuwaití fue, en la práctica, un candado logístico. Sin acceso a corredores aéreos y facilidades en tierra, la escolta naval se convierte en un gesto más simbólico que operativo: faltan cobertura aérea, reabastecimiento y capacidad de reacción ante drones o misiles. De ahí que la suspensión de Project Freedom evidenciara un problema de fondo: EE UU no manda solo en el Golfo, ni siquiera cuando la amenaza se presenta como “seguridad de la navegación”.

El episodio también expuso un deterioro en la confianza. Riad interpretó la operación como escalatoria y “mal diseñada”, mientras la Casa Blanca presionaba para reabrir un corredor marítimo que, en plena crisis, condiciona precios, inflación y cadenas de suministro. En ese pulso, Kuwait actuó como termómetro regional: cuando Riad cerró, Kuwait acompañó, elevando el coste político de seguir adelante.

Ormuz, el cuello de botella del petróleo

El estrecho de Ormuz no es un símbolo: es una tubería. En 2024 circularon por esa franja unos 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, con alternativas limitadas si el paso se interrumpe.

Ese hecho revela por qué cada anuncio se traslada a la prima de riesgo del crudo y al precio del seguro marítimo. Para Europa, el impacto es indirecto pero inmediato: aunque parte del flujo vaya a Asia, el mercado es global y el barril se fija al margen de banderas. Y para Asia, la dependencia es estructural: China, India, Japón y Corea del Sur absorben una parte sustancial de lo que cruza por Ormuz, con efectos en refino, transporte y costes industriales.

La factura invisible: seguros, fletes y demoras

Cuando un estrecho se militariza, la primera reacción no la toma un almirante, sino un asegurador. Aumentan las primas, se encarecen los fletes y se disparan las cláusulas de riesgo de guerra. El resultado es un impuesto encubierto que pagan navieras, importadores y, finalmente, consumidores. En un entorno de tensiones persistentes, basta un incidente para que los buques hagan esperas, cambien rutas o ralenticen su tránsito, elevando costes por día.

La consecuencia es clara: aunque Project Freedom logre “abrir” el paso, no garantiza normalidad. La escolta puede reducir el riesgo de ataque oportunista, pero no elimina el riesgo político: si Irán interpreta la misión como provocación, el precio vuelve a incluir el miedo. En ese tablero, la volatilidad es el activo más rentable… y el más destructivo para la economía real.

Riad y Kuwait marcan condiciones

El levantamiento del veto no equivale a una carta blanca. Arabia Saudí lleva años buscando autonomía estratégica: diversifica socios, protege su agenda económica y evita ser arrastrada a una guerra de desgaste. Kuwait, por su parte, prioriza estabilidad interna y continuidad exportadora, pero comparte el mismo temor: que cualquier operación “defensiva” se convierta en un detonante.

Por eso el movimiento se lee como una concesión condicionada. Riad abre la puerta, pero reclama previsibilidad: reglas de enfrentamiento, coordinación política y compromisos de protección creíbles. El contraste con otros episodios resulta demoledor: cuando Washington actuaba como garante incuestionable, el permiso era automático; ahora se negocia, se cobra y se limita.

El precedente histórico que inquieta al mercado

La comparación inevitable es la “guerra de los petroleros” de los años 80, cuando escoltas, minas y ataques en el Golfo convirtieron la navegación en un campo de batalla regulado por la fuerza. Hoy, la tecnología multiplica el riesgo: drones baratos, misiles de precisión y operaciones híbridas elevan la probabilidad de incidentes “atribuidos” pero no siempre demostrables.

Mientras tanto, la economía global es más sensible a interrupciones cortas. El crudo sigue siendo columna vertebral, y el propio comercio de crudo por Ormuz —casi 15 millones de barriles diarios en 2025, alrededor del 34% del comercio mundial de crudo— explica por qué cualquier fricción se traslada al resto del planeta.